Ella soñó con otra vida y se fue a México. Allí trabajó más que nadie, y a pesar de ser una empresa japonesa, se peleó con el castellano cada día. Y llamaba a casa todos los fines de semana porque añoraba escuchar la voz de sus padres, aunque siempre le reprochasen que se hubiese ido tan lejos, aunque acabase llorando la mayoría de las veces.
Pasó muchos malos momentos. Tuvo la mala suerte de vivir el terremoto de México de 1985 y además estaba sola en el edificio cuando ocurrió. Los ascensores dejaron de funcionar, y ella tuvo que bajar desde la planta veintisiete dando tumbos por las escaleras esquivando las lluvias de cristales provenientes de las ventanas. Y lo cuenta con una sonrisa, quizás porque se alegra de que puede contarlo, o más bien porque ella es así.
Se casó y tuvo una hija. Pero salió mal y se divorció. Nunca cuenta porqué, y nunca se lo preguntaré aunque estaré encantado de escucharlo si alguna vez quiere hacerlo.
Su hija apenas balbuceaba castellano cuando volvieron los dos a Japón diez años después. Hoy en día tiene 20 años y está estudiándolo en la universidad aunque sin demasiado éxito. No conozco a su padre, ni siquiera he visto ninguna foto, pero puedo decir que tiene su nariz y el resto es de su madre, incluidos los ojos. Es gracioso oirnos hablar mezclando inglés, castellano y japonés a partes iguales en una misma frase. Y nos entendemos. Algún día recordaré estas conversaciones con mucho cariño.
Antes de venir a Tokyo ella empezó a tramitar mi visado. Me pedía la documentación necesaria por email y yo la mandé por correo. Todo en un castellano oxidado que resultaba entrañable. Me trató tan bien, que le compré y envolví con ilusión «La sombra del viento» pensando en el día en que podría entregárselo en mano. Cuando lo hice, supe de alguna manera que nunca lo iba a leer, pero que lo guardaría con cariño. Me di por satisfecho.
Desde entonces nos hemos visto cada día. Y jornada tras jornada hemos ido perdiendo la timidez y hemos acabado contándonos nuestras vidas. Su castellano ha mejorado mucho, quiero creer que gracias a mi, y, como dicen todos, puedo considerarla mi madre japonesa por todo lo que se preocupa por mi.
Su padre está muy enfermo y fui a visitarle encantado al hospital. Esa misma noche cené en su casa junto con su madre de más de 80 años, y nos emborrachamos los tres. Su madre me decía que siempre tendría allí su «Japan casa», y ella me decía que echaba de menos a su padre, que quería que volviese del hospital. De repente empezamos los tres a llorar, quizás el alcohol lo desencadenó, pero se que cada uno tuvo sus razones.
Con aquellas lágrimas compartimos sueños no cumplidos, añoranzas pasadas, vidas no vividas…
Me sentí arropado por primera vez en muchos meses.
Me confesó que planea volver a México algún día, cuando sus padres no estén y su hija acabe la universidad.
Pero mientras coincidamos en Tokyo, tengo la gran suerte de tenerla aquí en la oficina corrigiendo mi japonés en su adorable mexicano. Dándome la razón regalándome un «ni modo» cuando me quejo por algo… Simplemente estando ahí.
Y ahora la miro y sé que es la persona que mas echaré de menos cuando me vaya de aquí.
Ni modo.