Lluvias

El 26 de agosto de 1983 empezó a caer en Bilbao una tromba de agua que nadie se esperaba, provocando que la ría se desbordase y que el agua cubriese hasta más de cinco metros en algunas calles del Casco Viejo.

Yo recuerdo vagamente verlo por la televisión, y que también hubo «riada» en mi pueblo donde el garaje de mis padres, que siempre se inundaba al de dos txirimiris, se llenó hasta arriba de agua y mi vecino del cuarto, el bombero, allí andaba con el camión achicando. Que, por cierto, me hice la picha un lío porque yo pensaba que los bomberos sólo apagaban fuegos y aquello era poco menos que lo contrario.

Después de ver cómo estaban ayer las cosas por Bizkaia, yo creo que a muchos nos ha venido a la mente la historia de aquél verano del 83.

Y entonces me he acordado que en navidades, cuando estuve con Bea de pintxos por el
Casco Viejo, en un bar tenían señalada la marca de hasta donde llegó el agua:

Y aunque no tiene nada que ver con el tema, me encantó el mensaje de la pizarra que tenían al lado:

 

Ikukarate

Erase que se era que me apunte a Karate nada mas llegar a Tokyo, y que me ha pasado de todo… hasta recibir el mayor soplamocos que me han dado en mi vida.

Aunque echando la vista atras, me volveria a apuntar sin dudarlo y lo cierto es que no veo el momento de la revancha…

Ossss

Aqui todas las entradas sobre Karate:

El ikuapañao

Un piso de 20 metros cuadrados, una nevera que se llena con cinco yogures, un baño de plástico prefabricao y un servidor que duerme en el suelo encima de dos futones del grosor de un tebeo de Mortadelo de los de historieta larga con relleno de Rompetechos.

Amigos, llegó la de hora que os desvele mis secretos de supervivencia: durante todo este tiempo he desarrollado una capacidad de adaptación sin par, mi destreza ya no conoce límites y es justo y necesario que todo este invaluable conocimiento que llevo dentro de mí sea revelado a la humanidad.

Así que inauguro nueva sección:

¡¡ El ikuapañao !!

Primera entrega:

 

La tortilla de patatas cuando no se tiene ganas de cortarlas y se sabe de antemano que no hay huevos suficientes

Se sigue el proceso normal de cocineo de una tortilla de patatas, pero con tres puntos clave:

a) Nada de cortar las patatas en cuadraditos, se le pegan cuatro cortes y como quede, que uno lo que quiere es cenar, no pintar un cuadro. El tiempo ganado es perfectamente compartible con veinte minutos de la vida de Jack Bauer y Chloe O’Brian

 

b) Da igual que los huevos no cubran las patatas. Los huevos no son una manta y total, eso se va a freír en una cazuela en vez de una sartén… así que se echan los que a uno le parezca más o menos y se baten sin ganas. Recordad: somos ikuapañaos, no ikuaburguesaos.

 

c) La sal es mala, retiene líquidos y lo que es más importante: hay que encontrar el salero rebuscando por detrás de los paquetes de patatas fritas, palomitas, triskis y tabletas de chocolate que todo buen ikuapañao debe tener en su ajuar. Pero tampoco se puede decir que no tengamos gusto, así que utilizaremos condimentos que homogeinicen el sabor y texturicen el alimento al estilo que el paladar está acostumbrado:

Bueno familia, hasta la siguiente entrega en la que analizaremos en detalle cómo he sido capaz de pasar la aspiradora en lo que tarda la cisterna del báter en llenarse.

 

El frigodiploma

Ay majos, que pensabáis que no lo iba a conseguir, ¿ein?, que mi cuerpo no iba a resistir tamaño desafío, que me iba a convertir en un CamiPicha, ¡¡pues no!!, de hecho lo peor no fue el frío sino las agujetacas de hacer tanto ejercicio durante tres días seguidos. El último día tenía las piernas y el culo que parecían algarrobos.

Como ya os hice un resumen del primer día, podemos decir que el segundo fue muy parecido pero doblando el tamaño de las legañas y cambiando la segunda parte por una clase de Karate normal. Es decir, que el madrugón, calentar un poco al principio y correr una media horita por la calle se mantuvo.

El tercer día fue el mejor sin duda. Fuimos corriendo hasta el río Tamagawa, que resulta que no estaba tan lejos de allí, y cuando llegamos estuvimos echando carreras. ¡¡Fue divertidísimo!! que si corriendo de espaldas, que si a saltos, que si de lao, que si por equipos… me recordó muchísimo al campamento del verano pasado y pienso que es genial volver a hacer estas cosas que uno deja olvidadas en las clases de gimnasia de la escuela. Yo por lo menos, me lo pasé como un cuis, y gané un pilón de carreras, la cosa sea dicha con dicha.

Así que volvimos, nos enkaratekamos otro ratillo más y nos dieron los diplomas. Resulta que había gente que había estado yendo a esto 10 años seguidos y toda la pesca lerela!!

 

¿Y os podéis imaginar qué vino después?, pues las madres de los chavales prepararon unos perolos con sopa miso, onigiris, sandwhiches… y, como por arte de magia por allí aparecieron más botellas de cerveza y de sake que ni sé. Estamos hablando, amigos míos, de las ocho de la mañana. Con lo que ya puedo tachar de la lista que un día fui a correr con un grupo de japoneses durante media hora, eché carreras en kimono y playeras al lado de un río mientras pasaba un Shinkansen cada cinco minutos (que corría más que yo), hice una clase de Karate después y me pillé un moco de los históricos a las ocho de la mañana de un domingo a base de sake de Okinawa.

  • Ir a correr con un grupo de japoneses durante media hora, echar carreras en kimono y playeras al lado de un río mientras pasa un Shinkansen cada cinco minutos (que corra más que yo), hacer una clase de Karate después y pillarme un moco de los históricos a las ocho de la mañana de un domingo a base de sake de Okinawa.

 

Calor humano

Cuando uno está viviendo fuera en otro país durante una temporada, es fácil acostumbrarse y olvidarse de cómo se vivía antes. Y quizás por esto me sentí fuera de lugar en el pueblo donde nací, pero seguro que si volviese allí de nuevo, en seguida me acostumbraría y todo volvería a su cauce original como si nunca me hubiese ido.
Esto iba pensando en el avión de vuelta a Tokyo, tratando de buscar la razón por la que durante 13 días sentí que invadía una rutina que no era la mía, que mis vivencias en Japón se quedaban sólo para mí mientras los que allí seguían, lógicamente, se preocupaban de sus propios asuntos.

En el viaje de vuelta, aunque lo elegí yo, no pude evitar pensar en que tendría que molestar a las dos chicas de mi izquierda si quería salir del asiento, aunque también es cierto que la pared del avión da más juego a la hora de buscar la postura para dormir. Sin duda volvería a elegir ventanilla.

Después de unas horas nos trajeron la comida, y mientras comía soba, fideos japoneses, la chica de al lado me habló en inglés. La conversación empezó siendo de ascensor para, inesperadamente, convertirse en refrescantemente amena. Me contó que ese tipo de fideos son famosos de la región donde nació y que ella, junto con un grupo de más de cincuenta japoneses, venían de hacer un viaje por España. Durante ocho días habían pasado, casi contrareloj, por Madrid, Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Valencia y Barcelona. Ni rastro del País Vasco, como de costumbre.

Me estuvo enseñando fotos, hablamos sobre las diferencias entre ambos países y fue curioso comprobar cómo mucho de lo que me contó coincidía con mis propias impresiones aunque alguna que otra vez tuve que luchar contra tópicos como el de la siesta que, supuestamente, todos disfrutábamos a diario con el consentimiento de las empresas.

De vez en cuando nos dormíamos, quizás veinte minutos, quizás horas, para que cuando volvíamos a coincidir despiertos, retomásemos la conversación como si no se hubiese acabado. Pasábamos de churros con chocolate a sopa miso y arroz, de la Alhambra de Granada al Toshogu de Nikko, de cómo habla la gente de Andalucía a cómo son los de Osaka, de que allí todos son chinos a que aquí nosotros somos americanos…

Cuando tratando de buscar la postura dije «semai kore» (qué estrecho es esto), ella levantó el reposabrazos que nos separaba.

Cuando empecé a estornudar, ella sacó un paquete de pañuelos de su bolso y me lo dió, y cuando contesté que sí a la pregunta de si tenía frío, ella me puso por encima la mitad de su manta.

Así nos dormimos uno apoyado en el otro en un sofá improvisado con dos asientos de avión entre dos mantas y un par de chaquetas.

Tiempo después aproveché el momento en que las dos chicas fueron al baño para hacer lo propio, y llegué a la puerta a la vez que una señora a la que cedí el paso. Me hizo una reverencia, y pude sentir de nuevo que casi volvía a estar en Japón.

Con la espalda y las piernas aliviadas y agradecidas por haber estado de pies, me senté otra vez en mi sitio, y me dormí. Entre medias sentí que ella volvía, apoyaba su cabeza en mi hombro y me hablaba:

– ¿Sabes? la señora del baño es mi madre
– Anda, no lo sabía
– Claro que no. ¿Cómo lo ibas a saber?

Después me apretó el brazo y seguimos durmiendo… hasta que de repente el avión se empezó a sacudir. No es que fuese mucho, pero que se encendiese la señal de abrocharse el cinturón y que el piloto hablase fue bastante para que nos asustásemos. Cuando me quise dar cuenta, ella me había cogido de la mano y me la apretaba con fuerza. Yo le decía que no pasaba nada aunque no me lo creía y muerto de miedo le hablaba para tratar de tranquilizarla mientras me esforzaba por parecer seguro de mí mismo.

Las turbulencias no fueron nada, pasaron pronto, no duraron más de diez minutos pero nuestras manos siguieron enlazadas mucho más tiempo.

Apagaron las luces y con la ayuda de la oscuridad, compartimos sueños y mucho más que nunca contaré porque aunque artificial, era una noche y las noches son secretas.

Aquel primer sábado del 2009 nos despedimos justo antes de aterrizar sabiendo que ella volvería con sus padres y fingiriamos que seguíamos siendo desconocidos.

Y cuando por fin pude meterme en el futón a dormir, me di cuenta de que a pesar del peso de mi equipaje, del peregrinaje por andenes y estaciones inundadas de gente, de lo incómodo del regreso… yo no había parado de sonreir en todo el camino a casa.

Gentes

Me monto en el tren en Shinjuku, y cuando las puertas parece que se van a cerrar se escucha un grito que dice algo así como «heeeey» que sobresalta a medio vagón y entran un grupo de extranjeros. Hablan en castellano con acento argentino, creo, y se hacen un hueco en el vagón a fuerza de empujones y risas. El que lleva la maleta de ruedas dice «me están tocando, siii, viciosos» en voz alta y el resto se ríe a carcajadas.

Los demás nos limitamos a ignorarles.

Por el camino, el de la maleta de ruedas que parece ser el payaso oficial del grupo, hace todo tipo de ruidos obscenos dando a entender que le están tocando todo el rato. Los demás le ríen la gracia.

El tren llega a Harajuku, su parada, pero hay mucha gente, así que empiezan a dar gritos en castellano: «a ver que nos bajamos, apartaos, venga que salimos, venga«. Pero al de la maleta le cuesta pasar un poco más así que decide ser más directo «hijos de puta, no veis que queremos salir«, y de nuevo carcajadas.

Yo, como único extranjero cercano que quedo dentro del tren, me muero de vergüenza y no consigo levantar la mirada del suelo durante un buen rato.

Cuando salgo en mi estación y voy andando para casa, me cruzo con un viejo japonés que está borracho y me empieza a hablar en tono despectivo. Me llama «mister» y yo ni le contesto, él insiste «mister, mister, omae» y algo más que no entiendo pero que suena mucho a insulto, al igual que su actitud. Cuando me he alejado de él, miro para atrás y resulta que me sigue gritando con los dos brazos en alto como envalentonado por haberme espantado.

Y entonces es cuando pienso que ser gilipoyas no entiende de nacionalidades.

El entrenamiento del frío

Así se podría traducir más o menos el título del cartel que han puesto en el dojo de Karate. Y la copla trata de que si vas a entrenar a una clase especial que empieza a las seis y media de la mañana durante tres días y sobrevives, te dan un diploma.

Que pensaréis: bueno, total, es darse un madrugón sólo y luego lo de siempre. ¡Pues no!, que hay que ver cómo sois, ¡¡si es que Jonathan ha hecho mucho daño en internet!! ¡¡que ahora resulta que lo sabéis todo!! pues es que la clase empieza yendo a correr por ahí por las calles de Tokyo, y luego después habrá que ver quién es el guapo que es capaz de levantar la piernaca sin que se le agriete un huevo…

¿Os he dicho que es a las seis y media de la mañana?
¿y que es durante tres días?

 

 

¡¡No pasa nada!!

Porque he seguido un duro entrenamiento todas las noches para acostumbrar el cuerpo y la mente a tamaño desafío termometril…

 

OSSSSS

Informe de situación

Viernes, 16 de Enero
05:00 – suena la alarma del móvil, que aunque es un iPhone, da por saco igual, o incluso más porque da pena pegarle
05:15 – vuelve a sonar la alarma que yo y mis legañas hemos reprogramao
05:27 – me arrastro por el suelo cual molusco gasterópodo provisto de una concha espiral y consigo poner en marcha la cafetera abriendo los párpados a un 5% de su capacidad real
05:35 – mientras me tomo el café, Neki me habla y soy capaz de llevar una conversación más o menos coherente aunque no me acuerdo de lo que me ha dicho
06:00 – salgo de casa a toda leche sabiendo que como no espabile, voy a llegar más tarde que el tren de la Robla
06:23 – llego a la estación de Ikegami después de una carrera de 20 minutos subiendo y bajando las colinacas que hay desde mi casa, y entre resoplido y resoplido me meto una chupabolsa de energía
06:27 – llego a la estación de Kugahara, sigo corriendo y me meto en el vestuario, que está petado de gente contra todo pronóstico
06:30 – justo cuando Murakami sensei ordena que nos pongamos en fila, ahí estoy yo ya cambiado y todavía resoplando pulmón y cuarto. Empezamos el calentamiento habitual de todas las clases, lo de correr por la calle parece un bulo que me han querido meter.
06:45 – pues no! nos ponemos calcetines, playeras y chamarra y nos vamos a correr con el relente, cuarenta tios en kimono por la calle y la gente ni nos mira raro ni nada. Bueno, a mi si, pero con estos no-pelos no me extraña
07:15 – volvemos al dojo después de una carrerita bastante suave, aunque con bastante frío, la cosa no pinta tan mal…
07:20y un pepino!! (Ale, sin ofender) durante más de media hora, Murakami sensei nos ordena ponernos en kibadachi, la posición más salada de Karate, y nos liamos a tirar puñetazos contando diez cada uno
07:55 – somos 40 tíos y hemos hecho 5 tandas… echad cuentas… 2000 puñetazos al aire manteniendo la posición!!!!
08:00 – después de un simbólico estiramiento, nos cambiamos y cada uno se pira a su oficina a intentar sobrevivir lo que queda de día. Salgo de allí con más hambre que la Bimbambún y subir o bajar escaleras se convierte en todo un sudoku.

Apunte de hoy: la cosa no ha estado tan mal, de no ser porque mañana también toca madrugón y… encima… ¡¡¡¡ voy a tener unas agujetas del 14 y medio en la escala Richter !!!

Bilbao

Es la ciudad que queda a unos 20 kilómetros de mi pueblo y que no pisé sin la compañía de mis padres hasta que tuve cerca de 15 años. Recuerdo ese día, en el que la mayor parte de mis amigos iban al cine, pero a mi no me dejaban. Yo estaba allí con la chamarra puesta discutiendo con mi madre en la cocina de mi casa mientras desde la ventana se veía a todos mis amigos esperando al tren en la estación. No tenía permiso, y mucho menos dinero, pero aún así yo no daba mi brazo a torcer y suplicaba que me dejara hacer lo que todos.

Como madre sólo hay una, y como la mía ninguna, me ví sacando «ida y vuelta a Bilbao» con todos mis amigos apenas unos momentos antes de que llegase el tren. Y aunque no recuerdo qué película vimos, si sé que el dinero me llegó para comprar palomitas y que llegué a casa pensando que ya era mucho más mayor que la edad que tenía.

Otras veces iba con mis abuelos a ver a mi primo a Basauri, y si esto pasaba, normalmente dormía en su casa para poder estar en la estación con tiempo. Bueno, por eso y porque en casa de los padres de mi padre siempre se estaba bien a pesar del volumen de la televisión que se escuchaba desde fuera del edificio sin problemas. Ellos jugaban a las cartas mientras yo les miraba y me reía, y a él le chivaba las cartas de mi abuela, aunque daba igual porque siempre perdía y se enfadaba porque mi abuela, encima, «era una trampoliñas».

Y en el tren, camino de Bilbao, él trataba de enseñarme los nombres de las estaciones que se sabía de memoria mientras ella sujetaba los billetes de cartón en la mano, para que no se perdiesen durante los más de cuarenta minutos que duraba el viaje.

Unos años después cambié las visitas esporádicas al cine y a las rebajas por la rutina diaria de ir a la universidad. Día tras día, mes tras mes, año tras año fui descubriendo que la ciudad era mucho más pequeña de lo que mi imaginación creía y hoy en día no entiendo cómo me pude perder tantas veces.

La carretera sustituyó a los andenes, y a la carretera las llaves de un piso, y entonces Zalla pasó a significar visitar a mis padres mientras que el puente de Deusto, Abandoibarra y el Casco Viejo ya eran barrios de mi ciudad como lo son ahora Shibuya, Asakusa o Kugahara.

Hace dos semanas pasee por Bilbao consiguiendo que mis pupilas se desintoxicasen de neones, que mis piernas se desacelerasen, que mis oidos se acostumbrasen a entender lo que escuchaban sin poder evitar sentir vergüenza al hacerlo después de un tiempo, que sin ser tanto, me pareció una eternidad.

El olor de los puestos de castañas asadas me recordó al barrio chino de Yokohama, las tiendas de ropa se me antojaron vacías, las casas me parecieron enormes y los parques diminutos, los edificios preciosamente antiguos, las calles sucias pero llenas de vida, los transportes lentos y sujetos a un azar que había olvidado, las gentes ruidosas…

Y como si yo fuese el protagonista de una obra de teatro que dura ya 32 años, no puedo más que sentirme agradecido de haber vivido, de haber conocido, de haber actuado en escenarios tan maravillosos… por lo distintos.

Conversaciones de aeropuerto

Narita, Tokyo. Día de marchar.
Mientras imprimo el billete en las máquinas, donde elijo asiento en la puerta de emergencia al lado de la ventanilla, una chica me pregunta si tengo algún problema con el ordenador y si necesito ayuda. Declino su oferta, saco el billete, facturo y me dirijo a la puerta de embarque. Paso por un control:

– Good morning sir, can you show me your passport, please?
– Yes.

– Buenos diasu, ¿como está? (en castellano y riéndose)
– Bien bien, good good, thank you
– Ok, thank you very much sir

Y me deja pasar sin más.

Frankfurt.
Trato de buscar la puerta de embarque del avión para Bilbao. En la cola para el control de equipaje de mano se nos cuelan cuatro personas: una vieja y tres mostrencos. Llego al control y la chica me habla en inglés sin ni siquiera mirarme a la cara:

– Si tienes un ordenador, ponlo en una bandeja a parte y lo demás ahí y pasa por el arco
– Vale

Al pasar por la maleta, ven algo raro y me paran:

– ¿Esta es tu maleta?
– Si

– Abrela

– Voy

La abro un poco acojonado por las formas, lo primero que se ve son dos sobres de Udón y Soba que Michiko me ha regalado para que se lo cocine a mis padres, con sus respectivos paquetes para hacer la salsa.

– Ah, comida basura, muy bien
– No es comida basura, es comida japonesa, así que todo lo contrario más bien

La tía visiblemente incomodada por la respuesta se dedica a sacar absolutamente todo lo que hay en la maleta y lo desperdiga por la mesa, el resto de gente espera. Cuando se aburre de ver que sólo llevo libros y cuatro tonterías, me dice:

– Vale, puede irse

Y me deja allí volviendo a intentar que todo entre en la maleta mientras se va formando una cola del copón. Yo no tengo otra manera de irme de allí que con todo dentro, así que me tiro un buen rato. La tía, encima, me mira mal como si fuese culpa mía y se dedica a cuchichear con su compañera señalándome en vez de hacer un mínimo esfuerzo por ayudarme a arreglar la que ha preparado ella sola.

Bilbao, día de volver a Japón.

Voy con mi maleta de mano un poco acojonado por si me paso de peso, lo pongo todo en la cinta transportadora y al pasar por el arco el guardia civil que está zampando chicle, me dice que deje la chamarra también. La dejo, vuelvo a pasar por el arco y me doy cuenta que llevo el cinturón metálico puesto, pero no se si ha pitado el chisme o no. El tío también se da cuenta:

– Esto te lo tenías que haber quitado antes, hombre (tono de perdonarme la vida)
– Ah vale, no me he dado cuenta hasta ahora
– Ba, ya es igual, venga tira tira

Recojo las cosas y me voy. Aquí también he tenido que poner el ordenador a parte en una bandeja él sólo.

Frankfurt. Último transbordo.
Paso con la maleta de mano por el control, el señor me da los buenos días mientras me pide el pasaporte:

– Buenos días, señor, ¿me permite su pasaporte, por favor?
– Buenos días, si si, claro, tenga
– Muy bien, todo perfecto, que tenga un buen viaje
– Muchas gracias

Narita. Tokyo. Ya llegamos.
Después del viaje más curioso de mi vida, recojo la maleta grande que había facturado y me dirijo al control. El hombre ve mi pasaporte y me habla:

– ¿Puedes hablar inglés? (en inglés)
– Si si
– ¿Puedes hablar japonés? (en japonés)
– Si, un poco (en japonés)

Después de hacer estas dos preguntas, a continuación me dice todo en dos idiomas. Primero en inglés y seguido en japonés, yo le contesto en lo primero que me sale:

– ¿Cuanto has estado fuera? ¿Cuanto has estado fuera? (inglés – japonés)
– Dos semanas

Así me hace dos o tres preguntas del estilo en dual, y después me saca un panfleto donde se ven fotos de drogas: maría, pastis… de todo

– ¿Lleva algo de esto en la maleta?
– No

La siguiente hoja es de armas: pistolas, espadas, cuchillos

– ¿Y algo de esto?
– Tampoco

No se si no se lo cree, o es que está aburrido, así que me pide abrir la maleta. Yo ya resignado la abro, lo primero que se ve es un plumifero de Karate que me compré y que resulta que está más arrugado que la pata de Periko:

– SKIF, esto es de Karate, ¿verdad?
– Si, Shotokan
– Está muy arrugado, disculpe.

Y coge el tío y se dedica a sacarlo, alisarlo con la mano y doblarlo perfectamente cual dependiente de Zara. Yo me quedo chato:

– Muchísimas gracias
– Nada nada. ¿Esto que es?
(señalando a un envoltorio con un regalo)
– Es un regalo, un cuenco

Mete otra vez la chaqueta de la SKIF cuidando que la ropa no sobresalga, y llama a su compañero. Entre los dos me cierran la maleta mientras yo miro el cuidado con el que lo hacen. Después me dice que mueva los números de la combinación por si se abre sin querer, coge la maleta y la saca por el otro lado de la mesa para que no tenga que bajarla yo:

– Vale, vaya con cuidado y muchas gracias
– De nada, a ti

 

13 días y 12 noches

13 días hace desde que llegué al pueblo en el que nací. 12 noches durmiendo en la misma habitación que compartí con mi hermano muchos años, y que luego pasó a ser mi refugio dentro de la casa de mis padres.
Dentro de estas paredes torcidas todavía están mis sueños, mis ilusiones, mis cabezonerías de adolescente empeñado en discutirle todo a mis padres. El fuerte donde yo me hacía fuerte.

Abro un cajón y me encuentro con los trajes de Karate que empecé a usar hacia la mitad de mi vida, me topo con las cintas de música que ordenaba cada vez que llegaba la época de exámenes, con albumes de fotos que, aún reconociéndome, parecen reflejar a otro que no soy yo.

Cada armario, cada estantería contiene, como si de un libro se tratase, capítulos de mi vida que estaban enterrados en algún lugar ahí dentro detrás de mis ojos. Y aunque algunos fueron muy malos, no puedo evitar emocionarme y sonreir ante todo lo vivido porque lo que soy ahora no es más que la suma de todos ellos, y no hay uno sólo del que me avergüence.

Salgo a la calle y paseo con la cámara en la mano, como si todavía estuviese en Tokyo. Pero resulta que aquí conozco a casi todo el mundo, así que aprendo a saludar de nuevo: un movimiento de cabeza y una o dos palabras del estilo de «hasta luego» o «aupa ahí» como tanto dicen por aquí. Alguno me reconoce como «el de los videos de Japón», aunque la mayoría ni siquiera se habrá enterado que hace años que ya no vivo aquí.

Vivo la rutina de mis padres con ternura, quedo con antiguos compañeros de trabajo, con amigos de los pocos de verdad que me quedan, con conocidos de siempre. Al de tres días es como si nunca me hubiese ido de aquí y las clases de ceremonia del té, el karate, los combinis y la Yamanote quedan dentro de un viejo sueño vivido hace siglos. Ni siquiera me puedo imaginar hablando en inglés.

Y hoy, en el último día de este extrañísimo año 2008, me encuentro sentado en el Oreka, un bar de mi pueblo donde se puede utilizar internet. A mi alrededor todo son caras conocidas, y raro es ver a alguien de mi edad que no esté casado y con algún niño. Abro el blog y releo entradas antiguas de «cuando vivía en Tokyo» y no me hago a la idea de que el viernes voy a volver a estar allí.

Me he ido de pintxos, he cenado en casa de unos amigos, he ido de compras, he enseñado Bilbao a un amigo japonés que vino a verme y me espera pasar una nochevieja que poco tiene que ver con la que viví el año pasado en un templo.

Y a pesar de todo… me siento fuera de lugar. Me siento vendido en el lugar donde más tiempo de mi vida he consumido. Es como si me faltase una vida que vivir aquí y que todo el mundo tiene, como si yo fuese una interferencia dentro de la rutina de este lugar que ha seguido su curso sin mi.

Sabiendo que la misma sensación la he vivido muchísimas veces en Tokyo, me asustar pensar que ya no sé dónde está mi sitio. Pero mientras trato de averiguarlo, tengo claro que más que los lugares, con lo que más me quedo es con las personas que aquí y allá han ido haciéndose un hueco en mi corazón.

Y espero poder volver a verlas a todas en el año que empieza en nada.

 

Kokoro

Hace casi dos años sentía pena, añoranza de las horas pasadas apenas unos momentos antes, miedo a lo desconocido. Lágrimas imposibles de contener, escondidas, disimuladas dirigiendo la mirada a la ventana del avión para que sólo el cielo las vea. Pensamientos que no se pueden detener, de lo vivido, de lo que dejo atrás, de lo que vendrá. Intento pararlos leyendo el libro que descansa en mi regazo, pero no consigo concentrarme en aquellas letras y vuelvo a llorarle al cielo una y otra vez.

Me confundo con miles de personas que buscan, como yo, donde tienen que estar para cambiar de avión. Si, Tokyo está un poco más cerca, pero también Bilbao y Zalla cada vez más lejos.

Por fin llego donde debo estar, me siento en el suelo y ésta vez consigo avanzar con el libro que todavía está húmedo por la última lágrima derramada. Trato de leer esa página rápido, me salto párrafos intentando dejarla atrás y, con ella, mi vida anterior. Como si al no verla, al no pensar en ella, todo se hiciese más fácil.

Vuelvo a estar sentado dentro del avión, ésta vez será infinitamente más largo, como seis veces más, así que tengo mucho más tiempo para sentir mis pensamientos, pensar mis sentimientos…

Y por más vueltas que le doy, no consigo saber si es la decisión correcta, no hay nadie a mi lado con quien hablarlo y lo peor es que tampoco habrá nadie allá donde voy.

Estoy sólo, yo y el cielo.

El libro consigue atraparme con su historia y junto con dormir y despertar incontables veces, consigo llegar a Tokyo acallando a ratos a mi corazón.

Mañana, casi dos años y miles de experiencias después, me reencontraré conmigo mismo.

Pasearé por calles que me han visto jugar, reír, llorar, crecer… lugares que saben cosas de mí que yo habré olvidado. Quizás mis pasos me lleven a aquél portal donde besé por primera vez, o al jardín de la iglesia desde el que me caí y quedé inconsciente, momento que el espejo siempre me recuerda. Volveré a entrar al bar donde me sorprendí peleándome por defender a un amigo… bares donde tenía tantos amores inconfesables disfrazados de amistad.

Volveré a ver a todas esas personas que antes estaban y ahora volverán a estar al menos durante dos semanas. Y bajo la luna, que es más mía vista desde allí, daré todos los abrazos y besos que les he ido guardando durante 667 días.

El día en el que me dieron una ostia como un pan

Fvalenciano, el vídeo es impagable, te ha quedado impresionante, en la vida habría podido yo hacer algo así.
¡¡Mil gracias!!

Subid el volumen, y si lo véis en la página de Vimeo en HD y pantalla completa, mejor que mejor!!

La crónica no va mucho más allá de lo que habéis visto. El día anterior me compré un protector bucal cuyas instrucciones no entendí porque estaban en japonés, así que no fuí capaz de moldearlo y no lo usé, menos mal que la ondonada no aterrizó en los piños.

La competición empezó a las nueve de la mañana, pero yo no peleé hasta más de las cuatro de la tarde. Aún así pasé un rato guay con fvalenciano y elmimmo viendo otros combates y calentando con algún compañero del dojo pegándonos ahí suave.

Cuando me dieron el libro en el que pone con quién te toca, me dí cuenta que fue el pavo que ganó el anterior campeonato en el que yo también competí. Su padre tiene un gimnasio, y el tío parece que está jarto de competir, pero no es excusa porque me ganó limpiamente. Al principio le meto una patada de frente, pero no puntúa porque me caigo al suelo. Después le intento dar, pero aunque le pillan cerca no le alcanzo. Y el momento cumbre… ni me enteré por donde vino. De repente estaba en el suelo, veía todo negro con chiribitas y si miraba para otro lado que no fuese el suelo me mareaba. Así que ya me creo las películas esas en las que de una ostia le dejan al policía KO, joder que si me lo creo!

A parte de la mandíbula descojonada y no poder comer bocatas por una temporadilla, me fui contento porque no lo hice mal a pesar de haber perdido en el primer combate. Y sólo por el pedazo de vídeo, y las pedazo de fotos, ya ha valido la pena con creces!!!

Ossssstia que me llevé

Y me sonreía

Al principio de mi calle había un mendigo, un señor cuya edad seguro que era mucho menor de la que aparentaba. En la cabeza siempre llevaba un gorro de lana de esos con una bola en la punta, y guantes medio rotos protegiendo a duras penas unas manos que la mayoría de las veces sostenían una botellita de sake del combini, eso sí, de las baratas.

Su casa estaba formada por la magistral disposición de unas cajas de cartón junto a una marquesina de madera. Su armario, que hacía las veces de nevera y estantería, era la cesta de la roñosa bicicleta que estaba aparcada siempre a su lado. Costaba creer que esa bicicleta se moviese, aunque costaba más imaginar a su dueño montado en ella.

Una noche yo volvía a mi casa, que por aquel entonces quedaba muy cerca de donde él había elegido tener la suya, y al pasar por delante me tropecé con un adoquín que sobresalía armando bastante ruido al intentar no caerme. De entre los cartones asomó una bola de lana y seguido una voz que gritó algo perfectamente entendible sin importar demasiado el idioma.
Asustado también, grité un «sumimasen» y seguramente hice una reverencia y puse bastante cara de miedo porque su respuesta fue sonreir y hacerme un gesto con la mano dándome a entender que no pasaba nada. Un segundo después había desaparecido entre los cartones.

Yo seguí mi camino con cierto temor, mirando hacia atrás de vez en cuando asegurándome de que no me seguía y recuerdo que apretaba los puños dentro de la chaqueta como para intentar darme valor en el caso en que algo malo tuviera que pasar. Pero no pasó, y al día siguiente por la mañana, como todas las mañanas, no quedaba ningún indicio de que alguien hubiera dormido en la marquesina. Ni cartones, ni botellas de sake vacías, ni siquiera mal olor. Nada.

A partir de ese día nos hemos cruzado unas cuantas veces, o más bien se puede decir que yo he pasado por delante de su casa, de su habitación, estando él allí. Si ya era de noche, le encontraba durmiendo metido en su saco de dormir azúl que a duras penas entraba en el banco de la marquesina. Y sabiendo que al día siguiente tendría trabajo que hacer bien temprano recogiendo su casa para irse a lugares que sólo él sabría, yo ponía especial atención en no volver a tropezar en el adoquín.

Si el azar quería que volviese de día, entonces él estaría sentado en su marquesina bebiendo sake y apurando algo parecido a un cigarrillo. La primera vez creyó reconocerme y me miró a la cara desde lejos, cuando yo incliné la cabeza a modo de saludo-confirmación, él me sonrió y repitió el gesto. Y desde entonces, siempre que nos cruzábamos, él me sonreía y yo insconcientemente aminoraba el paso para disfrutar de esa sonrisa que me parecía tan amigable, tan sincera a pesar de estar compuesta por cuatro dientes horribles colocados a destiempo.

Yo volvía de mi mundo de oficinas, ordenadores y estrés, y me cruzaba con su mundo, el de cajas de cartón, días al aire libre y botellas de sake de las baratas pagadas con dinero que no quiero ni pensar de donde habría salido.

Y me sonreía.

Después el invierno se recrudeció, el viento helaba el rostro y el ánimo, e incluso nevó. Y por mucho que yo volviese pronto a casa, no volví a ver cartones en aquella marquesina, ni la bici cargada de trastos escogidos sin sentido aparente, ni aquél trozo de saco de dormir azúl que sobresalía del banco, porque no le cabían las piernas.

Me lo imagino recogiendo y plegando las paredes de su casa que construyó la noche anterior en algún lugar más cálido que mi barrio. Seguramente con dolor de cabeza y con el reto de buscar qué comer ese día mientras se mueve por Tokyo con la bicicleta en las manos. Y me gusta pensar que todavía quiere sonreirle a la gente, aunque sea enseñando algún diente menos.

Todo por no aceptar que quizás haya muerto.

Nota: esto sucedió el invierno pasado

Que tengo competi!

Pues eso, que mañana por la mañana me estreno como cinturón negro y tengo competición de esas en las que no hay que ponerse casco, como los mayores. Después de la gripe que he pasao ando todavía un poco chungo, pero es igual porque mañana saldré ahí a ver que pasa con todas mis ganas.

La cosa es que en la última competición creo que me fue tan bien porque todos eran cinturones marrones o menos, pero ahora el único filtro que hay es que el que se me ponga delante pesará menos de 65 Kgs, como yo, porque todos serán cinturones negrucos… Aunque no importa, porque en Zalla los fines de semana siempre había peleas contra los de Zorroza y Barakaldo, y anda que no aprendí yo nada de mis maestros nens!

En fin, pase lo que pase, fvalenciano estará ahí para grabarlo y luego a la noche habrá celebración aunque sea porque todavía tengo todos los dientes!!

Atención a la perillaca toda guarra que me he dejao para dar miedo!! (o pena, bien mirao…)

 

Si alguno de Tokyo no sabe muy bien qué hacer el sábado a la mañana y le apetece pegar cuatro gritos, el lío está a seis minutos de la estación Heiwajima:

Yo… por comentar

5

El número de comentarios es, sin ninguna duda, uno de los factores que miden el grado de éxito de un blog. También tenemos el número de visitas diarias, que desdeluego es mucho más fiable, pero este dato no es casi nunca público. Así que en lo que uno se fija cuando llega a un blog, es en el número de comentarios que tienen sus entradas porque cuantos más hay, parece que se es más popular, que hay más gente a la que le interesa lo que se escribe.

Por supuesto, que un blog sea popular no quiere decir en absoluto que sea bueno y al revés.

Pero si sigo el razonamiento del principio, puedo decir que el blog de Ikusuki se ha hecho popular. No es raro que las entradas tengan más de 15 comentarios, y si nos vamos al dato significativo, sois unas quinientas personas las que entráis cada día a ver qué se cuece por aquí.

Todo esto ha tenido un triste efecto colateral y es que la gente que conocía personalmente, los que me apoyaron al principio cuando vine hace tiempo que dejaron de escribir. Es como si se sintiesen intimidados, o que se han cansado que también es entendible dado que estaban desde el principio.

En esta andadura de casi dos años, ha habido gente que ha pasado de comentar todos los días durante una temporada con un entusiasmo imparable… a desaparecer para siempre. He intercambiado con ellos muchos mensajes, algunos bastante personales, para no volver a saber si ni siquiera siguen entrando.

También los hay que se dedican siempre a sacar fallos y darme consejos sobre como escribir, como sacar fotos, como vivir… y luego están los que vienen buscando el blog sobre Japón que no van a encontrar y desisten de seguir preguntando porque se dan cuenta de que no sé las respuestas.

A otros les entusiasma todo lo que pongo, y la mayoría, afortunadamente, me cuentan de una manera sincera lo que les parece esto que hago más o menos todos los días delante de la pantalla desde hace ya ni sé cuantos.

Me doy cuenta de que es un perfecto reflejo de la vida real, de cómo son las personas. Yo soy el mismo, o eso quiero creer, y con cada nuevo escrito que dejo encima de la mesa, veo a distintos espectadores que entran, lo cogen, lo leen y algunos optan por dejar su opinión. Y con cada comentario, se va conociendo un poco más a su autor y cuesta poco imaginar cómo será esa persona en la vida real.

Siempre que puedo le doy prioridad a contestarlos: a los que siempre me sacan fallos y me dan consejos no les suelo tener en cuenta, porque sé que son así, tienen que intentar demostrar que son mejores y así seguirán siendo. Con ellos soy diplomático y, como en la vida real, trato de evitarles lo máximo posible sin demasiados enfrentamientos que no interesan, como ellos. Y es que tengo una edad ya para aguantar este tipo de personas que sólo saben dar por saco.

A los que llegan aquí buscando el blog de Japón que no es, trato de ayudarles con lo que me preguntan siempre y cuando sepa la respuesta. Y si no, no. Porque para buscarla en google y pegarla aquí lo pueden hacer ellos mismos, y nunca me las daré de entendido sobre algo que no sé.

Con todo el resto he establecido una especie de amistad que da el respeto de saber que siempre están ahí interesados en lo que yo pueda contar, y aportan más información dando puntos de vista que no se me habrían ocurrido. Es enriquecedor, por ejemplo hay nuevas entradas del blog que han surgido como resultado del rumbo de los comentarios de alguna anterior y otras que he escrito expresamente pensando en un comentarista en concreto.

Eso por no hablar de todos los mensajes de ánimo cuando éste está bajo, que realmente ayudan y mucho más estando donde estamos y como estamos.

Así que esta es mi reflexión y tal cual me ronda por la cabeza la escribo aquí y, de paso, aprovecho para dar las gracias a todos los que entráis y venís hasta la mesa a recoger la hoja y después me decís lo que os ha parecido sin pejiguerías de pretender ser más que nadie, de igual a igual, como debe ser.

Al resto, a los que vienen a dar por saco faltando al respeto y haciendo alarde de ser unos lumbreras, a esos acabo de decidir que voy a ignorarlos por completo porque me he dado cuenta que no es posible razonar con ellos. Y, mira tu por donde, que esto mismo es lo que hago en la vida diaria con unos cuantos que conozco y me va bastante bien.

Famas

Me he dado cuenta de que, al igual que los sevillanos tienen fama de no dar un palo al agua, aquí también tienen sus San Benitos. Así que he hecho un ikumaxmix 13, que os pongo junto con mi ikuexperiencia al respecto:

– Los de Osaka tienen fama de ser más abiertos, más graciosos, más majos que los de Tokyo.
Yo no puedo saberlo porque no he estado en Osaka todavía y no conozco a nadie de allí.

– Los de Kyoto tienen fama de ser cerrados incluso con el resto de japoneses.
Yo conozco a un tío de Kyoto y, a parte de que está medio pirao, es más majo que ni sé. A punto hemos estado de hacer una película juntos y toda la pesca. El par de días que fui de visita allí no son suficientes para asegurarlo o desmentirlo.

– Los de Tokyo tienen fama de ser super fríos, de ir cada uno a su bola.

Si que da esa impresión… aunque supongo que una ciudad en la que vive tantísima gente, si todos hablasen con todos, esto no se movería. De mis amigos Tokyotas, que son casi todos, nunca diría que son fríos, eso si que no.

– Los gaijines tenemos fama de aguantar muy bien el alcohol, y de que para emborracharnos tenemos que beber mucho.
Los más de 100kg de Akira se beben una cerveza y ya están torpedos, sin embargo una compañera del curro por más que bebe, nunca parece borracha. Por regla general, es cierto, se emborrachan mucho antes que nosotros.

– Los gaijines ligan mucho, tenemos fama de tenerlo más fácil. Roppongi es el paraiso para un occidental.
Es verdad que llamas la atención y eso da pie a más oportunidades. Algo de verdad hay, pero no tanto como algunos dicen y otros quieren creer. Para mi, Roppongi es un sitio asquerosísimo lleno de gente super chunga.

– Los gaijines la tenemos más grande
Y yo que sé!

– Los chinos en Japón tienen fama de ruidosos y maleducados.
Esto es así, que tienen la fama digo, otra cosa será que sea verdad. Yo una vez estaba sacando una foto cerca del palacio imperial, y una señora china casi me aparta a empujones porque le estropeaba su foto gritándome cosas en chinense. Pero eso fue una vez.

– Los españoles en Japón tienen fama de latinos apasionados.
Esto si me ha pasado, que me cuelguen la fama. Aunque yo pasión demuestre sólo cuando algo no sale y me pongo a jurar. Y de lo de latino me parto…

– Francia en Japón tiene fama de tener excelentes vinos y de ser la cuna de la moda y la cocina.
Esto es así, amigos, a los franchutes se les tiene bien vistos. Con lo bonito que sería Francia sin franceses!

– Los Indios en Japón tienen fama de ser súper inteligentes y de trabajar muchísimo y bien.
Yo conozco a dos, y los dos son ingenieros informáticos (que seguimos siendo ingenieros, os pongáis como os pongáis, que pa eso aprendimos a hacer integrales aunque lo olvidamos al día siguiente), y hablan inglés y japonés acojonantemente perfectos. Además, en Tokyo se ven muchos por la calle entrajetaos con su bigote y su piel morena.

– Los japoneses tienen fama de cabezotas, de no entrar en razones si se les rompen los esquemas.
En la despedida de Akira, el parlapuñaos pidió Shochu sin hielos. El Shochu es una bebida parecida al sake y siempre se sirve con algo, nunca a palo seco, al menos con hielo. Pero lo pidió así en el restaurante y costó como diez minutos que lo trajeran: el camarero con cara de póker consultó al encargado que dijo que no y después de parlapuñar con el encargado un par de puñaos, finalmente le convenció.
Por otra parte, mi línea ADSL está a nombre de mi jefe porque yo no teía la gaijin card. Por supuesto, el domicilio de mi jefe no es el mío, y aún así lo hicieron sin problema y así sigue, por cierto.

– Los americanos tienen fama de maleducados, prepotentes.
Me he encontrado de todo… americanos de brazos enormes y nikis de barbie haciendo el tocho por los bares, y otros super majos y normales. En cuanto a japoneses que conozco, hay algunos que no les tragan, y hay otros que les tienen como lo guay, como que ellos si que saben vivir. Esto mismo se ve en anuncios y por la tele, donde el inglés es como que mola y se usa, a veces sin demasiado acierto.

– El japonés es el idioma más difícil que hay.
Esto me llamó la atención, entre los mismos japoneses se tiene la fama de que su idioma es de los más chungos que existen. Quizás por eso te alaban tanto cuando hablas un poco o cuando escribes cuatro kanjis y medio. La verdad es que si me paro a pensarlo, sólo con el porrón de conjugaciones de verbos que tenemos en castellano, el nuestro también es un idioma chungo chungo, pero está claro que es más fácil aprender a poner acentos que a leer y escribir chirimbolos.

¿Qué? ¿Cómo os habéis quedao?

 

Mensaje desde la web

Nos acaba de llegar esto de una chica que ha comprado una kurosuwado y una kotoba:

Acabo de recibir las Ikucami.. y tengo que decir que la relacción calidad precio no me parece justa y esto lo digo con conocimiento de causa por que he trabajado en una serigrafia confeccionando camisetas y las vuestras son de las más baratitas y 18 € la verdad es un TIMO. Pero bueno eso puede pasar una vez, dos os aseguro que no. Tambien es culpa mia por comprar por internet que lo pintán todo muy bonito pero como no lo ves ni lo tocas…En fín, que me resigno pero no por ello voy a dejar de decirlo.

Es la primera vez que recibimos una queja sobre una camiseta, así que nos hemos quedado preocupados. Todos los que tengáis una camiseta de Ikusuki… ¿Estáis de acuerdo con lo que dice? ¿Os parece que las camisetas son de mala calidad?.

Por favor, sed sinceros.

Cada uno de los diseños que hemos sacado tiene una prenda distinta, elegimos siempre la que nos parece más adecuada para cada uno de entre todas las que hay disponibles. Está perfectamente claro que no podemos gustar a todo el mundo, ni siquiera lo pretendemos, pero si que nos hemos preocupado porque las prendas sean de mejor calidad que otras marcas que nos hemos encontrado por ahí. Si alguien que tiene tanta experiencia manejando camisetas nos dice que esta en concreto es de mala calidad, entonces nos aseguraremos de revisarlo si reimprimimos ese modelo.

Sentimos que esta persona se haya llevado un mal trago por nosotros, y ya estamos buscando la forma de devolverle el dinero. Si hay algo que nunca hemos pretendido, de ninguna de las maneras, es timar a nadie.

Ni falta que nos hace.

El día después

«Es la primera vez que me ponen suero» le decía a la enfermera mientras ella contestaba «hai hai» y me acariciaba el pelo. Entonces supe que la cosa no iba muy bien.

Pero dejadme que os cuente la historia desde el principio: en el verano del 2001 estábamos Bea y yo viviendo en Nakano, a más o menos cuarenta minutos de donde vivo yo ahora y a unos cinco de Shinjuku. Hacía un par de días que tenía una tos que cada vez sonaba peor, pero aquél viernes en la oficina noté que tenía fiebre. Yo tengo mis teorías sobre mi mismo, que nadie se toma en serio pero que yo sé que son verdad, así que me da igual. Como la de que ya no me duele la cabeza de vez en cuando porque he dejado de beber café, o que ya no me duele el estómago porque he dejado de beber leche. No se si tendrán su base científica o no, pero a mi me funcionan y ya procuro no contarlas porque nadie se las cree y todo el mundo me vacila. En fin, seguro que a Edison le cayeron unas cuantas cuando contó de la bombilla esa.

Bueno, pues ese viernes que estaba delante del ordenador decidí levantarme y le dije a Natsuyo que tenía fiebre y que me iba a casa. Ella no dijo nada, aún sin ver termómetro alguno, pero bastante raro era el gaijin spanish este que le habían puesto al lado como para preguntar. Mi teoría se confirmó con el que compré en el combini, y esa misma tarde Takeshi, mi jefe, me acompañó al médico que decía que lo que tenía era una infección de garganta y que por eso tenía fiebre, que nada, que unas pastillacas y a dormir el fin de semana.

El caso es que era ya martes y la fiebre estaba más alta que nunca, con tiritonas y, según Bea, hasta delirios de los que yo no me acuerdo. Ahora que si me acordase tampoco serían delirios, digo yo… por lo visto le hablaba a mi madre y toda la pesca. Yo me moría de frío aún sudando, no era capaz de comer nada, pero esto era en pleno verano y Bea se asaba porque no le dejaba poner el aire acondicionado, aunque lo ponía a veces porque si no la que se iba a morir iba a ser ella, pero asada.

Así que nos fuimos al hospital de Nakano, directamente, y allí lo primero que hicieron fue ponerme suero. Y recuerdo especialmente ese momento, el de decirle a la enfermera, una señora japonesa de unos cincuenta y pico años, que nunca me habían puesto suero y ella me decía que si que si, que vale. La cosa es que yo hablaba en castellano, como si me fuese a entender, y ella me acariciaba el pelo dándome la razón y, con ella, la impresión de que estaba yo mucho peor de lo que pensaba, que ya era bastante.

Recuerdo estar sentado en una sala de espera, agarrando el chisme ese que sujeta el suero con mi mano derecha, como en las películas. Había un tío al lado mío que estaba peor que yo, o eso quería yo creer, que me hablaba en italiano y al que yo no entendía ni pepperoni. Me acuerdo de querer ir al baño, levantarme, andar dos o tres pasos y caerme al suelo mareado. Creo recordar que me sacaron sangre, aunque esto no lo tengo nada claro, y que Bea dice que me salvó la vida cuando se acabó el suero y cerró el gotero ese porque si no entraba aire en la vena o no se qué (gracias Bea, por si acaso).

El caso es que al de un par de días me empezaron a salir granos, y entonces fuimos otra vez al hospital y el espabilado del médico me diagnóstico «measles» que a mi me daba igual lo que significase, pero que por favor, que me curase. Y me dio más medicinas, ni se cuantas, creo que en cada toma me metía unas cinco pastillas de distintos colores: la de la fiebre, la que protegía el estómago, la que me protegía de mi mismo… vete tu a saber. Y cuando llegué y leí en el diccionario que tenía sarampión, ya es cuando me quedé flipao. Mi madre por fin dudó en que lo hubiese pasado de pequeño, que ya estaba claro que no, y fue extrañísimo ver mi cuerpo serrano de casi 25 años lleno de granos.

Bea me trajo una casita como de bricolaje, de esas que te vienen todo palitos y los tienes que ir pegando hasta montarla entera. Me salió un experimento bastante curioso, aunque estoy seguro que sin fiebre hubiese quedado igual de mal… aunque es la excusa que puse. Y entre pegar y despegar, por fin se me quitaron la fiebre, los granos y tenía hasta hambre, aunque tengo que reconocer que de vez en cuando sigo delirando en voz alta, no os asustéis, si eso decidme «hai hai» y acariciadme el pelo, que se me pasarán.

Así que llegó el lunes, pero yo decidí que no iba a ir a la oficina, sino que me escaqueaba y me fui a dar una vuelta por Shinjuku. Iba con una sonrisa en la boca, porque las había pasado muy chungas las dos semanas anteriores, y de verdad que era muy feliz de poder salir a la calle otra vez. Andaba muy rápido, como queriendo ver todo antes, adelanté a unos extranjeros y cuando les llevaba un par de metros de ventaja me pareció oirles hablar en castellano. Frené un poco, dejando que me alcanzasen, y entonces uno me habló:

  • Excuse me, do you know how to go to the metropolitan building? (acentazo)
  • ¿Vosotros de donde sois chatos?
  • Coño!!, de España
  • Jaja, yo también, anda que no se os nota. Yo soy de Zalla, un pueblo de cerca de Bilbao
  • Jodé, nosotros somos de Bilbao también!! Y de Zalla conocemos a Fernando Caldera, ¿le conoces?
  • Claro que le conozco, fuimos al instituto juntos, que juega super bien al tenis
  • Si si, jodé que casualidad! pues es que te hemos visto que llevabas una bolsa, y hemos pensado «este tío controla de aquí, que ya se atreve a hacer compras y todo»
  • Jajaja, pues llevo unos cinco meses viviendo. Mira, estamos super cerca del edificio al que queréis subir, os acompaño a la entrada. Con el día que hace hoy, igual hasta podéis ver el Fuji y todo.

Después nos despedimos, y muchos meses después me encontré con Fernando en un bar en Zalla y le conté la anécdota. Curiosamente uno de los chicos estaba esa noche allí y aunque no me acordaba de su cara, nos estuvimos echando unas risas acordándonos de todo el lío, pobres, tuvieron que aguantar la aventura del abuelo cebolleta y su sarampión en Tokyo.

Todo esto viene a que desde el viernes he estado albardado en el futón con fiebre, pasando una gripe asquerosísima. Llevo cuatro días mareado, sin ganas de comer, tosiendo… en fin, para qué entrar en detalles. Y hoy me he levantado fresco, curado, así que he decidido que tampoco voy a la oficina y me voy a ir en un rato a Shibuya a dar una vuelta y a disfrutar de este día tan bonito que ha salido. Y si hoy también me encuentro a algún paisano, entonces ya podéis iros preparando, porque publicaré el libro con mis teorías que revolucionarán al mundo.

Fernando, donde quiera que estés, un abrazo enorme.

 

De amigos y tomodachis

Parece que fue el mes pasado cuando nuestro jefe nos anunció que íbamos a tener un nuevo compañero para el departamento de ventas. Decía que era enorme, pero la verdad es que no supimos cuanto hasta que le vimos.
Ese día apareció un tío de más de metro ochenta, y bastante más de ochenta kilos metidos en un traje en el que cabrían cuatro como yo en cada pernera.
Poco tardó en perder la timidez propia del que entra una empresa nueva, y al de nada ya estaba usando esa carcajada suya que nos contagiaba haciéndonos reir sin saber muy bien de qué.
Su japonés al teléfono, o en reuniones de trabajo, sonaba muy serio, muy formal, tanto que parecía una persona totalmente distinta. Es como si tuviese dos caras que ofrecer: la de hombre de negocios, más japonés que nadie con sus reverencias, su keigo, sus tarjetas y sus retahílas interminables al empezar y acabar las conversaciones. Y la otra, la del Akira bromista, campechano que siempre pide lo que más frito esté en el restaurante, ración grande por aquello de mantener la curva, y que nunca descansa en su empeño por buscarme novia importando bien poco lo que yo opine.
De esto hace, madre mía, más de un año y medio. En todo ese tiempo hemos compartido problemas, discutido, preparado reuniones importantes hasta tarde mano a mano en la oficina, y otras no tan importantes de camino al cliente en el tren. Me ha enseñado japonés, a veces del bueno, del útil y otras veces barbaridades sin yo saberlo hasta que lo he utilizado. Me ha contado detalles sobre la cultura japonesa, algunas yo creo que inventadas, y hasta fui a su boda en Yokohama.
Así que nos hemos hecho amigos, creo que es uno de los pocos de por aquí que son de verdad aunque esto el tiempo me lo dirá, como me lo está diciendo ahora de otros que también lo parecían.
Pues resulta que se va, que deja el trabajo… si yo tenía muy pocas razones para seguir yendo a la oficina, ahora la verdad es que tengo una menos. Y es una razón muy grande… grande en todos los sentidos. Esta misma tarde, dentro de dos horas y media, tenemos la despedida, la «oficial» con todos los de la empresa, por supuesto con «tabehodai» la barra libre de comida. Pero nosotros ya tenemos preparada la nuestra, donde nos reiremos y nos lo pasaremos también bien, aunque será más de verdad.
Casi siempre que he quedado con alguien después del trabajo, le he invitado y ha venido encantado. Y esto mismo pasó cuando quedamos para cenar en Shibuya con Neki , Andrés y sus amigos y Txaritxu que también se apuntó…. es de los pocos videos que tengo donde sale él, pero no puede ser más significativo de todas esas veces que me acompañó.

 

El principio de un sueño

Durante el tiempo que duró la visita de toda esa gente que se unió a la celebración del 30 aniversario de la federación SKIF de karate, las clases fueron mucho más amenas. En un mismo lugar se juntaron profesores reconocidos de todo el mundo, así que los anfitriones decidieron que fuesen los invitados los que impartiesen una parte de cada clase: empezaba Murakami sensei y después se repartían la batuta entre los profesores de Suecia, Chile, Irlanda, México…

El mismo deporte, el mismo arte enriquecido al ser enfocado desde ángulos totalmente distintos. Resultó curioso ver cómo alumnos japoneses veían sus esquemas totalmente rotos ante la innovación aportada por distintas formas de ver lo mismo. Recuerdo con especial cariño la clase del profesor de México que empezó la clase en japonés e intentó continuarla en inglés para que finalmente la fuerza de la costumbre quisiese que acabase hablando en castellano. «Vámonos» gritaba cada vez que empezaba a contar mientras el resto se miraban entre sí sin saber muy bien si levantar la pierna o estirar un brazo.

Pero no fue hasta que Murakami sensei pidió a los de Chile que recitasen el Dojo Kun en castellano cuando yo empecé a soñar. Literalmente significa «Reglas del dojo», del lugar de entrenamiento y son ni más ni menos que cinco frases que se repiten al final de la clase. Quiero creer que para tenerlas en cuenta por todos y cada uno de nosotros, aunque me da la sensación de que es más por tradición.

Los cuatro se pusieron enfrente de nosotros de rodillas, y primero lo dijeron en japonés. Después empezaron una a una su versión en castellano. Y con aquellas frases de fondo yo empecé a pensar que quizás no estaba allí de casualidad, que igual todo esto tiene un significado. Soñé que volvía a Japón de viaje dentro de unos años con mis alumnos más aventajados, y que visitaba a los que son ahora mis profesores y les invitaba a mi propio gimnasio de Bilbao para que impartiesen algún curso. Y que, al igual que pasa cuando van a Chile, tendría el honor de que se quedasen en mi casa, y quizás podría llevarles a beber txakolí a San Juan de Gaztelugatxe mientras recordamos tiempos de ahora, que entonces serán viejos y entrañables. Y quizás podamos compartir alguna noche que, además de secreta, será más especial por ser yo el anfitrión.

Así que persiguiendo mi sueño, que cada vez veo menos absurdo, me he esforzado el triple en cada clase desde entonces. Me he marcado el objetivo de aprender el máximo posible, no es que antes no tratase de hacerlo, sino que ahora es de otra manera. Es como si, aún actuando igual, hubiese cambiado mi forma de aprender, mi forma de mirar… porque he pasado a entender lo que realmente quiero.

Y sin saberlo, Fumitoshi Kanazawa dibujó una nube con forma de escalera al darme el certificado de Shodan. Y yo os juro que subiré por ella con toda mi alma hasta alcanzar ese sueño que ya ha descendido un poco aún siguiendo en el cielo…

 

Las noches secretas

Hace poco que se ha celebrado el 30 aniversario de la asociación SKIF, la fundada por Hirokazu Kanazawa, así que gente de todo el mundo ha venido a entrenar con nosotros durante dos semanas. Aprovechando el evento, mis profesores han organizado cursos, exámenes y actividades para los invitados, se ha intentado por todos los medios que su estancia en Tokyo haya sido lo más placentera posible.

El anfitrión por excelencia ha sido Murakami sensei, experto en la materia por estar siempre viajando por el mundo a los gimnasios cuyos propietarios eran los invitados esta vez.

Una tarde había quedado con Fran después de Karate para tomar algo y resulta que ese día habían llegado los de Chile y se vinieron con nosotros. Fue una cena curiosa, tranquila, amena en un izakaya cercano donde nos dimos cuenta que a pesar de venir de países totalmente distintos, el idioma establece vínculos, aún más si cabe estando en Japón.

Nepal, Francia, Italia, Grecia, Suecia, México… más de diez nacionalidades contamos un día, pero lo que es más importante: personas que al final resulta que no somos tan distintas entre nosotros a las que nos unía una misma afición, un mismo estilo de vida, una misma forma de mirar.

A todos les sorprendía que yo no estuviese tan de paso como ellos, y con oídos de alguien que no sabe, mi japonés les llamaba la atención con lo que no me fue dificil establecer cierto grado de amistad con muchos de ellos. Así que Murakami sensei siempre se acordaba de invitarme a todas y cada una de las veces que se los llevaba a cenar después de los entrenamientos.

El resultado era que yo llegaba a casa entre semana en el último tren con más cervezas de las que habría pedido y con una mezcla de idiomas en mi cabeza que, lejos de resultar confuso, me hacía sentir que era parte de algo mucho más grande. «Hijos de la tierra», dijo una vez Kanazawa Kancho como colofón a una clase maravillosa en un inglés que se quedó grabado en mi mente. «Sons of Earth», qué bonito cuando uno se da cuenta realmente de lo que significa.

En esas noches se compartían mil anécdotas, la mayoría de las cuales venían de los viajes de Murakami sensei a cada uno de los gimnasios de los que estaban allí, que resultaron ser expertos en sus respectivos países. Y cada noche, aún siendo parecida, era distinta porque venía alguien nuevo, o faltaba algún grupo que ya había vuelto. Lo que nunca faltaban eran la invitación de Murakami sensei después de las clases y el dolor de cabeza combinado con agujetas del día siguiente en el trabajo.

Los últimos que quedaron fueron los belgas y los suecos, y el miércoles pasado se repitió el ritual. Hay veces en que uno conoce a alguien con el que siente que se va a llevar bien, porque se tienen pensamientos comunes o quizás no, pero es fácil darse cuenta cuando ocurre porque uno conecta. Eso pasó con los chilenos que ya no estaban, y también con la mayoría de los que estábamos allí esa noche. Así que después de la cena decidimos darle la espalda a la estación donde iba a llegar el último tren, y nos fuimos a un bar de unos amigos de Murakami sensei.

Sin importar que al día siguiente habría un ordenador esperando en la oficina, o importando, pero procurando no pensarlo.

Y bebimos, y cantamos, y pretendimos hablar en más idiomas de los que sabíamos compartiendo risas, sentimientos e incluso alguna lágrima. En mi memoria quedará siempre aquella chica japonesa que me agarraba de la cintura mientras yo cantaba una canción con su marido.

Estará la chica que nació en Israel que resultó estar en el equipo nacional de Suecia, y que daba besos por sorpresa, de tres en tres porque «en España no sabemos saludar», y no le faltaba razón a juzgar por las caras de felicidad de los que los recibíamos.

Me acordaré de que mi borrachera y yo le dijimos a Murakami que era nuestro profesor preferido por lo menos siete veces, y que él me decía que en Karate tendría el cinturón negro pero que en Karaoke no llegaba ni al naranja otras tantas.

Y mucho más que jamás se me pasaría por la cabeza ni siquiera mencionar.

Hasta que se hizo de día.

Ayer, en la clase Murakami dejó de ser mi sensei durante veinte segundos:

  • ¿Fue todo bien, Oskar?
  • Si, llegué muy rápido (en referencia al taxi en el que me montó)
  • Me alegro

No hace falta nada más. Porque no importa de donde vengamos o qué idioma hablemos, todos sabemos que esas noches son secretas. Y lo que digamos o hagamos se queda ahí entre nosotros estableciendo vínculos cada vez más sinceros que nunca se mezclarán con los días, que son de todos.

Y así tiene que ser.

 

La recepción del rey

Aunque el título parece el de la cuarta del señor de los anillos, no lo es!!! Frodo tranquilo!, deja las nike en el cajón que no te toca andar! y aféitate esos pies, hobbit de Dios!

El caso es que a pesar de que a algunos no les gustaba mucho la idea de que fuese, ayer encaminé mis helados pies a la recepción del hotel Imperial Palace, que está enfrente del palacio imperial, valga la imperindancia. Por la calle había banderas de España y de Japón puestas en todas las farolas, y si veías a alguien con los ojos agarbanzados y traje, fijo que andaba pensando en que iba a cenar jamón by la cara esa noche.

 

Allí había quedado con un chiqui de Albacete que resulta que no tenía invitación y como yo podía llevar a un acompañante, pues se vino conmigo de novia. Lo que había era un montón de gente del copón, y yo que pensaba que en Tokyo viviamos cuatro paisanos, y resulta que aquello estaba lleno de entrajetaos hispanocascantes!!

Total, que pasamos por un detector de metales de esos de las películas donde, siguiendo el criterio que tendrían Mortadelo y Filemón, los guardias no te dejaban entrar con la cámara de fotos pero sí con el móvil que estando donde estamos, el que peor fotos saca ya tiene más de 3 megapuntillos de esos de colores.

Y una vez dentro de un salón enooorme, estuvimos cascando un rato largo hasta que anunciaron que iban a venir los reyes en cinco minutos, que la gente del medio que se quitase para dejarles pasar, y que nos callásemos. Lo primero pasó en 15 minutos, la gente del medio se quitó a duras penas, y lo que es callarse… pues más bien duró poco.

Entraron los reyes bastante serios, se subieron al chiringuito que había allí montao, y sonó el himno que fue más largo que ni sé. Cuando acabó, el rey empezó a leer un folio con un discurso que traía preparao, y lo primero que hizo fue hablar sobre el atentado de Afganistán que por lo visto había pasado poco antes de la recepción.

Después de ello, se tiró un rato hablando sobre las buenas relaciones entre Japón y España, también dijo que iban a inaugurar el Instituto Cervantes durante esta semana (que yo creía que hacía un año que lo habían hecho, anda que…), y que bueno, que ánimo a los que estábamos viviendo aquí. Sonará a chorrada, pero os juro que hablaba igual que Fuentes, pero igual igual!! qué pasada!!!

Y entonces empezaron a desfilar bandejas con bebercio y comercio mientras los reyes, cada uno por un lado, iban saludando a la gente que se le iba acercando, que no fueron pocos. Alguno ya se tiraba un ratillo ahí hablando con ellos, que digo yo: ¿qué se dirán?, porque al final no creo yo que uno tenga mucho tema de conversación con los reyes más allá de tópicos, ¿no?. ¿Qué tal majestad, qué tal el viaje?, Si que está lejos Japón, ¿eh?… pues el caso es que se tiraron así como hora y media sonriendo, dando la mano y teniendo conversaciones de ascensor mientras un montón de seguratas de esos de pinganillo en la oreja a lo Bauer, no quitaban ojo a los que se iban acercando.

Nosotros más bien nos dedicamos a beber vino y a comer lo que pasaba por al lado, o lo que íbamos trayendo por turnos los que hicimos alguna excursión a las mesas. La comida que hubo no fue ni mucho menos suficiente para tantas personas, pero pudimos probar el jamón gracias a que Fernando se coló entre la manada de gente que hacía cola enfrente del maese cortador jamonero.

Yo estaba ya realmente realizado etílicamente entre la realeza cuando se me acercaron algunos que me llamaban por mi nombre y que yo no había visto en mi vida. Resulta que dos o tres personas me reconocieron por el blog y vinieron a saludarme, ¡toma ya! ¡quitándole clientes al rey! ¡mi cara en un billete quiero!. Jajaja, no, en serio, me hizo muchísima ilusión que me hablasen de lo de Gila y así, qué momento ego más grande!!

Después de aquello, unos cuantos nos fuimos a tomar algo a un izakaya que había por allí, y decir cuatro o veintitrés tonterías más de mientras nos cambiábamos los teléfonos para futuras quedadas a las que iré encantado.

Como pensaba, no me arrepiento ni por un momento de haber ido, no por ver a los reyes, que la verdad es que fue algo más bien anecdótico frente a haber conocido a gente más maja que ni sé. Yo voy tanto a mi aire con mi Karate y mis historias, que se me olvida que hay algunos que están como yo haciendo vaya usted a saber qué por aquí cerca…. Así que ayer me lo pasé genial, y además ya salió algún plan por ahí en medio que promete!