Cenando con la autoridad

Estamos muy cerca de acabar la primera fase del proyecto que tenemos entre dedos (que están entre teclas). El jefe, desde Alemania, nos pide que le demos un último empujón y dejarlo lo mejor posible antes de que podamos descansar algún que otro día. La verdad es que me gusta mucho este trabajo, se me pasan los días volando y tengo la suficiente libertad como para intentar hacer cosas nuevas de vez en cuando.

Así que no es de extrañar que muchos días durante la semana pasada haya salido tarde de trabajar aprovechando que tengo la bici fuera y que no dependo de horarios de trenes y sólo unos veinte minutos me separan de casa.

El otro día me moría de hambre al salir, así que me compré un par de sandwhiches y alguna cosilla más en el combini y enfilé con la bici para casa. Cuando iba subiendo la cuestaca, ví un control de la policía. Uno de ellos me hacía señas con la linterna para que aparcase allí y yo aparqué, claro. Me pidio el carnet, comprobó que la bici está registrada a mi nombre y cuando yo suponía que me iba a dejar irme, me echó una especie de bronca en plan padre preocupado:

– No deberías ir comiendo y andando en bici a la vez
– Ah si si, es cierto, es peligroso, ¿verdad?, vale, guardo el sandwhich

Lo cierto es que no tenía donde guardar el sandwhich más que en una bolsa de plástico que colgaba del manillar y que tampoco creo que cumpliese el ISO de seguridad vial, así que la conversación siguió:

– Por favor, cómete la comida antes de seguir tu camino
– Jajaja, si
– Después -el policía no se reía- nosotros te recogemos los envoltorios y entonces te puedes ir
– Ehh… vale, entendido

Y en algún lugar de Tokyo entre Gotanda y Magome a una hora más allá de las doce de la noche, un Zalluco se comió dos sandwhiches y un kitkat, bajo la atenta mirada de dos policías japoneses que le sostenían la bici. El momento cumbre fue cuando haciendo alarde de lo mal que nos llevamos yo y los «abrefáciles», me tiré un rato peleándome con el segundo sandwhich para abrirlo y el policía me tuvo que ayudar.

Gracias a la técnica aprendida del maestro pastababas, exhibí mi arte masticador delante de la ley esperando que me puntuasen o algo, que aquello parecía más una prueba del qué apostamos, pero no, el poli seguía con su cara de bicho palo:

– Muchas gracias, por favor, deme la bolsa, vaya con cuidado y procure no comer y andar en bici a la vez
– Entendido, muchas gracias y buenas noches

Otros encuentros con los capitanes Furilos de aquí:

El policía y el extranjero
De quedarme chato vengo

Buya en Shibuya

Iba yo andando tranquilamente después de trasquilarme medio Uniqlo de Shibuya, cuando aparecieron por allí un quintal de rascayús dando voceríos. Era una manifestación de la ultraderecha junto a lo que parecía un desfile de modelos de la policía, porque la proporción era de un poli por cada dos ultraderechostiables. La pena es que en el lote no les cayesen un par de palos por metro recorrido.

Tipos con cara de cabrones gritaban que Japón estaba mejor siendo sólo Japón y que había que cerrar las fronteras y dejar de hacer negocios con el extranjero, especialmente con los yankis (ahora que mira, si todos son como el parlapuñaos yo también dejaría de extraperlar para no tener que oir extraparlares)

Alguno iba dando panfletos a la gente, y la gente no se los cogía. Un chico de más o menos mi edad (que siendo japonés, serán 10 años más), lo cogió, lo arrugó con las dos manos sin leerlo y se lo tiró a los pies del pavo gritándole algo que sonó a indicarle la dirección de salida un poco más explícitamente que por donde la hierba ha sido cortada.

:bythesegao:

Entre tanto ultraderechismo yo no me dejaba de ver a mi mismo como un potencial objetivo al que darle una somanta palos en cuanto me parase a rascarme la nariz, así que anduve con treinta ojos. Yo para estas cosas soy más fantasma que ni sé, el Bruce Willis en el sexto sentido se queda en un amago de movedor de ouija a mi lado, así que ya iba planeando mi manera de defenderme: «si me viene alguno de frente, le meto una patada en los huevos y echo a correr hasta donde Tokyo pierde su nombre (que ya es decir), y si alguno se me planta delante, más deconstrucción de los óvalos que provoco y más pa Yokohama que tiro»

Por fortuna, allí lo único que pasó fuí yo desapercibido entre tanto policía y tanto cabrón, así que llegué sano y salvo a mi casita con una ondonada de ropa recién comprada que me probé delante del espejo descojonándome pensando en que será la única vez que la vea tan planchada.

 

Homenaje a Michael Jackson en Yoyogi

El viernes cuando me puse a leer las noticias y ví que se había muerto este hombre, me quedé flipao. Siendo sinceros, me quedaría igual de flipao si me enterase que se ha muerto Bud Spencer o Murdock el del Equipo A. Es decir, que no he sido nunca un admirador compulsivo y la verdad es que ni me va ni me viene demasiado, pero forma parte de los recuerdos de mi infancia y adolescencia gambitera.

Si entró en mi vida es porque los medios se encargaron de que yo supiese quien es, poniendo a todas horas sus videos musicales, que me flipaban de pequeño. De sus canciones, ni fú ni fá… seré raro por decir esto, pero me da igual, el que escribió sobre gustos es un prepotente, tampoco me gusta el fútbol y soy muy feliz así. Los insultos los podéis dejar en los comentarios, que con wordpress es facilísimo borrarlos.

Bueno, pues esos mismos medios que metieron al zombi de thriller en mis pesadillas, se encargaron después de ponerle a parir diciendo mil barbaridades y al final teníamos todos una imagen de un señor con la cara blanca, la nariz deformada y mascarilla que enseñaba a un niño que casi se le caía desde un balcón.

Yo ni me creía lo que decían ni me lo dejaba de creer. Igual que si me dijesen que Murdock o Bud Spencer son gays (aunque lo de éste último sí que me costaría creérmelo). Vamos, que yo eso de idolatrar no lo llevo muy allá, si acaso al señor Morinaga y sus tabletas de chocolate.

Ese mismo viernes yo fui a la oficina como siempre, esperando que pasase el día lo más rápido posible. Enchufé cadena 100 en el iPhone y ale, a programar. Mar Amate me mandó un mensaje, que si me podían llamar para hablar de cómo se ha vivido la muerte de Michael en Japón, yo le contesté que no tenía ni idea porque ni siquiera había puesto la tele, y por la calle camino de la ofi no había visto a nadie haciendo el moonwalker, pero me dijo que les seguía valiendo que les dijese esto porque es lo que yo ví, así que me llamaron y eso dije.

Desde ese día pues supongo que lo mismo que en cualquier país del mundo: la tele totalmente monopolizada sobre la noticia con fragmentos de sus videos musicales y a poder ser la mayor cantidad de fotos posible con el pobre hombre entubado medio inventándose rumores sobre su muerte.

En Tokyo todo normal… menos el sábado por la noche que me encontré a un montón de gente en Yoyogi, con camisetas y fotos de Michael y velas puestas en su honor. Había gente que sobreactuaba llorando delante de cámaras de televisión, y gente que lloraba de verdad al abrigo de la oscuridad quizás con lágrimas provocadas por la luz de las velas.
Otros imitaban sus bailes mientras un corro de gente cantaba alguna de sus canciones, y muchos reían y disfrutaban de aquel sencillo y espontáneo homenaje.

Aquello me pareció la forma más humilde, preciosa y sincera de honrar la memoria de Michael. Hasta yo volviendo a casa iba silbando la de Billy Jean, y la habría tatareado más allá del estribillo de haber sabido como sigue.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=0-FESjME0Cg

 

El post regulero de la semana

Esta semana me he tirado delante del ordenador más tiempo que ni sé, entre el trabajo y lo de las nuevas camisetas, se me ha quedao una carapixel que riete de Mario Bros, me peino con escuadra y cartabón, no os digo más.

Así que ¿qué mejor que despedir la semana con un post de esos de los de sin pensar?

Efectivamente, vuelvo con otra entrega del culto a la huevez, narrando la hazaña de la estatua del Coronel Sanders que han encontrado en el fondo del río. Cuento la historia a lo ikusuki: resulta que hace 24 años el equipo de Beisbol de Osaka, los Hanshin Tigers, ganó la liga por primera vez en su historia, así que la gente salió toda pataliebreada a liarla parda y al pasar cerca de un Kentucky Fried Chicken de esos, arramplaron con la estatua y la tiraron al río. Y el caso es que no se ha vuelto a saber nada hasta el otro día que la encontraron toda regulera, como el post este.

Aprovechando un ritual que celebran los del Kentucky Fried Chicken este todos los años para «honrar» a los pollos que han cocinao, han hecho una especie de exorcismo con la estatua y hay un monje que dice que «está destinada a salvar al equipo que últimamente anda regulero».

Dentro videos!

httpvh://www.youtube.com/watch?v=rS1cyyxyF0E

httpvh://www.youtube.com/watch?v=yfzt8LlDU3E

Fuente: Japan Probe
Tiempo destinado: 6 minutos (se va notando que le voy pillando el truco a wordpress)
Orientación del camino de salida:

:bythesegao:

Buen finde!

Un martes de té

Con los ojos todavía entrecerrados enciendo el ordenador y muevo la flecha esa blanca que sale inclinada hasta ponerla sobre el icono que me dice el número de personas que se han acordado de mí mientras yo dormía. Hoy hay pocos, pero me conformo mientras haya uno sólo. Y con él y sus noticias que son malas y trato de digerir junto a un café que quema, doy por inaugurado un nuevo martes de esta vida tan extraña que alguien quiso que viviera.

Es raro el día en el que no me plantee quedarme a trabajar en casa, pero el sentido común y yo sabemos que basta algo medianamente interesante para distraerme de mi trabajo, y resulta que Internet está lleno de ese tipo de cosas. Así que cojo la bici y enfilo el camino que me llevará a la oficina pasando por calles con legañas y avenidas remolonas que todavía no han acertado a despertarse.

Entro por la puerta y saludo en japonés. Sólo Michiko me contesta, pero ya no me extraña. Desde que no trabajo para ellos es como si yo no existiese, aunque lo realmente raro es que de vez en cuando me prestan atención preguntándome cosas que se le preguntarían a compañeros de trabajo “normales” como qué hice el fin de semana….

Pero ellos y yo sabemos que mi situación no es normal , y no sé si por envidia o por desinterés, hemos llegado a un acuerdo no escrito por el que nos ignoramos mutuamente lo más que podemos, y ya llevamos así más de un año.

La misma flecha del ordenador de casa aparece en el de la oficina, y también la apunto al icono que, esta vez, me suele decir qué hacer durante las ocho horas siguientes. El primer mensaje es de Michiko, dice que me ha dejado un postre japonés en la nevera, que está dentro de una lata y que me lo coma frío que está muy bueno. Sonrío y la miro, pero resulta que ella hace rato que estaba haciendo lo mismo. Mientras escribo la respuesta más amable y sincera que se me ocurre, pienso que hoy ya ha merecido la pena no haberme quedado a trabajar en casa.

Últimamente la hora de salir llega muy pronto y este martes, además, está muy bien señalada porque la profesora de la ceremonia del té va a estar esperándome a una media hora de viaje de allí. En Tokyo es mentir decir que se llega tarde por culpa de un tren, así que pongo especial atención en salir lo más pronto posible después de las seis.

Hoy Michiko no puede venir por temas de trabajo con lo que es la primera vez que voy sólo a la clase. Me siento nervioso, me da vergüenza y por el camino me voy inventando excusas para no ir, a pesar de lo cual me monto en el tren correcto. Menos mal que ni a mí mismo soy capaz de convencerme.

Entro y saludo en japonés mientras me quito los zapatos. La profesora me recibe con una sonrisa enorme. Pienso en que siempre la recordaré así, con esa sonrisa eterna que nos regala al llegar, y me apunto en un rincón que eso de sonreír tengo que hacerlo más para ver si alguien me recuerda a mi algún día de la misma manera.

Me habla en japonés todo el rato, aunque a veces se da cuenta de ello y trata de hablar en inglés aunque no va más allá de dos o tres palabras. Yo casi no tengo problemas para entenderla en japonés y me gusta mucho más que hable en ese idioma porque es lo suyo, pero en lo que ella considera un gesto hacia mí, de vez en cuando cambia a inglés y lo mantiene hasta donde puede que, gracias a Dios, no suele ser mucho.

Tiene onigiris preparados para Michiko y para mí. Siempre nos dice que como vamos directos desde el trabajo, que tendremos hambre y siempre nos tiene algo preparado. Me como el mío mientras ella última los preparativos de la clase, aunque no deja de hablarme quitándome de un plumazo esa estúpida sensación de nervios que tenía hace un rato.

Entonces empezamos. Repito los mismos pasos una y otra vez, pero siempre hay algo que corregir: el brazo está muy elevado, no mires al invitado directamente, el dedo meñique lo has separado al soltar el cazo, has echado demasiado té, el natsume es un dedo más a la derecha…

Todo lo dice de forma que no resulta ofensivo y además yo sé que se calla muchos de mi fallos de los que yo mismo me doy cuenta. Es todo un arte cómo es capaz de enseñar y corregir sin que el ego de uno se dé por aludido.

Pasan las dos horas como dos sorbos, y nos dedicamos a recoger los utensilios en silencio. La solemnidad sigue presente justo hasta el momento en que todo se ha recogido y nos saludamos con una reverencia de rodillas manteniendo la distancia entre alumno y profesor hasta ese instante. De repente vuelve la sonrisa, la jovialidad, la amabilidad, la ternura de la señora que prepara meriendas y pregunta por las novias que no tengo.

Trenes y pedaleos después vuelvo a casa, me quito el pantalón y veo que está manchado de verde. Algunos de mis dedos tienen todavía el mismo tono, y no estoy seguro si es en el paladar o en mi cabeza, pero yo noto el gusto del té por ahí dentro.

El sábado me preguntaron sobre el significado de la ceremonia y no supe qué contestar. Creo que hoy tampoco sabría describirlo, pero sé que tiene que ver con hacer de la calma el sentimiento mayoritario, de apaciguarse, de alimentarse de sosiego respirando templanza. De concentrar cuerpo, mente y alma en un pequeño ritual que es precioso si se sabe mirar, pero lo es más si se sabe escuchar.

Y lo mejor es que ese sentimiento no se va al cerrar la puerta de la sala, sino que sigue con uno hasta mucho tiempo después.

No sé… es como si alguien no me hubiese dejado de acariciar la nuca desde hace más de dos horas.

 

El post regulero de la semana

Hola chatos!

Ya iba siendo hora de «escribir», por llamarlo de alguna manera, un post de esos copiados descaradamente de algún sitio y plantado aquí demostrando tener la jeta más gorda que un barbapapá

Hoy para echarle más cuento al asunto, voy a poner palabras ahí rimbombantes del estilo de «se da la circunstancia» y así, como para maquillar el hecho de que lo que pongo es un plagio del copón y de paso mantener la cancamusa sensacionalista ahí a tope. Vamos a ello:

Como seguro que ya sabéis, en Odaiba, esa red de islas artificiales construidas sobre terreno robado al mar, han erigido en un alarde de ingeniería sin precedentes un robot de casi 20 metros de alto basado en el famoso anime de los 80 de título «Gundam». 

Una vez más los japoneses demuestran su liderazgo mundial en el campo de la robótica y la física, resultado de su alto presupuesto destinado a la investigación y desarrollo, uno de los más altos del mundo como tengo a bien comprobar casi a diario en esta megapolis que es Tokyo…

¡¡ Y el :copon: bendito!!, jodé, soy incapaz de seguir, me entra la risa con tanta gilipoyez!!!

¡¡Que el robot ya se mueve y alguien, que no he sido yo, lo ha grabao!! ¡¡Dentro videos plagiaos!!

httpvhd://www.youtube.com/watch?v=BE42BN7Maxk
httpvhd://www.youtube.com/watch?v=ykamCJsKFBI

 
Fuente: Playstation Portable Updates
Tiempo en escribir el post: 9 minutos
Dificultad: media, enchufar un par de vídeos y poner un párrafo ahí todo fantasma inventándome la mitad de las cosas pero siendo sensacionalista a tope.

El paso de cebra

Me desperté solo. Es lo normal, pero esa mañana se me antojó extraño, como si lo habitual fuese que en cada despertar un cuerpo se dejase abrazar por el mío. Pero no, me desperté nuevamente solo un nuevo día. Y me sentí así, de repente, solo, mucho.

Pensé que era raro que me sintiese así, que llevaba más de dos años amaneciendo de la misma manera, con alguna que otra excepción que nunca contaré, y no entendía la razón de aquel sentir.

Dolía…

De repente sentía la necesidad de tener a alguien con quien compartir mis problemas, mis alegrías… mi vida, pero no había nadie y era lo normal aunque ese día escociese un poco más de lo habitual.

Y solo como estaba, salí a la calle y una vez más la rutina y yo nos montamos en la bici hasta llegar casi hasta la oficina.

Entonces les ví: un grupo de niños, ocho creo que conté, que andaban en fila india agarrados a una especie de cuerda que manejaban dos chicas, las monitoras del grupo.

Todos reían, desde las dos chicas mayores hasta el más pequeño de los niños. Yo aparqué la bici, saqué la cámara y con cada pulsación del botón notaba que mi soledad se iba evaporando, hasta que de repente olvidé sentirla.

Pensé que la vida hay que saber mirarla, que hay momentos que nunca se repetirán y que merece la pena intentar valorarlos, que uno es lo que es y está como está y no tiene sentido esperar nada, sino valorar lo que se es y como se está. Ahora mismo. Ya.

Entonces decidí no montarme en la bici, sino cruzar el paso de cebra para cruzarme con ellos y poder verles mejor. Y cuando la chica que iba delante me sonrió, me di cuenta que estaba devolviéndome la sonrisa que desde hacía un rato yo tenía en la cara.

Y dejé de sentirme solo. Por lo menos por lo menos, hasta el siguiente despertar.

 

Un lunes de Karate

Un lunes de Karate

No se ve a nadie a través del cristal, así que parece que hoy será un lunes más en el que llego el primero al dojo de Karate.

A pesar de estar sólo, hago dos reverencias, una al entrar por la puerta y otra antes de pasar al vestuario. Estas son de verdad, no como el resto que llevo hechas durante el día, éstas salen de dentro.

Cambio los pantalones de pana y la camisa de manga corta por el traje blanco que compré hace casi dos años a Suzuki Sensei. Recuerdo hablarle en inglés y deletrearle mi nombre para que lo bordasen en el pantalón y en la chaqueta en Katakana. Pienso en todo lo que habré cambiado desde entonces y lo poco que me daré cuenta de ello.

Mientras saco el cinturón de la mochila, entra un compañero al vestuario y me saluda con un «oss». Medio vestido, le correspondo al saludo y sigo con el ritual de atar ese trozo de tela bordada y teñida de negro que me ha condenado a tener todos los días agujetas en alguna parte de mi cuerpo desde hace más de 24 meses.

Salgo al dojo olvidando por completo ser el Oskar que se sienta delante del ordenador en la oficina.

Siento un cosquilleo por toda la espalda. Ya estoy aquí otra vez.

Ya hay más gente, pero yo sé que esto va de mí contra mí mismo, de que mi mente pelee contra mi cuerpo y le gane algunas veces.

Mientras hago estiramientos, entra el señor mayor con el que tuve aquél incidente. Es lunes y él siempre viene los lunes, así que era de esperar, pero una vez más mi cuerpo gana y decide reaccionar por sí mismo acentuando el cosquilleo de la espalda. Decido hacer que no le veo otra vez, y así evito saludarle. Perdono, pero no olvido. Y mi cuerpo, al parecer, tampoco.

Más compañeros llegan. Hay saludos que anuncian pequeñas conversaciones y risas, algunas más de verdad que otras.

Automáticamente todos dejamos lo que estamos haciendo cuando entra el profesor, y nos acercamos y le hacemos una reverencia. La tercera que no es fingida en lo que llevamos de día.

Es la hora. El profesor da la orden de empezar, y entonces la autoridad pasa al alumno más veterano que nos grita que nos pongamos en fila, y nosotros nos ordenamos por cinturones. Hace tiempo que ya no hacemos el ademán de ceder el lugar de la derecha a los que tienen el mismo nivel que nosotros porque Suzuki Sensei nos dijo que rompía el ritual.

Nos arrodillamos y saludamos al dojo, al profesor y a los compañeros gritando «por favor» cada vez. Murakami Sensei, en un tono más calmado, nos anuncia que la clase empieza y nos hace una nueva reverencia que todos devolvemos. Una más de todas las que nos haremos durante la hora y media que estaremos allí.

A partir de ese momento poco importa que la desidia casi me convenciese de dejar pasar la estación y volver a casa a descansar, no significa nada que en la calle llueva, o los planes que pueda tener para mañana. En ese momento estoy yo y otros como yo que tratamos de hacer, la mayoría de las veces sin éxito, lo que una persona nos dice. Y el mundo da igual. O el mundo es esto, según se mire.

Hay algo que cuesta más de lo normal y la clase se para. Escuchamos atentamente al profesor, y de repente me mira y se calla. Se le nota pensativo. Vuelve a hablar para decir en inglés «understood?» y yo le contesto en japonés: «hai!» y le hago la enésima reverencia. Miro a mi alrededor y aunque llevamos más de una hora de clase, no ha sido hasta ese preciso momento cuando me he dado cuenta de que soy el único extranjero. Es una sensación extraña que hace que la balanza de mis sentimientos a veces se incline hacia la incomodidad de que la clase se pare por mi y otras veces hacia ser un privilegiado. Lo primero pasa cada vez menos, y últimamente es innecesario porque entiendo la explicación en japonés sin demasiado problema, pero los profesores no lo saben, o no lo creen, o un poco de ambos.

El traje de Karate acumula mi sudor, y con él, mis ilusiones y anhelos. Las agujetas ya no están, aunque yo sé que se esconden y saldrán de nuevo a esas otras horas que ellas y yo sabemos.

Podría decir que estoy enfadado, no con nadie en concreto, pero es el sentimiento que mejor me define en ese momento. Enfadado, enojado, exaltado para seguir poniendo más de mi ser con cada patada, con cada puñetazo, con cada parada, para no bajar la intensidad del principio, para que no importe que duela respirar.

Cuando monto en el tren camino de casa, me siento exhausto pero rebosante, pleno de algo que no sabría explicar, algo entre felicidad y satisfacción.

Me bajo en dos paradas y empiezo a andar. El azar, o el destino, han querido que la ruta más corta sea por Honmonji por donde siempre paso de noche y nunca hay nadie. Me paro junto a la pagoda, una vez más, y la miro. La paz del lugar hace que la balanza de sentir se incline hacia el lado bueno, el que tiene que ver con saber apreciar lo que tengo en ese momento sin pensar demasiado en lo que he perdido.

Ya en casa cuelgo el traje en una percha. Está todavía húmedo y no son horas de poner la lavadora, así que dejo que siga empapado con mis sueños y ambiciones que, hoy especialmente, hacen que pese más del doble.

Y entonces me acuerdo de Roberto, y las ganas de compartir con él las tres últimas horas hacen que me siente delante del ordenador y empiezo a escribir lo más rápido que puedo, para no olvidarme de nada ahora que los sentimientos todavía están tibios:

No se ve a nadie a través del cristal, así que parece que hoy será un lunes más en el que llego el primero al dojo de Karate…

 


 

Un lunes de Karate

 

杖道 – El arte del palo

Artes marciales hay muchísimas, esto es así. Tenemos las más conocidas como Kendo, Capoeira, Aikido, Karate, Judo… y luego hay un montonazo más que se saben los que las practican y poco más. No tengo ni idea de cual es mejor, supongo que lo perfecto sería tener el tiempo suficiente como para profundizar medianamente en cada una de ellas y que así se complementen en uno mismo.

Por ejemplo: Judo se basa en agarrar, derribar e inmovilizar al contrincante aprovechando, a poder ser, su propia fuerza. Vamos, que si me empuja, yo no empujo, sino que tiro y así añado mi fuerza a su fuerza en mi beneficio. En Karate, simplificando mucho, nos dedicamos a pegar puñetazos y patadas y a aprender cómo parar. Sería perfecto que un Judoka aprendiese a parar o a soltar una patada bien dada por si eso del agarre se complica, y por otra parte yo rezaría para que el Judoka no me enganchase porque a partir de ahí no sabría que hacer.

He hablado con Patrick, mi compañero de trabajo que es segundo dan de Judo aquí en Japón, y siempre hemos llegado a esta misma conclusión. Es decir, nos sacan a cada uno de esos límites imaginarios de «esto se hace, pero esto no se puede hacer» y nos sentimos perdidos. Y en la vida real está claro que no existen esos límites.

Como hay entendederas reviradas, explicaré que esto no significa que las artes marciales no valen para nada en la calle. Si yo tengo una bronca, no es que no supiera como actuar, sino que mi cuerpo está acostumbrado a dar hostias de una determinada manera que se supone óptima y doy fé de que luego esto sale sólo sin pensar, porque en una pelea no hay tiempo para eso. A parte de la preparación física que supone: fondo, reflejos, etc. Lo que no quita para que me lleve la del pulpo, pero seguro que haría mucho mejor papel que si no hiciese nada.

Partiendo de esta Toscareflexión que seguro que no saldrá en ningún libro, a mi siempre me ha llamado la atención ver a algunos policías con palos en vez de porras. Son varas que miden de un metro a metro y medio y que provienen de un arte marcial llamado «Joudou» cuyo origen está en saber manejar el palo que utilizaban los caminantes para defensa y ataque. Por supuesto, los polis también llevan pistola por si te viene un malo con una, pero creo que sabiendo utilizarlo, un palo de esas características debería ser un arma muy práctica para reducir a alguien, desdeluego mucho más que una porra.

De buenas a primeras, ver a un policía apoyado en un palo así de largo como que ya acojona. Y es curioso porque una pistola es mucho más peligrosa, pero me imagino que estamos todos demasiado acostumbrados a verlas…

 

Toki doki 時々

Yo veía una puerta cerrada con una mirilla que enseñaba el mundo un poco, y unas zapatillas sucias, un pantalón roto y un cuerpo que quería salir.

Había un grupo de chicas en un grupo de bicis y yo escuchaba sus palabras y sus carcajadas que mezcladas con el viento secaron la nostalgia que había tendida en mi piel.

Y el camino eran árboles que me saludaban en silencio porque hacía tiempo que me conocían, y coches aparcados, y casas que resguardan gentes que resguardan almas.

Veía bambúes, muros de hormigón, semáforos girados y señales de tráfico sin tráfico.

Yo era distinto al resto de las personas pero se me olvidaba. Había un cielo que era igual, y nubes que ya me las conocía de otros lugares, y un niño que reía, un padre que se derretía y una madre que no estaba.

Olía a suelo húmedo y a humo de tabaco a veces, a quietud y a incienso siempre.

Yo quería desgastar una pizca de mi ego y conseguir algo de humildad y sosiego. Quería acordarme de los míos con muchas ganas para intentar que ellos se acordasen un poco de mi. Y les veía de ojos para adentro, y sonreía y creía verles sonreir durante lo que duraban mis parpadeos.

Había nadie y estaba yo. Veía edificios con luces que tambien parpadeaban a su manera, y pájaros que me veían pequeño, y gentes que no me veían pero yo a ellos sí.

Y me senté junto al tiempo que dejó de pasar por hablar conmigo, y desenmarañé cada idea y cada pensamiento, y el cinturón dejó de apretar tanto porque allí dejé algunas angustias, unas pocas aflicciones y otro pedazo más de mi.

 

Ikusuki en Cadena100

Hacía muchísimo que no me daba por escuchar la radio… yo metía ahí mi música en el iPhone y hacía vida entre los Celtas Cortos, Sabina y Coldplay, pero hace más o menos un par de meses que vi que los de Cadena100 habían sacado una aplicación para el iPhone.

Acordándome de mis tiempos yendo a la Universidad desde Basurto escuchando al Abellán y al Pulpo y partiéndome, me ha dado por escucharles a esa hora en la que mi amado compañero chino se levanta con su taper enfilando el microondas.

Por lo visto, el Abellán hace bastante que no está, ahora salen un tal «Javi Nieves» y una tal «Mar Amate» ahí hablando y lo que empezó como una excusa para no escuchar al pastababas y al parlapuñaos se ha convertido en una adicción de lo más entretenida!!!

El otro día hablaron de su página en facebook, y me dio por dejarles un mensaje allí dándoles los buenos días. De repente Javi se pone a hablar que si de un bilbaíno en Tokyo, que si Ikusuki, que si no se qué… ¡yo flipao!, les doy las gracias y lo siguiente es que este viernes van a hacer un «Españoles por el mundo» y que cuentan conmigo!!!

Así que si estáis mañana despiertos sobre las 7:20 de la mañana, ahí saldremos a filosofar con mi habitual sabiduría!!! Y si no estáis despiertos, no preocuparse que lo grabo!

¡¡ Gracias Javi y Mar !!

Actualización!!! Nuria de Nihonmonamour también sale!!!! mola!!!

¡Actualización II – The MP3 File! ¡Tenemos el audio!

Las seis de la mañana

Es cuando yo empiezo a acabar de soñar mientras mi familia y amigos están todavía planeando empezar sus sueños.

Muchas veces pensando en ellos, empiezo a vivir de nuevo el principio de lo que me queda de vida mientras el sol hace que sea tan absurdamente de día que parece que aquí es él el que no está sincronizado con la hora.

A las seis de la mañana mi cuerpo me suele recordar todo el ejercicio que le hice hacer el día anterior, doliendo con cada escalera, con cada pedaleo, con cada movimiento.

Es cuando el espejo me muestra con el tono sombrío de mi cara la última vez que me afeité, y pone énfasis en aludir cada vez con más claridad todas las seis de las mañanas vividas.

Los salaryman se ajustan la corbata, comprueban que todo esté en su sitio, y salen a la calle sin tener la más remota idea de cuando volverán mientras los dependientes de los combinis se aseguran de tener las estanterias llenas de onigiris y sandwhiches.

A las seis de la mañana ya se ven reverencias y sonrisas aunque se antojan más mecánicas que de costumbre.

Las calles huelen a arroz, a café, a champús, aftershaves y colonias, a rutina y a desazón. Nada parece emocionante, el tiempo pasa muy despacio, tanto es así, que parece empeñarse en no pasar.

Los semáforos empiezan a amortizar de nuevo sus parpadeos, y las farolas exhiben sus ya frías bombillas dando envidia al maltrecho asfalto que sabe que lo peor está por venir.

Las casas se vacían, los trenes se llenan, y nadie parece estar en su sitio porque todos se mueven con prisa, con nerviosismo, con impaciencia.

Nadie quiere conocer a nadie, los ojos se centran en diminutas pantallas de teléfonos móviles, los oidos llevan artilugios colgados de cables blancos que no dejan escuchar al mundo y las piernas andan solas mientras las mentes están sin estar del todo.

A las seis de la mañana nos espera una oficina, una escuela, una tienda, un trabajo… un sitio a cuyo encuentro vamos ensayando estar despiertos.

Y como hemos recien acabado de soñar, no nos acordamos de seguir soñando.

 

La mejor foto de Abril

Una hablará Euskera y Castellano, crecerá viendo Los Lunnis, paseará por Bilbao, decidirá si le gusta el fútbol y quizás se haga del Athletic para fastidiar a su padre. Por Pozas seguirá junto con sus amigas a ese chico que tanto le gusta, se vestirá de arrantzal para dar la bienvenida a Mari Jaia en Agosto y algunos domingos los pasará yendo al cine del centro comercial del puente de Deusto. Puede que tenga un Creditrans con el que ir de pintxos por el Casco Viejo, o a Gorliz a la playa, o, quizás, a Portugalete a cruzar el puente andando y atreverse a mirar abajo.

La otra hablará Japonés, se hará mayor viendo Doraemon y le comprarán algún yukata con el que verá fuegos artificiales en verano. Los domingos se sacará fotos con sus amigas en máquinas purikura, y seguro que también se enamorará muchas más veces de las que confesará. Tendrá una bici tras otra, y paseará por Tokyo con la tarjeta Suica en el bolso, hoy a ver cerezos en flor, mañana a un onsen, pasado a cenar a un izakaya con el dinero ahorrado del arubaito.

Algún día. Quizás.

En aquel momento sólo eran dos niñas iguales, tanto que ambas ignoraban que sus vidas iban a ser tan distintas.

Y jugaban juntas como si nada.

 

Tokyo Tower

La Tokyo Tower es la Torre Eiffel pintada del Athletic que me hace esbozar una sonrisa cada vez que me acuerdo que es un pelín más alta que la de los franceses. Es el armatroste que tiene una mascota que parece una picha, que tiene una tirita en la punta y que se rie mucho.

Cerca de la Tokyo Tower una chica me dijo que si una pareja la estaba mirando por la noche y de repente se apagaba, que esa pareja se separaría irremediablemente. Cuando me lo contó, la torre llevaba mucho tiempo apagada, casi el mismo que ella llevaba cogiéndome de la mano.

Es donde mis invitados descubrieron por primera vez el Tokyo nocturno desde las alturas, y me lo contaron con emoción, con todo detalle… como si yo no lo hubiese visto nunca. Gracias a ellos, redescubrí lo que sentí cuando vine aquí por primera vez, y me sorprendí al darme cuenta que muchas cosas ya no me sorprendían.

Desde los pies de la torre un día nos llevaron en un bicitaxi hasta la estación por menos de 500 yenes, y no importó que tardásemos prácticamente lo mismo que andando porque la conversación que tuvimos por el camino costaría, por lo menos, siete veces más. Y eso que no nos entendimos ni la mitad de lo que nos dijimos.

Es lo primero que descartaría visitar en Tokyo si el tiempo escasea, porque no pega, porque no le encuentro sentido, porque esto toca estar en París y no aquí, porque a pesar de ser más alta y de tener su utilidad, a mi me parece más un quiero y no puedo, una copia, el arrebato de algún alcalde envidioso con aires de bohemio.

Es donde aparcan coches de lujo con cristales tintados complaciendo, quizás, el capricho romanticón de alguna chica que cree que todavía no ha llegado la hora de volver a casa.

A los pies de la Tokyo Tower me sentí feliz por un rato aquél día, aunque se me pasó pronto porque era invierno.

Tendré que ir pensando en volver ahora que empieza a hacer calor.

Aunque iré sólo esta vez.

Los datos aburridos, en el blog de Jordi Hurtado.

Tío Tosca, tío Tosca …

… que tengo un novio!

  • ¿Eh? ¿pero qué dices? que tu no puedes tener novio ya!

  • ¿Porqué no? nos queremos mucho y nos vamos a casar

  • ¡¡Pues porque eres una niña!! a ti ahora te toca jugar y ver dibujos animados, pero a ver que va a ser eso de tener novio!!

  • Me da igual lo que tu me te digas porque tu eres un gambitero

  • jaja, tu si que estás gambitera!, bueno, te dejo que tengas novio, pero no os déis besos, ¿eh?

  • Buagh que asco, no no, besos noooo, jugamos a casitas juntos aunque muchas veces me aburro. ¿Qué hacías? ¿porqué te reías?

  • Pues mira, estaba viendo las fotos que saqué ayer

  • A ver a ver a veeeeer

  • Espera! no metas las manazas!, mira te las voy enseñando yo, ¿vale?

  • ¡Vale tío Tosca!

  • Pues mira, es un parque de Tokyo, y allí los domingos se juntan muchos señores que se visten como Elvis, que era un señor que bailaba raro y que se hizo muy famoso hace mucho tiempo. Pero claro tu no sabrás quién es, pero quédate con que era del año catapún y que cantaba

  • Jijiji, catapún pun pun puuuuun

  • ¿Y porqué se visten así, tío gambitero?

  • Jaja, jodé con lo de gambitero!! te ha dao por ahí, ¿eh?

  • Jijiji

  • Bueno, pues es que les gusta mucho el estilo de la música de Elvis y la ropa y como ahora todo eso es muy antiguo, pues se ponen aquí a bailar todos juntos y se lo pasan muy bien. Y aunque no lo dicen, yo creo que les gusta que la gente les mire y les saque fotos, como las que les hice yo ayer

  • Alaaaaa, ese está en pelotaaaaas

  • Jajaja, siii, y anda que no pegaban saltos, menudos artistas!! pues fíjate en esta foto, esto es un Cadillac, que es un coche del año …

  • ¡¡¡¡ Catapún pun puuuuuuun puuuun !!!

  • Jajaja, si si, de ese año, del catapún antes de Cristo, mira mira:

  • Parece el coche de la Barbie porque es rosita, ¿lo conducía Ken?

  • Seguramente no, jaja. Oye, ¿el video ese de tus padres funciona?

  • Si, pero le tienes que dar al cero en el mando para que te salga, ¿vemos Aladdin?

  • Otro día, ¿vale?, es que ayer que también hice una película, ¿la vemos juntos?

  • ¿Puedo llamar a Carlitos?

  • ¿Ese quién es?

  • ¡Mi novio!

  • Ni se te ocurra!! que no se interponga entre tu y yo, ¿eh?, ¡pero bueno, qué va a ser esto!

  • Jijijiji, vaaaaleeee, venga ponla tío Tosca

 

 

 

  • Tío Tosca, ponla otra vez!

  • Aajaja, así da gusto! mira, te la dejo aquí en este disco y la ves cuando quieras, además si le das al 2 te sale otro vídeo que grabé hace mucho ya. Venga, que yo me tengo que ir, ¿vale?

  • Vaaaaleeeee, hasta luegoooo

  • Aguuuuur

 

En un pueblo perdido de Saitama

Daba igual que me hubiese dado un baño de agua caliente y cenado dos horas antes, que por mucho que quisiese no había manera de dormirme, y al día siguiente seguramente al despertador le iba a importar poco cuando a eso de las cinco de la mañana activase el mecanismo diseñado para su cruel objetivo.

Y es que tenía competición de Karate en Saitama, en algún perdido lugar a unas tres horas en coche desde Tokyo. Casi nadie iba a ir porque era más bien un campeonato de pueblo con escaso interés y quedaba tan a desmano que iba a ser toda una odisea llegar hasta allí. Aún así yo me apunté, porque al final es una parte muy descuidada de nuestro entrenamiento y siempre viene bien que a uno le den una hostia de vez en cuando para saber que todavía queda mucho por espabilar.

Resulta que finalmente muchos padres apuntaron a sus hijos y, como suelen hacer los progenitores en este tipo de eventos, convirtieron la competición en una excursión totalmente organizada con coches y onigiris de sobra para medio Japón.

Cuando me senté en el asiento de atrás de aquel Nissan familiar y vi que a mi lado estaba el que me afinó la jeta en do menor en el último campeonato, ya supe que el día iba a ser interesante:

  • Hola Oskar, buenos días
  • Hola (no me acordaba de su nombre, y el video de Fran me venía una y otra vez a la mente, así que me aguantaba la risa como podía)
  • ¿Te presentas a las dos? (Kata y Kumite)
  • Si, ¿nos tocará juntos otra vez?
  • No, esta vez estamos en distintas categorías porque aquí va por edades
  • Ah vale, ganbatte ne
  • Hai

Pensé en que con esas gafas se parecía a Steve Urkel venido incluso a menos. Es igual, mi mandíbula ya no me ha vuelto a dejar fiarme de las apariencias.

En el asiento de enfrente había un chico de unos diez años, tan educado que no parecía un niño. Y de capitán de la nave estaba un compañero de Karate que realmente me sorprendió saber que era todo un señor padre, ¡si aparentaba mi edad!. Aunque ahora que lo pienso, yo ya tengo edad para ser uno también… eso si, de algún año menos que diez y espero que un poco más trasto, porque este metía miedo con sus reverencias.

Cuando íbamos por la autopista a unos 140 Km/h me vino a la mente que leí hace poco en algún sitio que el límite en todo el país era de 80 y entonces intenté buscar alguna señal de límite de velocidad y me sorprendí al no ver ninguna durante ese rato. Mis ojos se fueron al GPS y equipo de música y entonces el conductor, que me vió por el retrovisor, me habló:

  • Oskar, perdona por la música
  • ¿Eh?, no no, si está bien
  • Es que a mi hijo le gusta Naruto y no me he dado cuenta de que son los únicos minidiscs que tengo en el coche
  • Jaja, sin problema, no te preocupes que de verdad que está entretenida

Con algunas cabezadas y parada en área de servicio de por medio, llegamos a nuestro destino, establecimos el campamento base en una esquina de las gradas, nos pusimos el traje de faena y nos dedicamos a calentar y estirar mientras seguíamos la competición de Katas de los niños.

Alguien comentó que no saldríamos hasta muy tarde, así que nos fuimos a comer pero cuando estábamos a mitad, nos llamaron por megafonia. Con la barriga medio llena y la digestión a medio hacer, ocho alumnos del dojo de Kugahara nos pusimos enfrente del arbitro a hacer katas. Y tampoco salieron tan mal aunque yo perdí en la primera eliminatoria al acabar como a dos pasos de donde empecé…

Es igual, todavía quedaba el kumite donde además habremos acabado de comer en condiciones y sabía que no me iba a tocar con el que me enfiló una ondonada por el estribor del morro, así que la cosa pintaba bien.

Comimos, nos reimos, nos dormimos, estiramos y calentamos aunque seguro que no por este orden. Y del aburrimiento acabamos haciendo dos filas y ensayando ataques entre nosotros en lo que fue, sin duda, lo mejor de todo el día.

Un montón de tiempo después nos llamaron, por mi nombre como pudieron, y nos dividieron en dos grupos. A mi me tocó en el de los rojos, lo que, estúpidamente, siempre me da ánimos. Me puse el dichoso casco, intenté olvidarme de la sequedad de mi boca y entré en el tatami cuando dijeron mi nombre. Enfrente no habia nadie. El que me tocaba no se presentó y yo gané el combate de la peor manera que hubiese querido. Así no, hombre.

Un par de combates después me volvió a tocar, y esta vez con alguien delante, un compañero de mi dojo al que creía que le tenía el truco pillado. «A este con esperarle vale, porque se pone nervioso y hace cualquier cosa sin pensar, tu para y contraataca» pensaba yo desde detrás de ese odioso casco que se empañaba más y más con cada respiración. Atacó, vaya si atacó, y a lo loco además, haciendo que yo retrocediese tanto que me salí del tatami. Primera advertencia.
Es igual, yo sigo en mis trece, va a lo loco y no va a acertar. Pero la situación se repitió y mi patada apenas le rozó. Segunda advertencia, punto para él. Llegó el momento de cambiar de estrategia, ¡a por él!. Empecé a atacar, una patada, un puñetazo, parada y contraataque. El casco se empañaba cada vez más, mi respiración hacía tiempo que no sabía por donde andaba, pero yo no paraba. Esta vez fue él el que se salió del tatami. Y como si nuestras estrategias se hubiesen intercambiado, en mi segundo ataque le alcancé con la pierna en la cara pero él hacía tiempo que me estaba esperando y me dió un puñetazo en el estómago que me alcanzó de lleno instantes antes.

Me ganó limpiamente en un combate bonito y, sobretodo, justo. Salí contento a pesar de no haber sido capaz de ganar nada, y con muchas ganas de volver a entrenar y pensar en todo lo que debe ser mejorado: ese kata que no acaba donde empieza, ese retroceder en línea recta en vez de en círculos…

Cuando llegó la hora de dar los premios y dijeron mi nombre, me acerqué al estrado con cara de póker. Había olvidado que en realidad gané un combate, por deserción, y que por azares de la vida y escasez de contrincantes había quedado tercero. Recogí el diploma y la medalla que más injustamente me han dado en la vida y los metí en la bolsa entre aplausos que se me antojaron los más irónicos que me han dado nunca (anda que como si me hubiesen dado muchos).

Ayer cuando por fin llegué a casa, abrí la bolsa y los coloqué con cuidado en el tatami, los miré y me reí. Y es que sé perfectamente que este diploma está muy lejos de demostrar que hice una buena competición. Pero también sé que acredita una gran experiencia compartida con mis compañeros en un pueblo perdido de Japón donde pasé un día que tardaré en olvidar, haciendo katas con la barriga llena e inventando ataques imposibles.

Y lo que es más importante, esta medalla me recordará todos los días que voy a tener que hacer mucho más para merecérmela.

Empezando por esta misma tarde

Oriol y su pregunta

Hace un mes recibí un email de un tal Oriol que me decía que se iba a venir un par de semanas y que quería hacer un reportaje basado en una pregunta: ¿por qué tantos occidentales sienten fascinación por Japón?.

Yo encantadísimo, claro, así que pusimos una fecha y un sitio, y desde aquel mensaje me dediqué a pensar en una posible respuesta… pero es que me venían muchas ideas a la cabeza y al final decidí escribirlas todas para que no se me olvidasen.

Oriol me hizo una pequeña entrevista en Honmonji, mi sitio más especial de todo Tokyo sin ninguna duda, y hablé y hablé sin parar. Fue muy informal, no había nada preparado más allá de tener la pregunta en la cabeza, y por eso creo que quedó muy bien. Además pasamos un rato genial.

Pues bien, ya tenemos el trailer del reportaje, que promete muchísimo, tengo unas ganas de verlo del copón:

Y de propina, aquí va la respuesta que me fui preparando durante esas dos semanas, a ver si alguien es capaz de acabarse semejante ikubiblia:

¿Por qué a tantos occidentales les fascina Japón?

Yo tengo distintas teorias. Por un lado está toda la cultura tradicional de Japón: samurais, geishas, artes marciales… todo el sentido del honor y del respeto, toda la leyenda que envuelve un poco a este país y que es muy atractiva a nuestros ojos.

Después uno llega y no es como te lo imaginas, es que yo creo que no se puede imaginar en realidad. Uno de repente está en un lugar donde te sorprendes allá donde miras: los neones, la cantidad de gente que hay, los templos, la tecnología, los trenes, los taxis, la comida, la gente, los locales… incluso el suelo que está tan limpio.

Esa es la fase turista, la que experimenta todo aquél que viene por primera o segunda vez y no está más allá de un mes. La gente es amable y todo es tan diferente que dificil es no salir fascinado, embelesado, encantado del país.

A medida que se va pasando más tiempo aquí, te das cuenta de que no todo es tan bonito. Te encuentras muchas trabas por ser extranjero y por ejemplo, algo que en teoría debería ser tan sencillo como abrir una cuenta en el banco se convierte en todo un reto prácticamente imposible de superar si no se tiene a algún amigo japonés que se pelee por ti.

Vas a una reunión de trabajo con un compañero japonés y aunque todo el mundo habla inglés, te obvian y te sientes totalmente inútil.

Te para la policía de vez en cuando y te hacen mil preguntas sin sentido, a mi incluso me han cacheado un par de veces.

He conocido gente que vive aquí amargada porque pasan tantas horas en la oficina que no tienen tiempo de ver o hacer nada, otros que dicen que es prácticamente imposible hacer amistades en Tokyo, que la gente es muy falsa y muy fría, y se encierran en sus casas sin más plan que internetear todo el día.

Y entonces es ahí cuando yo me planteo la pregunta que me haces, porque practicamente cualquier sitio es ideal si se está de vacaciones. Aún viviendo todo esto, aún con la parte menos amable, entendiendo que se van a dar este tipo de situaciones… ¿nos sigue fascinando Japón?

Dependerá de la capacidad y del aguante que tenga cada uno para saltar todas esas vallas que van apareciendo. Hay que dar mucho de uno mismo, hay que tener fuerza de voluntad, hay que saber lo que se quiere y estar dispuesto a luchar por ello.

Por ejemplo, basta aprender un poco de japonés para abrir puertas, y aún así conozco a gente que lleva años y ni se lo plantea. La diferencia de vivir aquí hablándolo, aunque sea mal, compensa tanto el esfuerzo que no me valen las típicas excusas de «es muy dificil, no tengo tiempo…». ¡¡Coño, claro que es difícil, pero estás viviendo aquí quejándote de que nadie habla inglés y no haces nada!!

Así que si partimos de que no es tan fácil vivir aquí como parece, a mi me sigue fascinando porque desde el primer día me he sentido acogido y arropado pero tengo claro que es porque no he esperado a que me cayesen las bendiciones del cielo, sino que he tomado la iniciativa peleando por aprender el idioma, por entender sus costumbres y respetarlas aunque no comparta algunas, por tener claro que quiero hacer cosas como ir a Karate y a las clases de ceremonia del té y seguir yendo a pesar de situaciones incómodas, decepciones y frustraciones, obviando a gilipoyas y amargados, que serlo no entiende de nacionalidades.

Y quizás el mayor motivo que tengo yo para seguir fascinado es que en todo lo que me he tomado en serio, en lo que he puesto un poco de mí mismo, me han valorado, me han tratado con respeto como uno más. Sin serlo, pero siéndolo.

Los 12.000 doraemones

Esto de la crisis es curioso: todo el mundo habla de ello, todos conocen a algún amigo al que se le han calzao del trabajo, quién más quien menos ha leído o visto trececientos artículos o reportajes acojonadores que dicen que la cosa está trichunga y polibajuna…

Yo o soy un apanao (que si) o tengo suerte (que igual también) porque a mi no me ha afectado en absoluto: sigo cobrando lo mismo y todo lo que me toca pagar vale igual: no me han subido la renta, ni las facturas, ni el onigiri de las mañanas. Me han puesto enfrente a un chino que come con la boca abierta, pero ese no creo que tenga mucho que ver con el tema que nos ocupa.

Japón, como parece que todo el mundo y parte de Guijuelo, anda también regulero pero la cosa es que el Gobierno se ha tirado una bilbainada del copón: dar 12.000 yenes a todo cristo. Así, porque sí, para hacer esto de la crisis un poco más cachondamente llevadero. Se ve que les sobraban un par de celdas en el PresupuestosYTariles.XLS y han decidido cuadrar el asunto invitándonos a todos a unas tres cenas en un izakaya.

El otro día recibí una carta en casa donde me contaban el asunto y me pedían los datos del banco para ingresarme los 12.000 doraemones, unos 94 mortadelos de los nuestros:

De mientras me ingresan el asunto, estoy pensando que igual voy pidiendo presupuesto a los yakuzas de mi barrio para ver si me llegaría para una palicilla al pastababas así de pasada según viene a la oficina…

 

Japoniar Jai Kulturala

O lo que es lo mismo:

Fiesta Cultural de Japón

Imaginaos que se consigue reunir en un mismo sitio a todo el que se encuentra que está relacionado con el país de los onigiris. Que bajo el mismo techo se juntan profesores japoneses de Iaido, Karate y Aikido dispuestos no a darse de palos entre ellos, sino a hacer exhibiciones cada uno de lo suyo.

¿Que sois pacifistas? pues entonces podéis perfectamente quedaros con la demostración de danza tradicional japonesa, o coscaros un poco de que el go no es un parchis con fichas más gordas, o atreveros a dibujar manga en manga corta ahora que hace calorcito.

Y caligrafía, cine, fotografía, origami, ikebana, ceremonia del té (que yo me lo sé), kamishibai, conferencias, gastronomía…

 

Mecaben la madre que parió a Peneke,
¿más queréis que os diga?

Este sábado desde las 11 de la mañana, y encima en la capital del mundo, que queda a mano de todo lo conocido. El que falte es porque es un faltón pataliebre, esto es así!

 

Yatta, pues!

 

La chica del shamisen

Yo no soy religioso, desde siempre ha sido algo que me ha dado bastante igual, es más, lo he considerado un fastidio, una obligación impuesta sin sentido alguno. Me acuerdo que en la escuela tenía una biblia, y que yo la tenía toda pintada de mortadelos porque me aburría. Además de no entender nada de lo que ponía, es que me acuerdo que el tamaño de la letra era diminuto.

Iba con amigos a misa pero no porque me obligasen mis padres, sino porque es lo que hacían mis amigos y por no quedarme solo. Comprábamos bolsas de gusanitos y nos poníamos en la esquina más alejada del cura, a poder ser en el piso de arriba, y decíamos tonterías en silencio hasta que aquello acababa.

Aquí sigo sin serlo, no he encontrado la inspiración divina ni nada por el estilo. Pero si sé que hay días en que de alguna manera necesito ir al templo que hay al lado de mi casa. No creo que sea nada religioso, de hecho no rezo, simplemente me gusta el paseo, me gusta sentarme en el suelo en aquel lugar y dejar pasar el tiempo escuchando el silencio. Hay veces en que pienso en muchas cosas sobre mi vida, sobre qué estoy haciendo, qué quiero hacer… y hay otros en que no pienso absolutamente en nada. Y vuelvo a casa sintiéndome mejor conmigo mismo.

Ayer fue uno de esos días, aunque algo distinto. Cuando iba llegando cerca de la pagoda escuché música típicamente japonesa que provenía de cerca del templo. No es extraño ver gente haciendo ejercicio o ensayando algún tipo de coreografía porque el lugar es tan amplio que invita a ello, así que pensé que alguien se habría traido un CD y estaría leyendo un libro o algo así.

Cuando me acerqué un poco más pude escuchar la voz de una chica cantando algo. Se equivocaba y volvía a empezar, así que estaba claro que eso no era un CD y pude confirmarlo en cuanto la vi. Una chica en vaqueros, de más o menos mi edad estaba sentada en las escaleras en una esquina del templo y tocaba su shamisen cantando a veces las notas de la partitura que sujetaba como podía encima de sus rodillas.

Pasé por delante y ella siguió cantando sin reparar en mí, así que me senté cerca. Cuando acabó su canción me miró y yo le hablé:

  • ¿Puedo sentarme aquí a escuchar?
  • ¿Por qué?, me da mucha vergüenza
  • Ah vale, perdona. Me voy entonces un poco más para allá y no te molesto
  • Perdona, ¿eh? y gracias
  • Sin problema, es que en un sitio como este, da gusto escucharte
  • Joe que vergüenza… gracias

Y seguí mi camino hasta estar a una distancia donde no nos podíamos casi ver, pero si escuchar, y me senté a los pies del árbol de al lado de la campana del templo.

Creí notar que se equivocaba más, y además dejó de cantar aún siguiendo tocando.

De vez en cuando venía alguien que iba andando hacía la entrada del templo, echaba su moneda y rezaba durante algo menos de medio minuto volviendo por donde había venido. A veces parejas de ancianos, a veces gente jóven, aunque siempre con la música de fondo de la chica del shamisen.

Yo miraba a la sombra de la chica, al quemadero de incienso, al templo… y entonces, como si ella se hubiese ya olvidado de mi, retomó su canto. No lo hacía demasiado bien, pero eso hizo que me gustase más escucharla aunque repitiese las mismas notas una y otra vez mejorando a veces, empeorando otras.

No se si fue la presencia solemne del edificio principal del templo, la sombra que me proporcionaba el árbol ante la luz artificial de la farola o el manto de estrellas que nos vigilaba desde allá arriba, pero yo me emocioné como hacía tiempo.

Ella dejó de cantar, guardó su shamisen en la funda y se disponía a irse cuando me vio debajo del árbol y vino hacía mi. Era evidente que yo había estado llorando, así que me levanté y me fui en la otra dirección. La distancia era la suficiente como para que no quedase demasiado claro que estaba huyendo, pero ésta vez era yo el que no necesitaba testigos.

Me guardé las ganas de hablar con ella en el bolsillo de la camisa, ese que queda al lado del corazón.

Cualquier día de estos en que necesite volver a planchar el alma de las arrugas de la rutina y las preocupaciones, pasearé hasta Honmonji a fisgar dentro de mi mismo, y si la vuelvo a encontrar, puede que ese día me atreva a quedarme en el árbol cuando ella acabe de ensayar. Y, ¿quien sabe?, quizás meta la mano en el bolsillo en busca de las ganas, y con ellas en la mano le contaré que aquél domingo de Abril me pareció tan bonito que se equivocase una y otra vez tocando y cantando, que me hizo llorar.

Por muy estúpido que suene.

¿Qué fue de…

… el libro aquél que dejaste en la estación de Gotanda?
Pasé el otro día y la vieja estantería habia desaparecido con todos los libros dentro. En su lugar me encontré un cajero automático. Mi libro, seguramente, esté en la oficina de objetos perdidos, o en la basura directamente. Aunque… ¿quién sabe?

 

… el señor que te llamó de todo después de la patada en Karate?
Estuve un tiempo sin poder ir a las clases, no por lo que pasó, sino porque tuve invitados y creí conveniente pasar más tiempo con ellos y además me puse malo. El lunes pasado volví a coincidir con él después de mes y medio, él llegó tarde así que no llegó el momento de hablar hasta el descanso de mitad de la clase. Me miraba y se reía, yo no. Al final vino donde mí y me dijo que le había hundido las dos costillas. Yo, aunque me lo había propuesto, no pude evitar pedirle perdón de nuevo y él me dijo que no había que pedir perdón por nada, pero que, por favor, tuviese cuidado porque ese no era el sentido del Karate. Si hubiese hecho esto mismo aquél día, seguramente habría hecho un buen amigo, pero ahora no consigo olvidar aquel mal trago.
También me preguntó con ironía la razón por la que había faltado durante un par de semanas, y yo le conté lo de los invitados y la gripe. Él sigue creyendo que fue por él.

…. del post ese que escribiste y mandaste con fotos a tus padres?
Pues es gracioso porque me quedé esperando los comentarios por carta, como si fuese un blog de verdad, y, claro, esos comentarios nunca llegaron. Pero mi madre me dijo que le había gustado mucho por teléfono, eso si! ¡Menos mal!

… del premio Pacho Igartua al mejor blog al que te habían nominado?
Creo que ya sabéis que no lo gané yo, pero Bea, Estela, Carlos, Javi y mi madre fueron al Guggenheim y compartieron canapés con los de La Oreja de Van Gogh, Óscar Terol y seguro que algún famosillo más porque anda que no había encorbataos. Y el nombre de «Ikusuki» salió unas cuentas veces tanto en la gala como en el periódico!! jaja, toma ya! balance totalmente positivoooo!!

 

… la casita de madera?
Por supuesto, ahí sigue con su señora escuchando música y, últimamente por eso del calorcito, tomando el solete sentada en una banqueta en su jardincito. ¡¡Lo curioso es que ha puesto dos placas solares!!

 

… tus invitados?
Ha sido la primera vez en dos años y pico que me han venido a ver aunque he quedado con mucha otra gente que ha pasado por aquí. La verdad es que he pasado por distintas fases: la primera es que ha sido extrañísimo que dentro de mi rutina, de mi mundo, de repente apareciesen personas de mi otra rutina, de mi otro mundo. Ha sido raro raro llamarles por teléfono y quedar con ellos para cenar después de salir de trabajar como si estuviésemos en Bilbao.

La segunda fase ha sido la del no callar, intentaba contarles de todo… muchas veces me daba cuenta y procuraba no dar mucho la chapa callándome un rato, pero se me pasaba pronto, lo siento por ellos.

La tercera es que estaba encantado.

Y ahora que ya han vuelto, sin percances en el viaje ésta vez, les echo muchísimo de menos, lo que son las cosas. (ah! y ya me he ventilao todos los regalices…)

… las nuevas camisetas que ibáis a sacar?
Bea me ha dicho que le mandan la prueba ya, y que estarán para principios de Mayo… tengo más ganas de tenerlas en mis manos que ni sé!!!!

… la fama de picón verbenero que te has ganado?
Pues ahí sigue más viva que nunca. La cosa va así: yo escribo un post con lo que se me ocurre, pongo fotos que he seleccionado, o videos o lo que sea. La gente lo lee y me dicen cosas, muchas veces buenas, algunas veces malas y de vez en cuando raras que no entiendo.

Hay gente que sólo se molesta en escribir cosas malas, así como para caer bien. Luego hay otros que escriben buenas por sistema y la mayoría de todo, como en botica.

Si replico a las malas, me llaman picón y me dicen que no acepto las críticas. Supongo que para éstos lo que debería hacer es callarme o darles la razón o no sé… Pero eso no sería ser sincero porque la mayoría de las veces no estoy de acuerdo, así que contesto y trato de razonar porque puede ser enriquecedor, aunque es cierto que casi nunca lo es porque acabamos llegando al mismo argumento una y otra vez: que sólo acepto lo bueno, en vez de intentar seguir con la discusión.

Si eso es ser un picón, pues lo soy y lo seguiré siendo a mucha honra!

Tío Tosca, tío Tosca

  • Ahora no, que estoy viendo un video de escuchajaponés

  • Tío Toscaaawoooawwaaaaaaaa

  • Espérate un poco, mujer

  • Que me aburrooooooo

  • Venga, vale, luego sigo… ¿qué pasa por tu casa?

  • Cuéntame el cuento ese de los que tocan el tambor en donde la hermanita de Nara

  • ¿Lo qué de qué?

  • Lo de los tambooooreeees

  • Jaja, ah vale, pero el sitio se llama Narita y no es la hermana de nadie, ¡es un pueblo!. Pues mira, aquél día nos juntamos unos cuantos amigos y nos fuimos para allá porque nos enteramos que los paisanos tocaban el tambor todos juntos

  • ¿Hasta el alcalde?

  • Ese no creo, ¿tu has visto alguna vez a un alcalde hacer algo más que hablar a puñaos?. Bueno, pues después de cambiar muuuuchas veces de tren, llegamos y ¿sabes?, aunque el sitio es conocido por tener un aeropuerto muy grande con muchos aviones…

  • Los aviones vuelan mucho, ¿a que sí tío Tosca?

  • Claro, es lo que tienen. Pues aunque es conocido por el aeropuerto, la verdad es que nos encontramos un sitio muuuuy bonico con muchas tienditas y sitios para comer y de todo y más. Allí es famoso comer anguila, ¿sabes lo que son?

  • Son unos pájaros más gordos que las palomas que vuelan muy alto como los aviones y que tienen bufanda puesta siempre porque en el cielo hace frío

  • Eso son águilas… anguilas son unos bichos como serpientes que viven en los ríos y que se comen mucho en verano porque dicen que da energía para aguantar el caloraco

  • ¿Tu has comido aguilas de esas?

  • Hombre claro, yo ya sabes que menos tomate crudo me como cualquier cosa. Y después llegamos a un templo, que es como una iglesia pero un poco rara y sin gente con caras largas, y allí había gente tocando el tambor y haciendo mucho ruido.

 

  • Que pesados!

  • Nooo, porque bailaban todos a la vez y estaban disfrazados y fue muy bonito verles, además que los pobres tenían que estar muy cansados porque hacía mucho sol. Pero como les estábamos mirando y sacando fotos ellos se hacían los fuertotes y no se quejaban.

  • Jajaja, fuertotototes

  • ¿Tú sabes quién es Magneto el de los X-Men? es un superhéroe malo que el tío es como el imán de las neveras, y que resulta que estaba allí disfrazao de dragón!

  • Y después llegamos a una campa y uno de nuestros amigos sacó comida que nos había traido y estuvimos comiendo y bebiendo, y nos reímos mucho

  • Gambitedos!!

  • Oye! ¿quién te ha enseñado a ti esa palabra?

  • gambitedos gambitedos gambiteeeeedooos!

  • jajaja, madre mía, no la digas delante de tus padres que no me van a dejar que te cuente más cuentos!

  • Vale gambitedo

  • Oye!

  • jijiji

  • Nos pusimos como el Kiko comiendo. El Kiko era un señor que, por lo visto, comía mucho, pero mis amigos que eran muy raros le llamaban kikos a esto:

  • ¡Pero si eso son pepes!

  • Eso les decía yo, y me miraban como si estuviese loco… Pero no importa porque después de eso, volvimos a la plaza del pueblo y se hizo de noche y seguían tocando los tambores mientras había unas antorchas con fuego a los lados, más bonito que bonito

 

  • Eres más pesado tío Toscaaaaa, siempre me cuentas los mismos cuentos y ya me los sé

  • ¡¡ Serás gambitera!! pero si me lo has pedido tu!!!

  • jijijiji

 

Un día de resaca

Dios, mi cabeza… no logro mantener los ojos abiertos durante mucho tiempo, la claridad me atraviesa la retina como atacando las sienes por dentro y el dolor se hace insoportable.

Cierro las cortinas de nuevo, hoy toca alargar un poco la noche.

Ayer fue un gran día, uno de esos de recordar desde por la mañana, compartido con gente desconocida que dejaron muy pronto de serlo. Asusta pensar que lo contrario también ocurre, aunque esto no pasó ayer.

Dios, cómo duele…

Preparo café mientras sonrío pensando en el hanami improvisado de ibéricos, sin flores, pero con mucho más.

Me tomo una aspirina, y meto mi cabeza debajo del chorro de agua fría. Al incorporarme, el agua se escurre desde mi cabeza, quizás llevándose parte del dolor, y cae por mi cuerpo provocándome escalofríos.

Despertándome un grado más.

Enciendo el ordenador con el café en la mano, sin atreverme a probarlo. Reviso las fotos de ayer y mi alma se siente bien ahí dentro, dentro de este cuerpo al que le obligo a estropearse de vez en cuando.

Logro tomarme el café sabiendo que puede que acabe de provocar a las náuseas que han venido amenazándome desde hace horas.

Me ducho, con agua caliente esta vez y trato de darle sentido al día encaminando mi maltrecho yo hasta Shibuya. Hace un día maravilloso del que me distancio con unas gafas de sol. La claridad sigue doliendo, aunque menos.

Salgo de la estación y empiezo a andar, pero no consigo dar más de tres o cuatro pasos seguidos sin pararme por la cantidad de gente que ha tenido la misma idea que yo de venir aquí.

Hay días en que odio vivir en Tokyo.

Compro algo de ropa a modo de terapia, pero la larga espera para pagar logra el efecto contrario.

Me voy a mi casa, hoy no debería haber salido.

Mi cuerpo ya se ha recuperado, pero cambia los papeles con mi alma que se entristece por momentos. Hoy no acaban de sincronizarse, y mucho menos con mi mente que está sin estar.

En la tienda de mi barrio compro chocolate y pañuelos de papel.

Y con ellos cerca, espero a que venga la noche delante de la tele viendo «La princesa prometida» y tratando de olvidar las cuatro o cinco veces que me he enamorado hoy.