La chica de Enoshima (IV y final)

Conclusión de La chica de Enoshima y La chica de Enoshima II y La chica de Enoshima III


Por un instante, quizás algunos segundos, el tiempo duró el doble y se me pasó por la cabeza que todo ocurre siguiendo el guión de algún Dios que hace tiempo que escribió la vida de cada uno de los personajes de su teatro privado. Y me puse serio, como lo había estado antes de ser invitado, como cuando me evaporaba por los ojos apenas una o dos horas antes y creía que los latidos de mi corazón eran un simple trámite.

  • Oskar san, are you ok? you look sad -me dijo el mismo chico que me invitó a la mesa en la que ahora estaba sentado y que ejercía de anfitrión
  • Oh, I’m ok, don’t worry, I’m just fine!! -dije, recomponiendo cada músculo de mi cara para que pareciese verdad aunque dudo que nadie lo creyese en ese momento

Entonces me presentaron a Mika, pero ella casi ni me miró, de hecho en aquél momento cualquiera diría que no le gustaba un pelo que yo estuviese allí. Pero de expectativas tenía yo el corazón vacío desde hacía semanas, así que interpreté el papel de pretender que ella era una más y seguí con mis historias de extranjero de las Europas que no entendía ni jota de japonés, y poco más de inglés, mientras las olas hacían de teloneras de todas y cada una de las canciones del negro con rastas que llevaba toda la noche dejándome bien claro que sin mujeres, no hay lágrimas.

  • ¿Has fumado marihuana alguna vez? -me preguntó Mika interrumpiendo la receta de la tortilla de patatas que trataba de contarle a otra de las chicas del grupo
  • Si, si que he fumado, bastantes veces, una vez en Amsterdam me pasé de la raya y casi no podía tenerme en pie -contesté yo, dándomelas de más, como si estuviese orgulloso de ello.
  • ¿Has estado en Amsterdam? ¡mola!, allí es legal la marihuana, ¿no?

Y después vino París, y Barcelona, y Madrid y Bilbao. Y así, tal cual, de repente estábamos los dos hablándonos y escuchándonos mientras el resto se iba buscando a quien hablar y escuchar. A veces nos mirábamos a los ojos, a veces no. Ella no tenía mucho que contar que no tuviese que ver con Japón, lo cierto es que no parecía gustarle mucho hablar quizás porque tenía que hacerlo en inglés. A mi cualquier cosa que me contaba me valía porque hacía rato que estar cerca de ella multiplicaba por cinco el valor, el interés, el fondo de sus palabras. Era la luna, o su olor, o sus ojos, o el mar, o mi soledad, o el alcohol, o todo junto, o nada.

  • ¿Sabes que no es la primera vez que te veo hoy? -le solté de sopetón- ¿sabes que te he visto en Enoshima ésta tarde?
  • ¡Lo sabía! ¡sabía que eras tú! estabas con un gato y cuando iba con mis amigas te has enfadado porque hemos asustado al gato
  • Hombre, mucha gracia no me ha hecho… ¡pero no me enfadado!
  • Perdónanos, son mis amigas de la universidad y casi no nos vemos, así que cuando nos juntamos estamos todas emocionadas -me dijo en un inglés adorable mientras ponía su mano en mi brazo por primera vez –y empezamos a hablar de chicos y de novios y no podemos parar!
    Jajaja, no pasa nada, no te preocupes -dije en mi inglés castizo- sólo estaba dando un paseo y el gato ese pasó por casualidad
  • ¿Sabes qué? deberíamos ir a Enoshima mañana tu y yo a buscar a tu gato, seguro que está allí
  • Hombre, mientras te estés callada…

Y juro que su risa olía dulce, lo juro.

Pasó el tiempo entre conversaciones a veces sincronizadas y al de un rato en las dos mesas de plástico sólo quedábamos tres personas: había un chico dormido, o lo parecía, estaba Mika y estaba yo. El resto habían asaltado el centro geométrico del lugar y hacían lo posible por parecer que bailaban al ritmo del Marley que hacía tiempo que se venía repitiendo cada hora y pico. Su mano pasó de mi brazo a mi mano, y se levantó y me hizo levantar y me dijo que quería bailar conmigo y yo, como desde hacía horas, me dejé llevar con la careta de reír y la guardia baja.

Si al atardecer era la persona más sola del universo, ahora resulta que tenía una Coronita en mi mano y en la otra la cintura de una chica con cuatro o cinco años menos que yo que me sonreía con su pinta desaliñadamente encantadora, y mi anfitrión levantaba el dedo gordo de su mano derecha aprobando lo que fuera que fuese aquella situación, y al abrigo del resto que nos ignoraba, yo la besé. Y el caso es que ella también me besó.

Así pasamos las dos o tres horas siguientes, entre bailes de mentira, cerveza de México y besos de prestado de después de la medianoche. Ni yo sabía de ella, ni ella sabía de mí, y qué más daba mientras supiésemos a qué sabíamos los dos.

Ahora calculo que el momento en el que decidimos irnos sería sobre las cuatro de la mañana, esa hora ambigua de poco antes de amanecer en la que el despertador ya está frotándose las agujas con la vil idea de no dejar ver el final de los sueños. Nos despedimos de los que quedaban, incluyendo dos parejas quizás también improvisadas y muchos borrachos como nosotros, y acabamos durmiendo el empacho de besos con limón abrazados sobre la arena.

La mañana llegó en minutos, con su resaca que no invalidó la promesa de la noche de hace un rato y volví a Enoshima, ésta vez con Mika. Olíamos a alcohol, a noche en vela, a sudor y a excedente de horas robadas al fin de semana que parecía durar ya tres o cuatro días.

Dentro del tren no quedaba muy claro qué pintaban, aunque me pareció pisar varias veces la sombra que su arrepentimiento proyectaba a mis pies, que junto a un silencio horrible y tres jubilados con sombrero, nos acompañó el resto del viaje.

Cuando empezamos a cruzar el puente que nos separaba de la isla, Mika me cogió de la mano y así, en silencio, empezamos a subir la cuesta y luego las escaleras hasta que llegamos al primer templo. No había nadie, y Mika no hablaba, sólo me cogía de la mano y andaba. El silencio duró mucho tiempo y aunque al principio me pareció incómodo, decidí compartirlo y me acabé acostumbrando, calculo que estuvimos como media hora sin articular palabra mientras subíamos y bajábamos escaleras cogidos de la mano. Fue raro, y aún a día de hoy no me ha vuelto a pasar nada parecido con nadie.

Llegamos al lugar donde el gato salió huyendo gracias a los gritos de la chica que hoy decidió callar, y nos dedicamos a buscar por entre los árboles por si decidiese volver. Por supuesto, no vino, así que nos sentamos tranquilamente en las escaleras, más por descansar que por esperarle. Yo no sabía muy bien que hacer, parecía que estaba allí forzada, que se arrepentía y eso me quemaba por dentro.

Como si me estuviese leyendo el alma, de repente me abrazó y me pidió perdón por haber espantado a mi gato y mientras yo me reía dos veces, una por ver morir al silencio y otra por la frase con la que lo mató, ella me volvió a besar.

No contaré aquí más besos, pero si diré que los hubo.

Contaré que volví a ver a Mika algunas veces más hasta que el destino se la llevó a otro país. Diré que no volvimos a Enoshima pero que me enseñó a entender que aunque la soledad siempre está rondando, se aburre y no se suele quedar mucho tiempo seguido. Contaré que creo que llegamos a querernos mientras descubríamos Tokyo de la mano desmenuzando calles y protegiendo lunas.

Confieso que he llorado a veces paseando sólo por la isla. Y que una vez sentado en las mismas escaleras, volvió el gato gordo a dejarse acariciar y juro que se me quedó mirando fijamente a los ojos como si quisiese sonreír y guiñarme un ojo porque, al fin y al cabo, se salió con la suya y todo ocurrió como él planeó desde el principio.

 

Competición de Oota, el tercer combate

Por el montón de comentarios del vídeo de ayer veo que la gran mayoría estáis como yo: fue un combate raro porque no marcaron ni un punto. Hubo muchos encontronazos y golpes quizás no demasiado claros, pero también hubo otros que se ven muy bien por ambas partes y allí nadie marcó nada. Al final nos dan otro minuto más en el que el primero que marcase ganaba, pero tampoco, y ya al final me dan a mi la victoria por haber dado una mejor impresión.

Aunque en el vídeo no lo parezca, que estoy bastante sorprendido, físicamente me encontraba totalmente muerto, no podía casi ni respirar y me pesaba todo. La única explicación que le veo es que llevaba desde las nueve de la mañana sin comer nada, y los combates empezaron a eso de las dos y media. Yo tengo mucho mejor fondo y aunque está claro que los nervios y la tensión hacen que baje el rendimiento, lo que me pasó no es normal… ¡no podía con mi alma!. De todo se aprende, para la próxima me llevo unos onigiris o unas barritas energéticas… no veo otra razón por la que me dio tal bajonazo de energía.

A pesar de todo, veo que me muevo bastante más rápido que otras veces, que casi todos los golpes del contrario los veía venir así que ando mejor de reflejos y estaba mucho mucho más seguro de mi mismo. Mejorías sin duda que me indican que voy por el buen camino.

Pasemos ahora al siguiente combate, éste no dura ni la mitad del otro:

httpvh://www.youtube.com/watch?v=64XNFyKVE1U

Por el cansancio, me sentía impotente, exhausto y sin ideas. En el segundo 28 y en el minuto 1:23 del vídeo se ve cómo le marco dos patadas en la cara que normalmente valdrían dos puntos, pero no me los dan, y luego ya sólo acerté a esquivar los envites del otro hasta que me salgo tres veces del tatami y pierdo. En otras circunstancias, estoy seguro que podría haber hecho un mejor papel esquivándole y contraatacando, o manteniéndole a raya con la pierna, pero de verdad que no podía con mi alma.

Rabia por la pájara rara que me entró, contento porque la mejoría es más que evidente, y orgullo porque ayer me felicitaron en la clase. Todavía mucho que mejorar y mucho que aprender y si de algo sirven las competiciones, más que ganar o perder, es a multiplicar por diez la motivación. ¡Mecagüen la madre que parió a Peneke!

¡¡ Gracias Jordi por venirte a grabar !!

Competición de Oota – Segundo combate

Si, habéis leido bien, éste es el segundo combate, porque resulta que el primero lo gané porque no se presentó el otro.

Aquí va el combate grabado por Jordi, no digo nada sobre él para no condicionar a nadie, a ver que os parece que pasó. Sólo adelanto que fue de los más raros de mi vida porque no entendía muy bien qué estaba pasando…

httpvh://www.youtube.com/watch?v=i6Q37QCPWPU

Competición el domingo

 

Pues eso, la tercera edición de la competición de la zona de Oota a la que me presento. La primera vez gané tres combates y perdí el cuarto, la segunda vez perdí en el primero ganándome un mandoble en la mandíbula que me dejó tiritando. Como decía, ésta tercera vez voy con mucha más confianza en mí mismo, no es que antes no la tuviese, pero creo que he ganado mucho en agilidad y rapidez gracias a Capoeira. Hay que tener en cuenta que a los tres entrenamientos semanales de técnica pura de Karate ahora se le han sumado otros tres de movimiento sin parar incluyendo muchas patadas, giros, volteretas…

¡Lo que no quita para que luego pierda nada más salir, pero yo voy muy contento y en la mejor forma de toda mi vida!

Molaría que se viniese alguien a grabarme, que no queda muy lejos y así me quedo con el recuerdo de los vídeos de los combates de cuando me pegaba por los Tokyos!

Es en el estadio de deportes de Oomori (大森スポーツセンター) y la estación más cercana es la de Heiwajima de la línea Keikyu, por ejemplo desde Shibuya hay que ir en la Yamanote hasta Shinagawa y cambiar allí. Por supuesto la entrada es gratis, y aunque la competición es de nueve de la mañana a cinco de la tarde, por otros años yo calculo que saldré sobre las doce más o menos porque al principio son todo katas y categorías infantiles.

 

¡¡Si venís dejadme un comentario aquí y así andaré al loro para pasaros alguna cámara o algo!!!
¡¡ Deseadme suerte !!

 

¡¡ Buen fin de semana !!
:gustico:

 

La señora del combini

Durante dos años y medio trabajando en la oficina habré ido de media una vez al día al combini de la esquina. Hubo una temporada que me pasaba por allí para comprar el desayuno absolutamente todos los días: un onigiri o un sandwich y mi lata de café caliente que me terminaba casi antes de que el ordenador acabara de arrancar.

También era la excusa a media tarde para salir a estirar las piernas: bastaba un cruce de miradas a eso de las cuatro y Akira y yo hacíamos una excursión a aquél lugar donde lo mismo te venden unos calzoncillos que un sandwich de fresas con nata.

Alrededor de la oficina poco más había, así que siempre íbamos al mismo combini donde siempre trabajaban las mismas personas a distintos turnos. Sabíamos que después de las cinco ya dejaba de estar el señor calvo de gafas y la señora bajita de pelo corto, y llegaba la adolescente con cara de perro y el chico nervioso que daba la impresión de ponerse todavía más cuando llegaba yo con mi cara de no haber nacido en Shinjuku y mi comportamiento extraño por descubrir.

Parece una frase de viejos, pero es cierto que se me antoja que viví tres o cuatro vidas distintas aún trabajando en el mismo lugar. Tuve novia dentro de la oficina, y luego ya no. Hice dos trabajos distintos desde el mismo ordenador, según la semana fuese o no impar, y luego ya sólo uno. Había un señor que me daba una nómina todos los meses hasta que dejó de hacerlo y entonces pasé a cobrar cada ciertos meses. Dejé que las corbatas se oxidasen dentro del armario junto a trajes que ahora me vienen grandes mientras compañeros, y algún que otro amigo, se iban yendo en busca de otro futuro quizás sin tanto ego ajeno que tener que digerir.

Pero, con Akira y luego ya sin él, yo seguía yendo de vez en cuando al combini de la esquina donde, poco a poco, nos fuimos calando clientes y dependientes aún compartiendo poco más que el intercambio de dinero y la retahíla y el palabrerío tan propio como impersonal de las tiendas de Japón.

Un día de éstos en los que el sol está de buenas y las nubes se han ido a lloverle a otro cielo, decidí romper el hielo con la señora bajita que siempre llevaba vaqueros debajo del uniforme del local porque me parecía simpática:

– ¿Dónde tenéis las latas de café caliente? que me muero de frío y no las veo!, ¡no me digas que ya no vendéis!
– Ah, es que las hemos cambiado de sitio, mira, están ahí
– Ah vale vale, brrr, qué frío, rápido rápido cóbrame rápidooooo
– Jajaja, vale vale, corre corre, bébetelo rápido no te vayas a congelar, jajaja

A partir de ese día se convirtió en costumbre empezar conversaciones del estilo, siempre en tono de broma y lo cierto es que hubo mañanas que se me arreglaban sólo con ir a comprar algún trozo de arroz envuelto en algas relleno de vaya usted a saber qué.

  • Oye, ¿estás seguro que te vas a comer esto?, ¡que tiene natto! tu lo que quieres es un sandwich, déjate de experimentos que te veo volviendo en dos minutos
  • Que ya se que es natto, jaja, que yo me como el natto y hasta me gusta y todo
  • Anda la leche, que se come el natto dice, pues me dejas helada.

Las conversaciones que empezaban entre los dos se alargaban o no dependiendo de que hubiese otros clientes a los que cobrar, y muchas veces acababan participando el resto de dependientes que acabaron sabiendo prácticamente todas las historias, de trabajo o no, en las que yo andaba metido gracias a esos cinco minutos diarios de estirar y amortizar el tiempo de darme las vueltas en la caja del combini.

Un día me llegaron a presentar a la nueva dependienta como el karateka del país del fútbol que estudiaba la ceremonia del té con un kimono del Uniqlo que estaba de oferta para el día del padre, pero que me lo compré yo mismo porque daba el pego. Y todos nos reímos menos ella, que se ganó rápidamente el grandísimo honor de ser la adolescente con cara de perro del combini de la esquina que después del periodo de aprendizaje, se puso con el turno de tarde a perrearle a la gente.

Michiko como buena madre responsable, eso de gastarse los cuartos en los combinis no lo ve muy allá, con lo que era mucho menos asidua y sólo se pasaba de vez en cuando a engañar al estómago con algún pan a modo de postre o quizás algo para la oficina. Sabiendo como son las dos, no me extrañó que a pesar de no ser feligresa habitual también trabasen amistad siguiendo el dicho de que Dios, o Buda que tiene mas jurisdicción aquí, los cría y ellos se juntan.

Finalmente llegó el final de la empresa, y Michiko y yo pensamos que no quedaría muy allá que de repente desapareciésemos sin dejar rastro, y quedamos en ir al combini a contarle la situación a la señora y, de paso, volvernos con unos nikumans de pizza y curry.

Sin llegar a dar muchas explicaciones, estuvimos hablando un rato largo echándole la culpa de todo a la crisis, aunque en realidad la tuviese el Irlandés y sus payasadas de pretender ser el doble siendo la mitad. Y el caso es que ella nos contó que era la dueña del combini, que nos iba a echar de menos. Nos propuso que quedásemos una tarde los tres en un izakaya para conocernos mejor, porque, decía, que sentía que podíamos ser buenos amigos fuera de la extraña relación de tienda que nos unía. Habló de que era una suerte habernos conocido y sonó tan de corazón, que ya nos hemos puesto de acuerdo en una fecha y un lugar ahora que ya se han asentado algunos meses sin tener que fichar por las mañanas.

  • No te preocupes, Oskar –añadió mientras escribía su teléfono en un postit con publicidad de Asahi- que mi hija ya te conoce muy bien y dice que se viene, así que no vas a estar sólo con dos señoras mayores, que tiene más o menos tu edad. Y oye, quien sabe, que lo mismo hasta os hacéis gracia!

  • ¡Anda, que me sale novia y todo!. Mientras que mi suegra no me haga trabajar en el combini… que a mi me da la risa con lo del atatamemaska…

 

Picopalable´s day

La semana pasada, el Capi empezó a poner de acuerdo a un montón de blogs para que escribiésemos algo sobre el día del orgullo Friki, que por lo visto es hoy. El caso es que yo le dije que me iba a ir el fin de semana a ver si pillaba a algún picopalable en plena acción mamarrachenca y así por lo menos plantaba una foto, pero el fin de semana se me complicó un poquito… y hasta aquí puedo leer, ¡tarjetita!

Así que lo siguiente que se me ocurrió era enseñar mis figuritas de robotoses, mis mangas, mis colecciones de frikiplanet pero… ¡es que no tengo!. Ahí va lo más friki que he encontrao por casa, una gorra que compré en Odaiba porque me hizo gracia:

 

Agarrarse los machos, que resulta que yo vivo en Japón, pero no me considero ni friki, ni geek, ni ninguna palabreja de esas. Si acaso un pataliebre como la copa de un pino, y a mucha honra que nos estamos extinguiendo.

:pliebre:

Ni entiendo, ni me gusta, ni me deja de gustar el manga, a mi me sacas de Goku y poco más me sé. Anime me dio por ver la temporada que estaba intentando aprender japonés y me puse con Naruto, pero tampoco me duró mucho, ah, también vi al carapan del Densha Otoko que me daban ganas de apalearle siete veces por capítulo, pero que no, que me sigo quedando con Qué vida más triste y El Águila Roja, por aquello de la nostalgia del castellano, supongo. Y más ahora que me he quedao chato con el final de Lost que todo el mundo dice que entiende y es mentira.

Reconozco que de pequeño me flipaban los ordenadores más que a los de mi edad, y aprendí a programar muy pronto, sobre los doce o trece años ya estaba ahí dándole al Basic en un BBC dejando a «los mayores» flipados. Esa temporada de mi vida fue quizás las más friki, mi paso a la adolescencia fueron unos cuatro años rodeado de ordenadores en un centro que abrieron en mi pueblo y al que me dejaron apuntarme tan jóven por error. Luego supongo que les hacía gracia y me dejaron seguir yendo, aunque la edad mínima eran 16 años. Y me arrepiento un poco, por una parte aprendí un montón y eso me encarriló en la vida habiendo estudiado informática (cuanto mejor habría hecho poniendo un bar), y por otra parte era el bicho raro que no estaba jugando con sus amigos en la calle por las tardes, y además me salió un michelo más bonico que todas las cosas.

Después pues vino el Karate y se diluyó el asunto un poco, aunque claro que me gustaba echar partidas con el ordenador, pero nunca tuve una consola hasta que me regalaron la PSP que sólo uso para ver películas en los aviones (como si yo viajase mucho en avión, no te fá el cancamusero este!). También tengo una NDS que sólo uso para practicar kanjis, y tengo un iPhone del que sí que no me separo, porque me tiro todo el día leyendo los emails de los comentarios del blog y twitteando las mayores tontadas que se me pasan por la chola.

Se lo crean mis padres o no, ahora si hace buen tiempo prefiero pirarme a correr o a sacar fotos que quedarme delante del ordenador prostatitando, procortizando… ¡ENREANDO como se ha llamao siempre!. Una vez jugué una partida de rol con mi primo en Basauri y no me enteré de la misa carmesí a la media elfa. Si el capi no habla del grillo ese, yo ni me entero que existe, para mi las pelis del Señor de Los Anillos mayormente se resumen en gente con pelos hasta en las uñas dando un paseico, en Star Trek sale el Dr. Spock con las orejas parriba pero yo soy más de Murdock debajo de la gorra pilotando el helicóptero, me quedo antes con el Profesor Cojonciano que con el patahierro del Gundam, prefiero mil veces darme un paseo por Honmonji que irme a Akihabara a fotografiar meidos y rebuscar cacharros y antes que comprarme una figurita de una colegiala en minifalda, me lo gasto en Kirinises que me río más.

 

Pero me mola que haya frikis orgullosos de sus aficiones, me mola que haya personas a las que les dé por disfrazarse y montar el circo en Harajuku para gustico de los que van a verles, si yo veo al Danny Choo por la calle, fijo que le digo algo porque me cae genial y me he reído un huevo con sus vídeos bailando con el traje ese. Porque de verdad que mola que haya de todo en este mundo, y esto lo digo sin ironía. Así que a todos los que os consideráis frikis…

¡¡¡ Felicidades !!!!

 

PD: Eso si, a los que se disfrazan y no la jincan en todo el día, pasad por recepción que tenéis un pico y una zanja reservada de tamaño proporcional a vuestros santos huevos morenos…

Anfitrión

– Ya son las tres de la mañana, no puede ser – pienso mientras ultimo los detalles del paso a producción del viernes por la noche.

La culpa la tiene el sol. Bueno, la culpa la tengo yo y después el tiempo porque no soy capaz de quedarme en casa trabajando haciendo un día tan precioso, así que salgo a correr y después vuelvo a salir a Karate, y claro, el trabajo no se hace sólo. Así que son las tres de la mañana y con un RedBull de por medio, sigo haciendo copias de seguridad y más y más pruebas en todos los navegadores que conozco.

 

Todo parece funcionar menos mi sentido común que me grita que debería estar durmiendo desde hace rato. Por fin le hago caso y me tumbo encima del futón donde me río de la cafeína y me duermo al instante. Mejor así porque mañana vienen Michiko y Rumiko a mi casa y tengo todo por hacer.

Michiko ha pasado unos días en un onsen ella sola. Decía que lo necesitaba, necesitaba darse de baja del mundo para pensarse, decía que sentía que tenía que ser ahora y se compró un cuaderno y un bolígrafo, y lo infló de pensamientos a la sombra de un cerezo en un templo entre montañas. Dice que escribió frases sin sentido junto a trazos que le salían del recoveco más escondido del corazón. Cuenta que lloró a veces, que hubo páginas repletas de quejas y de enfado pero que el final es feliz y que tenía ganas de vernos.

Y yo la miro a los ojos y me siento feliz porque tenía ganas de verla y hoy ha venido a mi casa.

Rumiko ha vuelto a la oficina. Dice que todo el mundo le ha dado la bienvenida, que le gustan sus compañeros, que todos son buenas personas, que se le ha desescarchado un poco el pecho. Nos cuenta, con esa sonrisa tan nuestra, que su jefe la sigue poniendo a la derecha del cero siempre, que le habla lo mínimo y no es capaz de dar la cara cuando le manda hacer cosas que no le corresponden. Pero ella dice que no se va a rendir. Y nosotros la creemos porque sabemos mucho más que lo que cuenta.

Y yo le paso la mano por el hombro mientras le sirvo otra copa de vino.

Yo les digo que me va bien, que me sigue sin gustar lo de trabajar desde casa porque echo de menos el contacto con la gente. Les cuento que hablo sólo a veces, que hay días en que salgo a la calle porque necesito escaparme de mi casa que por momentos se siente demasiado como una oficina. Les hablo de volteretas, de patadas, de competiciones y de campamentos con niños fuera de Tokyo.

Y me llenan la jarra de cerveza mientras se preparan las preguntas sobre las novias que no tengo.

Arguiñano me guiña un ojo desde la portada de su libro cuando se deshacen en halagos por la comida. Me gusta cocinar, no sé porque no lo hago más, y el sábado por la mañana no pude parar: paella, tortilla de patatas, almejas al nihonshu, aguacates con salmón ahumado… quería sorprenderlas, quería ser yo por una vez el anfitrión y hacerlo siquiera la mitad de bien que ellas. Quería que quisieran volver.

Y cuando llegamos a los postres ya hacía tiempo que estábamos borrachos.

Me buscaron cuatro o cinco novias cada una, y yo les hablé de las cuatro o cinco mías que no tengo. Recordamos primeras y últimas veces juntos, contamos historias de México, de España y de Japón mezclando idiomas gracias a la cerveza y al vino. Hablamos tanto que casi tocaba levantar la mano y pedir turno para ser el siguiente en contar lo siguiente que hará que sigamos sin poder parar de reír. Otras veces callamos y nos sonreímos en silencio, contentos por seguir siendo los mismos a pesar de vernos cada vez menos.

Y para cuando nos abrazamos en la estación yo ya hacía tiempo que me estaba sintiendo, sólo, la mitad de solo.

El campamento militar, día 2

¡Yo no escarmiento, y mira que me ha pasado veces ya!. Es imposible que yo pueda dormir si hay algún sujeto roncador dentro de la misma habitación, es que no hay manera por mucho que lo intente… empiezo a dar vueltas hasta que me acabo levantando y pirando a dormir por ahí a otro lado. En el campamento de Karate me colé en otra habitación del Ryokan y puse la alarma a una hora prudencial para que nadie lo supiese… Pues aquí lo mismo, resulta que el inglés roncaba como la mother que lo parió, así que cargué el saco de dormir que me había dejado el Zordor (otro roncador de pro) y me recorrí medio bosque por la noche hasta que llegué a la cabaña de los equipajes, me metí dentro, aparté todas las mochilas para un lado y allí que me quedé sobao más bien que todas las cosas.

Tampoco mucho rato, porque aquí se hace de día a las cinco de la mañana y con toda la claridad ya no hubo manera. Total, que allí nos juntamos todos con la legaña puesta dispuestos a matar el tiempo hasta la hora del desayuno. Yo me subía a los árboles, que hacía mucho que no hacía yo esto, otros vegetaban en las hamacas y los chavales ya hacía un rato que andaban corriendo unos detrás de otros.

Lo que más triunfó entre los mayores fue la cuerda esa que te engachabas un pie y te tirabas a lo loco llegando a una altura que impresionaba y daba gustico todo junto:

httpvh://www.youtube.com/watch?v=MoQq8x6mRfI

Y después de un desayuno cañero, a los pequeños se los llevaron de ruta por el monte por entre campos de arroz y hasta recogieron takenokos, los brotes de bambú que se pueden comer y que están bajo tierra. A los mayores nos tocaba la segunda parte del curso: formaciones de ataque, señales entre formaciones y desarme de pistoleros. Sucuri nos estuvo enseñando los diferentes gestos que se hacen los militares para indicar que el área está despejada, o que todo el mundo al suelo… hay un montón diferentes y la verdad es que nos partíamos de risa ahí a lo Bauer.

Después pasamos a ciertas técnicas de lucha cuerpo a cuerpo. Algunas se parecían mucho a técnicas de Karate o Aikido que yo ya me sabía, pero aquí la cosa va mucho más a lo bestia, a lo efectivo, si en Karate damos una patada en el estómago, aquí es en los huevos y después codazo en la nariz… cosas así, vamos, que no nos andábamos con remilgos. Y ya lo siguiente fue qué hacer en el caso en que nos apuntaran con un arma desde cerca, aprendimos a quitarle la pistola al tipo y pegarle una somanta palos para acabar apuntándole a él con su misma arma. Esto, claro, son supuestos porque en la vida real habría que tener muchos tamagos para atrever a mover ni un pelo delante de una pistola, pero bueno, ahí está la experiencia aprendida que moló muchísimo.

También teníamos una sorpresa encantadora esperándonos, resulta que los chavales nos estaban preparando pizzas!!. Pues si, los señores del campamento les estaban enseñando a hacer la masa e iban poniendo queso, tomate, orégano… para al final acabar en unos hornos improvisados con bidones de donde salían unas pizzas hechas con más cariño que maña, pero riquísimas de todas todas.

Y ya tocó recoger y volver para casa molidos estando atentos a que ninguno de los chavales se quedase dormido a la hora de cambiar de tren. Bueno, chavales y lo que no son chavales, que allí dió cabezadas hasta el más pintao!

Como decía al principio, éstas experiencias le cambian a uno. Llevaba un par de días leyendo algunos blogs de otras personas que viven en Japón y que están amargadas, o parecen amargadas contando un montón de malas vivencias que les han pasado. La conclusión de éstas personas es que los japoneses son fríos, falsos y racistas. De alguna manera me había afectado, llevaba unos días a la defensiva buscándole tres pies al gato al comportamiento, a los gestos de los que me tratan en la vida diaria: mis compañeros de Capoeira, de Karate, los del supermercado, los del combini…

Cuando llegamos del campamento y estaban los padres de los niños esperándonos, insisto en que éramos 7 extranjeros y 2 japoneses adultos los que nos encargamos de ellos, nos acogieron con una calidez y una gratitud que me quitaron de un plumazo las tonterías. 23 niños a cargo de extranjeros y nos lo pasamos de cine sin medio problema. Mil veces me tienen que llamar gaijin de malas maneras para compensar esto.

Y ni así, porque cada vez creo más que estar amargado no es un estado, sino una condición; no se está amargao, sino que se es y se seguirá siendo en Tokyo, en Bilbao y en Sebastopol. ¡¡Pa cuatro días que estamos aquí y vamos a andar con chorradas de siesos pejigueros!!

:gustico:

 

El primer fin de semana de Junio hay un curso en la academia de Okinawa pero me coincide con un campeonato de Karate… Capoeira en las playas de Okinawa… me habría encantado ir!!!! ¡¡mecagüen!!

¡Buen fin de semana!
:gambi: 8) :gambi:

 

El campamento militar, día 1

Estoy convencido de que ciertas experiencias le cambian a uno. Lo cierto es que estamos siempre cambiando de alguna manera, pero yo sé que no soy el mismo después de haber vivido lo de este campamento, como tampoco lo era después de aquél de Karate, como tampoco lo seré cuando vuelva a Bilbao.

La idea de Sucuri, nuestro profesor de Capoeira, era juntar a los mayores para ir a Chiba a aprender técnicas que él sabe de lucha cuerpo a cuerpo y con cuchillos, a disparar con pistolas de bolas y poner todo eso en práctica en medio de un bosque perdido. Pero lo curioso es que se empezaron a apuntar niños también, y al final resulta que fueron mayoría con lo que nos juntamos 9 adultos y 23 niños de edades comprendidas entre los 5 y los 12. Así que la cosa cambió radicalmente, y nos convertimos en monitores de unos chavales encantadores que nos tuvieron a prueba durante dos días.

Yo admiro mucho a Sucuri, un señor que resultó ser americano al final y que montó dos dojos de Capoeira en medio de Tokyo hace un montón de años. Me gusta la idea de que un montón de niños japoneses vayan dos o tres veces a la semana a que un extranjero les enseñe algo de extranjeros sin que haya ni medio problema, porque todos juntos nos reímos del racismo que dicen que hay en este país, que seguro que lo habrá pero a mi me tienen sin cuidado esa minoría de necios.

Así que un grupo de nueve adultos, siete extranjeros y dos japoneses, fuimos monitores de veintitrés niños; nos encargamos de sacarles billete, de salir los últimos de los trenes asegurándonos que ninguna mochila se quedaba huérfana, de entretenerles las dos horas y pico que duró el viaje, y de verdad que yo disfruté como nunca con las risas y el cariño que ya nos estaban regalando al de una hora de conocernos. Y luego los japoneses son fríos y los niños son como robots, manda huevos lo que tengo que aguantar.

Total que para cuando llegamos al lugar, yo ya era amigo de la mitad de los chavales que no me dejaban parar entre que les dió por tocarme la nariz y las barbacas y decir mi nombre a coro: OSUKARU OSUKARU.

Una vez allí, bus de por medio, dejamos las mochilas en una cabaña de un árbol y nos fuimos de exploración, el sitio prometía: cabañas en los árboles, cuerdas y columpios montados, alguna que otra serpiente a la que no saqué foto porque salí corriendo… Y lo tenían montado de manera que todo funcionaba con paneles solares, ¡hasta un ofuro había!

Y empezamos el lío: nos fuimos con las pistolas y un par de escopetas de bolas al bosque y Sucuri nos estuvo enseñando a manejarlas, a movernos por entre los árboles, a patrullar en grupo, y allí nos dedicamos a practicar con unas latas. Después nos emparejamos y ya nos empezamos a pegar tiros unos a otros, que parece que no pero anda que no escuecen las bolitas esas!!! Yo en el segundo turno me subí a un árbol y gané al otro grupo, pero después me costó un huevo bajar, lo mismo estuve ahí subido diez minutos !!

La gente del campamento, de mientras, no quitaban ojo a los niños que tenían mucha libertad para hacer lo que quisieran por allí siempre y cuando no se metiesen por el bosque, y les estuvieron haciendo arcos de bambú y flechas para entretenerles. Ellos encantados entre las hamacas, los columbios y todo el campo que tenían por delante para correr y chillar hasta hartarse.

Así que entre pistolas, arcos, flechas y no parar en toda la tarde, nos acabó entrando un hambre del copón a todos. Había que preparar comida para unas cuarenta personas y se pusieron a cocinar arroz con curry… me hizo gracia que aquello era como un rice cooker a lo bestia, cuarenta vasos de arroz que lavar en un cancarro enorme!!

Con la chaqueta puesta, porque hacía biruji, nos reunimos alrededor del fuego y después de cenar y asegurarnos que los chavales estaban bien en su cabaña, alargamos la velada hasta que nos quedamos sin cervezas, y después un poco más hasta que nos quedamos sin nihonshu, y después un poco más hasta que nos quedamos sin canciones, y después un poco más hasta que nos quedamos sin borrachera, y después un poco más hasta que nos quedamos sin estrellas…

 

Bid Kids Camp

Toma ya, entre el título y la foto que le ha puesto mi profe de Capoeira al evento, esto promete!

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Esto no tiene desperdicio, hombre, se trata de una especie de campamento militar al que nos vamos a ir este fin de semana en Chiba. Yo no me pierdo ni una gaita de éstas, que me lo paso como el enano que soy, además que seguro que hace más calor que en el entrenamiento del frío aquél.

La cosa va de dormir en una cabaña en un árbol y actividades en un bosque que incluye:

– Camuflaje
– Formaciones de ataque
– Métodos de transporte
– Cómo descansar
– Cómo cruzar áreas peligrosas
– Reacción a emboscadas
– Crear emboscadas
– Métodos de ocultación en la jungla – bosque
– Lucha con cuchillos
– Lucha con las manos vacías
– Neutralizar vigilantes

Espero que sea un poco más suave que lo de la peli aquella!!

Hombre, a mi todo esto de la guerra como que me da igual, pero todo lo que sea echarme unas risas haciendo ejercicio, bienvenido que es, y si además aprendo algo, mejor que mejor!!! El que se aburre es porque quiere!

Una siesta echaban mi mamá y mi papaaaa
mamá se dio la vuelta y le dijo a papaaaaaaa….

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¡Buen fin de semana, chavales!
:gustico: :nunchakero: :gustico:

Lo mío y de nadie más

Hay momentos de ésos que están señalados en el calendario de la ilusión, que se repiten de vez en cuando y que uno espera que lleguen con ganas, casi fantaseando con revivirlos. Si miramos para dentro, seguro que cada uno de nosotros sabe en qué latidos está echando más leña el corazón haciéndonos vivir de más equilibrando esas otras veces en que se vive de pasada.

Aquí va otra de mis teorías de filósofo de prestado, la de la importancia de lo mío y de nadie más.

Pasa mucho tiempo entremedias dejamos que la almohada descanse. Días enteros con los que pelearse antes de volver a cerrar los ojos entre sábanas. El destino, o el atino al tomar decisiones, nos habrá colocado donde estamos ahora y, elegidas o no, habrá una serie de personas que forman parte de nuestras vidas. Estará la familia, nuestra pareja, nuestros amigos… y los secundarios, como la chica de la tienda de la esquina o el jefe de estación de cuya voz de pito no logramos olvidarnos. La gran mayoría del tiempo haremos lo que se supone que tenemos que hacer en cada caso y cogeremos el coche, o montaremos en un tren que nos llevará hasta la oficina donde los de siempre nos esperarán donde siempre para hacer más o menos lo de siempre.

Claro que habrá novedades, menuda vida sería si de vez en cuando no hubiese algo distinto. Se cambia de trabajo, de casa, de pareja… la situación, la vida cambia pero siempre se vuelve a estabilizar, a enrutinar. Yo diría que al final, muchos momentos del día, si no son la mayoría, nos son robados de alguna manera. Hacemos lo que tenemos que hacer, haya o no ilusión de por medio. Las horas de oficina, por ser mayoría, están arriba del todo en la lista y eso que a mi me encanta mi trabajo.

Después hay otro tipo de momentos, están esos en los que realmente hacemos lo que queremos, o lo que nos dejan, pero con la gran diferencia de que elegimos nosotros. Al día no suele haber muchos de éstos debido a que no queda tiempo libre, aunque yo siempre he sabido encontrarlos. Ahora mismo no me cuadraría un día en el que sólo hubiese trabajado, por ejemplo, e insisto en que me gusta mi trabajo (insisto, y no porque me lea mi jefe, que el hombre no sabe castellano). Y muchos momentos de este tiempo de descuento, serán compartidos con la familia, con la pareja o con los amigos. Una película, un paseo, unas cervezas con sabor a libertad que en compañía son mejores…

Dependiendo de lo afortunados que seamos, llegará un día en que compartiremos vida con otra persona y quizás hasta tengamos hijos. Nuestra rutina ya no será sólo nuestra, sino que será compartida con todos los demás: habrá momentos de felicidad que serán más felices por ser entre más de uno, habrá problemas y habrá muchos momentos sin demasiada relevancia.

Pues aquí va mi teoría: todos necesitamos algo que sea sólo nuestro y de nadie más. Algo que nos guste, que nos llene, que nos rete a nosotros mismos para que peleemos, en solitario, por superarnos de cuando en cuando, algo que nos identifique y que nos haga sentirnos más vivos, más nosotros. Porque creo firmemente que de otra manera la balanza no estará equilibrada y acabará cayendo del lado que no se suponía que debía caer, por muy bien que parezca que estaban las cosas.

O eso me parece a mí.

Y últimamente me lo parece más después de saber que mi ex-jefe ha vuelto a tocar el piano ahora que ha cerrado la empresa, o que una amiga ha vuelto a escribir cuentos para niños ahora que le han echado del trabajo después de diez años. Los dos ya han buscado un nuevo trabajo, pero también se han reencontrado con lo que la rutina les quitó y que ahora ha vuelto a ser suyo e, importante, de nadie más. Aunque en estos dos casos se haya tenido que desmoronar mucho de lo demás para provocar que mirasen a los ojos del que sale en sus espejos a ver que faltaba, o quizás había faltado siempre en realidad.

Pues sí, lo nuestro que es nuestro y debe ser sólo nuestro. Porque luego, a parte, está todo lo demás que puede ser felizmente maravilloso o un completo desastre, pero por si acaso ahí está esa constante de felicidad que hará de múltiplo de lo bueno y de divisor de lo malo en la ecuación del paso de los años en los que la otra constante siempre es la del tiempo, y a esa no hay manera de contrarestarla.

O no, véte a saber… pero mira, el caso es que a mi me viene funcionando desde no sé cuando y me acabo de dar cuenta ahora que no podría tolerar que nada ni nadie me lo quitase porque me convertiría en una versión de mí mismo partida por la mitad. Y lo sé porque ya ha pasado.

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Reabierto Tsukiji

Zalla no tiene playa,
mi vecino era bombero,
va hoy de caballa…

… el post regulero!
:regulero:

Pues si, que resulta que habían chapao el mercado del pescado de Tsukiji por dos semanas y es noticia porque lo acaban de reabrir al público otra vez desde el lunes. Yo, que no he estado todavía pero como es el post regulero me puedo tirar el moco hablando de lo que no sé a lo fantasmico, veo un poco así eso de que se metan una manada de turistas a tocar los tamagos en medio de un montón de gente que se ha pegao un madrugón del big-cup para trabajar. Imaginaos esto mismo en España… no queda ni un guiri sin apalear!!

Bueno, pues eso, que lo han reabierto pero aplicando la medida de que sólo entran las primeras 140 personas, que la cosa iba ya por los 500 diarios, y las puertas se abren a las cuatro y media de la mañana y se cierran sobre las cinco y cuarto. Habrá que ir un día de estos, aunque me parece a mi que como no hagan una sesión de tarde…

httpvh://www.youtube.com/watch?v=UQvhSlNtqEk

¿Habéis estado en el Tsukiji legañero?
¿la gente la liaba parda o se estaba quietecica?
¿fuiste de madrugón o de gambiter mode?

Fuente: Newsonjapan.com
Tiempo empleado: 10 minutos porque va con preguntas incitacomentarios del final y no se me ocurría ninguna al principio

La chica de Enoshima (III)

Continuación de La chica de Enoshima y La chica de Enoshima II


Con cierta sensación de vergüenza por la tos, dejé de fumar. Si alguna vez he tenido estilo en algo, desdeluego no ha sido fumando, y me alegro por ello; no es un hábito que quisiera tener, se nota que no sé y después de algunas caladas me reafirmo en no querer. Lo que no entiendo es porque de vez en cuando me apetecía tener que reincidir…

Las estrellas se habían ido a otra noche y el mar sólo sonaba. Pero a ella se la podía distinguir bien, la misma chica que hace unas horas asustaba gatos, ahora velaba olas en compañía de nadie. Como yo.

Alguien se le acercó. Era otra chica, una amiga que se sentó junto a ella durante un buen rato. El mismo rato que yo tardé en vaciar la última lata de cerveza que me quedaba sin abrir y calzarme de nuevo dispuesto a cortar el sueño con tijeras.

Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, nos levantamos los tres a la vez y empezamos a caminar en la misma dirección, y cuando yo estaba tirando las latas a los contenedores de la puerta de la tienda, ellas entraron dentro. Su amiga era más alta, con la piel más morena pero esa misma pinta de desaliño adrede, con el pelo de cualquier manera y vaqueros rotos colgando, como si no hubiese cintura ahí debajo que los sujetase.

De nuevo el escándalo; risas y gritos que venían desde la sección de alcohol de la tienda y se escuchaban desde fuera, y eso que sólo eran dos.

Así, de sopetón, me agobié. Me dí cuenta de que si no empezaba a coger trenes, iba a tener que estar allí sólo toda la noche y el plan de estar en el banco mirando al reloj cada diez minutos no me acababa de cuadrar, así que empecé, resignado, a andar hacia la estación. Malditas las ganas que tenía de irme.

Por el camino escuché música que venía desde el mar. En medio de la oscuridad, una serie de casetas iluminaban la playa a modo de refugio de los que, como yo, no teníamos muy claro eso de que las horas que quedaban tuviesen que ser para dormir.

Me acerqué y descubrí una especie de plaza artificial repleta de mesas y sillas de plástico rodeadas de restaurantes y bares improvisados con cuatro maderas y mucha pintura. En total no habría más de treinta personas que bebían y bailaban con Bob Marley que sonaba a todo volumen entre olores de carne asada, salitre y alcohol.

Una coronita en botella, con su limón, era bastante más prometedor que mi banco de jugar a fumador, así que allí me senté más que dispuesto a olvidarme de recordar.

Hellooooo -me dijo alguien más o menos sobre la segunda cerveza, y cuando me giré había tres chicos también con Coronitas que me sonreían tratando de entablar conversación.
Hi -contesté sorprendido
Are you alone? please, come with us -me dijo otro señalando un lugar un poco más apartado donde habían juntado dos mesas alrededor de las cuales habría como siete u ocho personas más
Ehh, I feel shy, really?
Yes yes, please come come !! we invite you

Y como andábamos parejos de borrachera, me fui con ellos.

Sin saber cómo, me encontré sentado en medio de un montón de personas que no dejaban de hacerme mil y una preguntas mientras se aseguraban de que hubiese siempre algo que comer y una Coronita con limón que vaciar entre puntos que siempre eran y seguido, nunca finales. Hablamos de chicas, españolas y japonesas, de idiomas, de chicas, japonesas y españolas, de trabajos, de ropa, de chicas, de culturas opuestas y costumbres que iban de la mano… y el caso es que me pareció que todos salimos ganando.

Como no me dejaban pagar, yo aprovechaba uno de cada dos de mis viajes al baño para pedir más comida y más bebida y hacer que la llevasen a las mesas sin que Miwa, la camarera de cuyo nombre me sigo acordando gracias a esa minifalda verde, dijese de dónde venían. Al volver de mi segundo o tercer viaje de los pactados y sentarme en mi silla de plástico ennegrecido, me dijeron, entre risas y palmas, que no se me ocurriese pagar ni un yen más, que yo era su invitado y que para la siguiente pagaría como todos, pero no esa noche. Y mientras yo jugaba a que me hacía el ofendido, vi que la chica de Enoshima y su amiga venían directas hacia nosotros con sus bolsas del combini, sus pelos distraídos y su griterío que hacía enmudecer al mismísimo Marley de los altavoces.

Aquí viene Mika, por fin -alcancé a entender, y un par de chicos fueron corriendo a ayudarles con las bolsas y darles la bienvenida
She is our friend, she is coming with snacks and shochu, do you know shochu? -me dijo uno de mis nuevos amigos
Yes, and I also know her, she was in Enoshima this afternoon and she scared my cat -dije yo mientras devolvía el guiño al destino.
She did what? -dijo sin hacerme demasiado caso
Hahaha, nothing nothing

Entonces nos presentaron, yo era «el extranjero de España al que le gustaban las japonesas porque hablaban muy dulce», entre otras muchas facetas mías que yo mismo desconocía, y ella era Mikachan.

Esa noche no pude retener más nombres. Estaba Miwa, mi camarera aliada de minifalda verde.

Y Mika, la chica de Enoshima.

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Concluye aquí…

Japan – The Strange Country

Hace unos dias un amigo me pasó el enlace a una animación sobre el Japón actual que me pareció chulísima. Está hecha por un diseñador japonés llamado Kenichi Tanaka como proyecto de final de su tesis, y estaba disponible en japonés y en inglés. Digo «estaba», porque la versión en inglés ya no lo está por alguna razón. A mi me pareció tan interesante y bien hecha que le escribí preguntándole si me dejaba traducirla al castellano, pero no me ha contestado, así que me he decidido a publicar la versión japonesa que creo que se entiende bastante bien aunque no se sepa japonés.

Actualizacion!! habemus vídeo en inglés gracias a Aran!

httpvhd://www.youtube.com/watch?v=rgsbIfI0uIg

Ahí va la versión japonesa original:

Japan – The Strange Country (Japanese ver.) from Kenichi on Vimeo.

Gracias Sergio por el enlace!


Yo quería tener un amigo negro

De verdad que llegué a ilusionarme con esta idea.

Yo quería tener un amigo negro cuando era pequeño, pensaba que sería algo bonito: tener un amigo de otra raza que seguro que iba a ser igual que yo aún mientras todos parecían asumir que era distinto. Tenía esa ilusión, mira por donde, la de conocer a una persona negra, saber si sienten de otra forma, si son de otra manera.

Y no llegué a tener uno de verdad hasta que llegué a Tokyo: Eric, pero no fue como yo pensaba que iba a ser. Tenía la idea de que iba a ser algo extraordinario, algo de lo que fardar delante de los amigos. Pero no, fue el caso contrario, cuando llegué a la empresa, los «blancos» éramos minoría. Lo que son las cosas, tuve mi primer amigo negro en Japón, junto a japoneses, americanos y chinos. Además coincidió con la temporada en la que mi novia Eri era japonesa, era como si de repente ya no importase en absoluto eso de las razas o las nacionalidades… un Zalluco con novia de Nagano que era amigo de un chico senegalés que creció en Francia viviendo todos en Tokyo. Lo cierto es que siempre ha dado igual, por muchas historias que me montase yo con mi mente de pueblerino de kiosko en la plaza y pipas en un banco de madera al lado del frontón.

Aquella noche fue especialmente especial: después de una cena con la empresa nos acabamos quedando solos Eric, francés senegalés, Roxanna, canadiense de padres chinos, Akira, japonés de Yokohama, Eri, exiliada de Nagano, y yo de Zalla, el pueblo de unos diez mil habitantes de al lado de Bilbao. Y yo era el único de mi raza, el único blanquito, el resto eran asiáticos y africanos… y a mi me pareció bonito aunque no supe expresarlo por mucho que lo intenté cervezas mediante. Todos distintos y todos iguales, al fin y al cabo.

Compartíamos inglés, claro. Por fortuna, Akira y Eri habían pasado años en los Estados Unidos, con lo que destilaban acento y gramática frente a mi pronunciación de vídeos de Muzzy. Eric era y es negro, raro como él sólo porque es francés, pero negro, tal y como yo quería que alguno de mis amigos lo fuese en mis sueños de chaval de pueblo de jugar a canicas y bicis de cross de manguitos de velcro en el manillar.

El caso es que lo fui, su amigo, al menos durante año y medio llegamos a conectar, y lo cierto es que después del primer mes dejó de importar eso de tener la parte de arriba de las manos de otro tono o el grosor de los labios. Yo quería tener un amigo negro y conocí a Eric que daba igual de que color eran sus mejillas, como daba igual que Eri fuese japonesa y que Akira viniese de Yokohama. Supongo que tan igual daba como que yo vivía encima de la librería Pagazaurtundua apenas unos meses antes y que tuviese el doble de barba o dos veces mas larga la nariz.

Así que de repente, con 31 años, ya era amigo de un chico negro, de un chico japonés y mi novia era japonesa. Pero, cuidado, que resulta que todos hablábamos inglés más o menos, todos teníamos nuestros sueños por la noche y nuestras esperanzas de después del amanecer.

Yo quería tener un amigo negro.

Y lo tuve, y el color de sus muñecas, el grueso de sus labios, el contraste con las palmas de sus manos era tan irrelevante que me sentí el más tonto de los tontos del mundo.

Pero yo, de verdad, de corazón, quería tener un amigo negro.

Días extraños

Días en los que no hace ni frío ni calor, ni deja de hacer ambos, horas raras que parecen pasar sin ganas junto a otras que son segundos. Desde que trabajo desde casa, todos los días vienen con la misma cara, pero yo acepto el desafío de cambiársela haciendo trucos de magia a la rutina. Cambio horarios de Karate, de Capoeira, voy por las mañanas, trabajo por las noches y al revés o cocino cosas nuevas… todo con tal de que un día no sea igual que el anterior o me volveré loco aquí solo.

Japón está por la parte de fuera de las ventanas, anécdota irrelevante cuando uno está en su casa dándole a las teclas. Ya no hacen falta combinis, ni trenes con legañas, ni pañuelos de propaganda, ni ruidos de Pachinkos, nisiquiera cervezas de antes de volver porque ya no se sale, siempre se está aquí.

Raro es ya dar los buenos días a alguien en estos días raros donde no hay nadie.

Claro que tiene sus ventajas, sería tonto si no las viera y bobo si no las aprovechase. Hace mucho que no peleo contra el sueño delante del ordenador aparentando saber lo que estoy haciendo, si esto pasa, duermo, aquí mismo a un par de metros de la mesa, y me despierto fresco para seguir. Cada hora me levanto de la silla y preparo otra tetera, y hago algo de Karate delante de los espejos, o un poco de pesas, o trato de que me salga alguna voltereta nueva de Capoeira, es mi versión personal de «ir al café». Si en esto de programar se me complica algún problema más de la cuenta, me pongo el pantalón corto y un niki y me voy a correr por mi barrio, o hasta Honmonji y normalmente al volver veo la solución justo delante de mí.

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Ahorro dinero, mucho, en transporte y en comida, y además estoy comiendo mucho más sano: no hay visitas al combini a por comida prefabricada, hay visitas a mi nevera repleta de fruta o al cocedero de arroz siempre medio lleno, ahora mis tentempiés son cuencos de arroz y manzanas en vez de sandwiches o patatas fritas. Y no me dejo cerca de cuatrocientos yenes cada vez y mi cartera y mi cuerpo lo notan, y bastante.

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Pero también hay desventajas; la primera y más importante de todas es no ver a nadie en casi todo el día, hay veces que se siente triste que después del desayuno uno se plante ya en la mesa hasta bien entrada la tarde sin articular palabra. El sólo hecho de ir por las mañanas a la oficina ya tenía implícito el contacto humano… ya no hay miradas que se cruzan ni voces de fondo.

También he perdido el contacto con la actualidad: apenas veo la televisión, pero a nada que me acercaba al centro podía ver qué se estaba cociendo gracias, sobretodo, a los carteles de publicidad y a las televisiones del tren. Mis destinos entre semana no van más allá del supermercado y los dojos, y ambos están a menos de 15 minutos de mi casa así que ya no voy con la cámara de fotos en el bolsillo del pantalón porque no hay novedades que retratar y contar.

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Así que son días extraños. Días centrados en tres actividades sin apenas interferencias: trabajo, Karate y Capoeira.

Bien mirado, si hace unos años me hubiesen dicho que iba a vivir en un piso en Japón, que iba a trabajar programando desde casa, y que iba a poder ir todos los días, a veces incluso dos veces al día, a clases de Karate en uno de los lugares del mundo donde más saben del tema… no me lo habría creído. Y lo de Capoeira ni te cuento.

No dejan de ser horas como ajenas a mí que seguro que dejarán de serlo pronto y yo las echaré de menos porque, de mientras, me he puesto en la mejor forma de toda mi vida mientras que el trabajo sigue adelante quizás más rápido que cuando iba a la oficina.

No me quejo, no me quejo en absoluto, es cuestión de acostumbrarse. Pero sí que tengo un favor que pediros: si conocéis a alguna así como para mi que venga de vez en cuando a leerme un cuento…

Natto con miel

Si tuviera un caballo, lo llevaría al abrevadero, pero como no lo tengo…

¡¡ va post regulero !!
:regulero:

¿Os acordáis del cancarro de natto que me zampé ahí en vivo y en directo?, bueno en realidad me zampé dos, y otro que va a caer en cuanto acabe de escribir esto. Pues el caso es que en la tele el otro día lo mezclaron con miel porque decían que estaba muy bueno, pero se forma ahí una pastaca babil digna de asfaltar calles:

Al final la tía dice que sabe a «natto dulce», ese nuevo sabor lo tengo que probar yo… prometo ikuvídeo!!! pero eso será la semana que viene, que el post regulero de hoy ya está finiquitao.

Fuente: Japan Probe (el blog sobre Japón que como lo cierren, cierran cincuenta más)
Tiempo estimado: 5 minutejos (empleados en su mayoría en pensar la chorrada del primer párrafo)

¡¡ Buen fin de semana !!
:gambi: :vainas: :gambiters: :vainas: :gambi:

Alter ego

Dice el blog del Jordi Hurtado que álter ego es:

Persona real o ficticia en quien se reconoce, identifica o ve un trasunto de otra

Si tenemos en cuenta que trasunto por lo visto significa algo así como imitar, más o menos se ajusta a lo que yo creía… vamos a ver si soy capaz de explicarme.

Cuando yo andaba por segundo de BUP decidí apuntarme a Karate más que nada porque no había muchas actividades más que se podían hacer en mi pueblo. Pasó un poco lo mismo que me estaba pasando en Capoeira: de no tener ni idea, de ser más torpe que Mr. Bean con zapatos de tacón, alcancé mi primer punto de inflexión a base de tesón y a partir de ahí llegaron todos los demás. Hay cosas que nunca llegué a poder hacer, y otras que dominé sin problema, pero siempre tengo presente que el primer año fui un patán como lo es absolutamente todo el mundo que empieza algo.

Había dos clases; a partir de las ocho de la tarde se juntaban los mayores, pero una hora antes estábamos nosotros que no éramos críos pero tampoco grandes del todo. El caso es que con el paso de los años hicimos un grupo con los habituales e incluso quedábamos los sábados por la mañana para entrenar por nuestra cuenta, aunque lo cierto es que siempre acabábamos haciendo el tonto pegándonos entre nosotros. Yo aguanté en esa clase muchos años, me resistí mucho a pasarme a la de los mayores pero no era porque éstos me diesen miedo, sino porque en la de las siete había encontrado a mi álter ego: Dani, el que es uno de mis mejores amigos, era un compañero-rival, alguien que aún teniendo los dos más o menos el mismo nivel, siempre me ganaba en las competiciones o siempre se sabía un kata más. Era el que me obligaba a esforzarme, a espabilar, a superarme con ganas para que no me superase él a mí. Con los años acabamos pasándonos los dos a la clase de los mayores y la cosa continuó: compañeros de Karate, rivales en el tatami, amigos siempre.

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Bien, pues resulta que aquí ya me he buscado inconscientemente mis álter ego en Capoeira y Karate. Sin quererlo, ya he fichado a las personas que creo que tienen el mismo nivel que yo y con las que compito cada minuto de las clases que coincidimos por hacerlo mejor que ellas. En Capoeira está el chico negro que hace mejor que yo las volteretas, pero que no es capaz de pegar patadas en condiciones, pues ahí estoy yo haciendo siempre una voltereta más que él hasta ponerme a su nivel. En Karate está el chico japonés que no tiene apenas fondo, pero que se sabe todas y cada una de las técnicas de kumite que yo me estoy intentando aprender desde hace tiempo. Ayer coincidió que en la clase hicimos esas mismas técnicas, y yo seguía sin sabérmelas mientras que él las hizo perfectas, pero también hicimos combate y yo le gané porque él no podía con su alma. Se podía notar en el ambiente el coraje que uno u otro ponía en según que situación por alcanzar el nivel del contrario.

Así que mi teoría del álter ego es que es imprescindible saber elegir a la persona con la que medirse en lo que hacemos, para saber si lo estamos haciendo bien, para evolucionar al ritmo que marcamos los dos gracias a esa sana rivalidad nunca confesada, para que cada gota de sudor brote con un objetivo concreto cada vez y seguir aprendiendo con rabia el uno por culpa del otro.

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El punto de inflexión

De las cosas que más presentes tengo últimamente es que el tiempo pasa burlón al doble de velocidad de lo que pensamos. Supongo que el hecho de que el visado me caduque el año que viene y éste sea un punto que no tengo resuelto todavía, tendrá mucho que ver. Y el caso es que darme cuenta de ésto hace que intente exprimir los días al máximo, pero claro, sin faltar a mis responsabilidades. Vamos, que trabajo desde casa, y me sigue sin gustar, pero aprovecho la situación para combinar mejor los horarios de Karate y Capoeira y ésta semana, por primera vez, he podido ir a tres clases de cada uno. Una distinta cada día y las dos el viernes.

Ayer por la mañana cogí la bici y enfilé la cuesta que me separa del Dojo de Capoeira. Hacía mucho frío y confieso que me costó mucho salir de casa, pero ésta semana me la había planteado así y no quedaban más huevos, ya descansaré en el cementerio. Llegué con la nariz congelada, y cuando me estaba quitando los zapatos, Takeshi me recibió con gesto extraño pero amable:

– Ala, pues si que es raro que vengas por la mañana!! ¿hoy descansas del trabajo?
– No, es que como trabajo desde casa, me venía mejor venir a esta hora, ya me quedaré después hasta las tantas de la noche

Takeshi es otro de mis profesores de Capoeira, un chico de mi misma estatura que vivió en Nueva York unos años por lo que habla inglés, seguro que más y mejor de lo que pretende hacernos creer. Suele llevar una gorra que le da cierto estilo sesentero, y, que me perdonen los demás, en la roda se mueve como nadie.

La clase del martes fue un desastre, no fuí capaz de hacer nada a derechas. Pero en la de ayer alcancé lo que según mis teorías he bautizado como el punto de inflexión. Es el punto a partir del cual todo empieza a salir, así sin ninguna explicación, sin más, de repente sabes hacerlo y ni siquiera piensas en que una semana antes era imposible. Pues ayer sucedió, no fué brillante, no fué espectacular, simplemente supe realizar los movimientos que me habían explicado mil veces y que mi cuerpo se negaba a aceptar. Alcancé el punto de inflexión.

Una vez leí en algún sitio que todo está en nuestro cerebro, que cuando se empieza una actividad nueva, inmediatamente las neuronas empiezan a establecer conexiones aquí y allá, que no es más que el proceso de aprendizaje. A unas personas les cuesta más, a otros menos, pero el proceso está ahí y lleva su tiempo. Y si uno insiste, si no nos rendimos, llegará un momento en que, sin pensar, sabremos hacer lo que llevamos meses intentando.

Por supuesto, está el factor físico, y más en el caso de Capoeira o de Karate: el cuerpo necesita su entrenamiento, los músculos necesitan acostumbrarse a los nuevos movimientos, coger fuerza, elasticidad, fondo. Pero es que ésto mismo pasó en la ceremonia del té donde el físico importa más bien poco: un día todo sale del revés y de repente, al día siguiente, era capaz de seguir los pasos sin ningún problema, de recordarlos, o dicho de otra manera: las conexiones entre mis neuronas por fin llegaron a un estado que me permitían realizar la ceremonia con un nivel aceptable.

Pues ayer, después de medio año, por fin fuí capaz de no ser estático, de no ser Karateka, aprendí a olvidarme de lo mío, y supe hacer lo que Takeshi me enseñó como debería hacerse. No fué que de repente lo hiciese genial, no lo hice perfecto y seguro que muy lejos de estar bien, pero yo supe que había alcanzado el primer punto de inflexión de todos los que vendrán a partir de ahora. Se sabe que se ha llegado ahí porque algo cambia, el cuerpo ya sabe por donde tiene que tirar y se deja de pensar para simplemente hacer, y se siente un llenazo por dentro, se empieza a disfrutar de lo que se hace. Dos días antes fue imposible. Dos días después las neuronas se sincronizaron con los músculos y todo funcionó de sopetón, como si entre sueño y sueño siguiesen ahí a lo suyo hasta que se acabó de entender el asunto por si sólo.

Y esta, señores, ha sido mi teoría sobre el punto de inflexión, que no viene a decir más que «el que la sigue, la consigue» a lo Toscano. Cada vez me creo más que que se consiga o no es cuestión de dejarle tiempo al coco para que haga sus trapicheos aquí y allá. O no rendirse a la mínima, vaya.

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Milseisversario

Tres años y pico viviendo sólo en un recoveco de Tokyo. No siempre, a veces, las menos, acompañado por temporadas.

He sido salaryman, ciclista, fotógrafo, amigo, escritor, feliz a deshoras, karateka, pobre, bailarín, actor, miserable a destiempo, capoeirista… profesor de nadie, experto de nada, estudiante de todo.

He hecho amigos y enemigos. Han aparecido amigos de la infancia que han sabido donde estoy y de repente eran el doble de amigos por una semana, y luego desaparecen de nuevo para siempre. Hay enemigos, no míos sino yo de ellos, que ni me conocen y ni falta que les hace para ejercer de tales, por lo visto.

A otros parece ser que les he defraudado, supongo que esperaban algo de mí que no pude dar y me han tachado de su lista, así, sin avisar. Total, es más fácil ejercer de defraudado que de defraudador, o a mi me sería más fácil. Ya no te ajunto, y a por otro que la vida son dos días y un atardecer como para andar pensando en sentimientos ajenos.

Vamos, que no me faltan esas otras historias que contar: historias de malas personas, de amores de mentira que acabaron en desastres de forma y sin contenido, de traiciones ingratas a rabiar, de envidias por la espalda y falsedad por la frente, de promesas de sopicaldo y aguachirle de esas de regalar los oídos primero para hacer oídos sordos después. Cuentos e historias para no dormir que no entienden de sexos, nacionalidades, culturas ni estaturas. Malas vivencias a desvivir a base de amontonar buenas nuevas encima.

Pero esas, ¡ay amigos!, esas me las guardo para mí.

Ojo, me las guardo poco tiempo, que si algo he aprendido después de tres años mirándome el ombligo, más que nada porque no había otro al que mirar, es a no malgastar mi tiempo con naderías. Aunque de vez en cuando haya que hacer hueco con un ¡allá cuidaos!, que ya iba tocando, para seguir con mi tejemaneje, que hay que ver lo que son las cosas, que yo lo que quería era contar que hace 6 entradas que pasé de las 1000, y mira que pataleta me ha salido…

Pues eso, 1006 historias contadas, y casi ninguna de las malas.

Hay que ver.

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Bajo los cerezos

Bajo los cerezos me dijiste que te casarías conmigo, que vendrías a conocer a los míos, que aprenderías a decir que me quieres en castellano para que yo lo entendiese de una vez por todas y dejase de dejar de decírtelo yo a ti.

Bajo los cerezos nos miramos a los ojos y diluimos tristeza y felicidad en cada lágrima que el primer viento de la primavera se encargó de secar mientras nevaban pétalos de color dulce que se nos posaban como sin querer.

Bajo los cerezos bebimos y nos bebimos, nos callamos cosas de más y exageramos sentimientos de menos, nos abrazamos durante tanto tiempo que parecían años y aún hoy todavía noto una mano en mi espalda y otra en mi pelo, como si todavía fuese antes y no hubiese el después que es el ahora.

Bajo los cerezos me volviste a decir que me querías y te juro por mi alma que ésa vez sí que intenté responderte, pero mis labios no fueron capaces de encontrarse con el corazón y sólo me salían suspiros.

Bajo los cerezos te dije adiós y tú me hiciste prometerte que nunca más usaría esa palabra y te despediste con un hasta luego, aunque los dos sabíamos que pasarían años antes de que pudiésemos volver a decirnos una u otras.

Bajo los mismos cerezos camino cada noche ahora que todavía están en flor. Como hice contigo antes de que te fueses a América.

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Yozakura

Yasukuni es el templo polémico éste de los héroes/criminales de guerra, según quien lo mire. Es un lugar muy típico para hacer hanami y no creo que sea porque hay muchos cerezos, sino porque hay mucho espacio y lo tienen tan bien organizado con un montón de puestos y mesas, que no hace falta llevar nada. O eso me parece a mi.

El caso es que el otro día me pasé por la noche porque sabía que al lado hay unas vistas preciosas, y tuve la suerte de que no estaba tan lleno de gente como otros años así que me dí el gustazo de sacar el trípode y tirarme un rato sacando fotos sin molestar demasiado.

夜桜, Yozakura, está compuesto por el kanji de noche y el de sakura. Tan simple y tan bonito…

O eso me parece a mi.

Cereceando

Si nos fiamos del termómetro traidor y mentiroso, se puede decir que hoy ha sido el primer día de primavera de éste año en los Tokyos lirondos, y, lo que son las cosas, ha resultado ser un día desastroso desde por la mañana. En fin, sin dar explicaciones de sobra, digamos que he cumplido lo que tenía que cumplir y que ya he cubierto el cupo impuesto por Santo Tomás, así que pasemos página y saltemos charco, que mejor mirar para adelante que arrepentirse para atrás.

Total, que como a lo blanco de las flores le queda muy poco de reinado porque las hojas verdes ya se empiezan a hacer fuertes, he decidido intentar sacarle algo de provecho a las respiraciones que me quedaban despierto y, trípode al hombro y congoja a la espalda, a la calle me he ido a ver cómo de bien soy capaz de sacarles fotos de noche a los cerezos de mi barrio.

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Tate que en esas estaba, en lo de darle a la ruedita para que las rayas de la luz se quedasen detrás de la del centro, cuando viene un señor de unos cuarenta años con una Kirin sin abrir en la mano, una sonrisa de piano y varios grados de alcohol en la mirada.

– Please, drink it
– Oh, arigato gozaimashita
– Ala toma ya lo que escucho, ¿hablas japonés?
– Ná, un poquico sólo pa defenderme
– Oye, vente con nosotros que estamos ahí de hanami

Hay días en que ser la atracción del lugar no es lo que más me pone, pero también es cierto que lo de rechazar cervezas lo llevo muy mal, así que le sigo a un banco cuatro o cinco cerezos mas para allá. Digo yo que molaría que éste hombre tuviese veinticinco amigas dispuestas a descubrir mi caballerosidad y atractivo implícitos, tácitos e inherentes, pero en lugar de eso me encuentro a otro señor de más o menos la misma edad allí sentado enfundado en un mono de obra con menos sex appeal que Sancho Panza con ojeras.

– Ahí estaba sacando fotos con el trípode que si mira y apunta, que si apunta y dispara, y le he invitao a que venga -dice el señor 1
– Anda la leche, pues si, mira tú que cosas que aquí estamos mientras vamos -o algo parecido dice el señor 2
– Hola -digo yo mientras abro la lata y decido que me da igual todo, que la cerveza me la voy a beber muy a gusto se pongan como se pongan los tópicos, los cerezos, las isobaras y la NASA.

A partir de ahí, un poco más de lo mismo vivido mil y una veces ya: que si de donde vienes, que si flamenco y F.C. Barcelona, que si en qué trabajas, que si nihongo umai. Yo, lata en mano, mantengo la conversación casi sin pensar hasta que la cosa se pone interesante.

– ¿Pero tú porqué tienes esa napia tan grande? -dice el señor 1, a partir de ahora conocido como AL (aproximador con lata)
– Pos porque ha nacido así, anda que tienes cada pregunta que Kannon tirita -dice el señor 2, a partir de ahora conocido como SM (señor del mono)
AL: – jaja, también es verdad, yo no puedo explicar porque tengo esta cara tan rara
SM: – ni tú ni nadie
Yo: – jajajaja
AL: – míralo cómo se ríe!! ostras, cuéntale lo del mando a distancia
SM: – jajaja, ¿se lo cuento?
AL – si si, cuéntaselo que seguro que se ríe
SM: – vale, pues aquí Matías según le ves el otro día fué al curro con el mando a distancia de la tele pensando que era el móvil
Yo: – jajaja, ehhhh, jodé !!! jajajajjaa
SM: – tiene huevos!! porque tu me dirás un mando a distancia de una tele en qué se parece a un móvil!! ni el tamaño, ni pantalla…
Yo: – jajajaja, me imagino ahí cuando sacas el mando en plan: voy a llamar a casa, jajajajaja
AL: – miralo como se descojona!!! imagínate!! yo que saco el mando ahí y digo: are?, y luego llego a casa y mi mujer toda preocupada porque se había perdido el mando y no sabía cambiar la tele… no se lo conté nunca!!, hice como que lo encontré debajo de unas revistas!!!
SM: – si es que aquí AL es de lo que no hay
AL: – ¿tu conoces a alguien al que le haya pasado ésto?
Yo: – pues no, jajajajaja
AL: – esto sólo pasa en Japón
SM: – ¿qué Japón ni Japón? ¡¡ esto sólo te pasa a tí !! habrá una persona como tú de cada 10.000!!
Yo: – jajajaja -descojonándome a lágrima viva ya

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Me sigo riendo por un rato largo, esto me pilla con dos cervezas más y no paro de llorar de risa hasta el tsuyu.

SM: – Así que España, ¿ein?, pues yo una vez estuve en Francia y me parecieron muy fríos
AL: – ¿Si? ¿son fríos los franceses?
Yo: – Buff, los franceses dice…
SM: – Si, como ahí súper arrogantes todos que te miran por encima del hombro
AL: – Pero las baguettes están muy buenas
SM:– ¿qué tendrá que ver?!?!?!? perdona, ¿eh?, éste tío es raro, de verdad que no es normal, los japoneses somos mucho más normales, las baguettes dice,
Yo: – buajajajajajaja -ya he llegado al punto de no retorno, imposible parar
AL: – ¿tu te depilas las cejas?
Yo: – ¿el qué?, jajajaja
AL: – que si te depilas las cejas, yo me depilo aquí el entrecejo para que se vea que hay dos

Yo estoy gameover desde hace un rato… me duele todo ya de tanto reirme, pero saco fuerzas de yo que sé donde y le digo que no.

AL: – pues yo no me los depilaba, ni los pelos de la nariz, pero mi mujer me obliga a que me los corte y a mi me da como pena
SM: – ¿cómo te va a dar pena cortarte los pelos de la tocha? ¿pero qué me estás contando? a veces me pregunto porqué soy tu amigo!!!
AL: – que sí que me da pena, porque cuando tienes los pelos de la nariz largos se te caen menos los mocos en invierno, ¿cómo se dice moco en español?
Yo: – jajajajajajajaja, Dios!!!!, jajajajajaja, pues «moco»
AL y SM a la vez: – Moco! jajajaja, vaya palabra más graciosa!!!

De repente al SM le llega un mensaje por teléfono, se pone serio y le dice al AL que mejor ir enfilando para la estación, entonces me dan las gracias y me dicen que saque fotos chulas ahí, que a los cerezos le quedan dos telediarios, y que duerma bien.

Yo me vengo para casa, me quito los zapatos y, previo paso por el baño, me siento delante del ordenador deseando escribir esto que me acaba de pasar para que no se me olvide que no importa lo puerco que se presente el día, lo mugrientas que se vean las cosas… que tiene solución… ¡¡¡seguro!!!

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La liada del Freshness

Esto pasó hace mucho tiempo cuando Bea y yo estuvimos en el año 2001 por los Tokyos. No recuerdo si fué exactamente un Freshness pero sí que sé que no era un McDonalds, y tampoco tengo muy claro en qué barrio estábamos aunque me suena que fue cerca del estadio de Sumo de Ryogoku.

El caso es que pedimos un par de menús de los típicos con sus hamburguesicas, sus patatas y sus bebidas que nos sacaron en la bandejica esa. Yo, que soy un caballero de los que no quedamos, me dispuse a subir las escaleras con la bandeja en la mano cuando me tropecé y tiré todo a tomar por cleta. La lié parda, la bandeja por un lao y yo por otro… no me llegué a caer, pero dejé una bonita alfombra de patatas, desparramiento con ketchup de carnaca de hamburguesa, hielos y mucha mucha cocacola por todo el lugar, incluyendo paredes.

Recuerdo que me quedé blanco, que había un grupo de japoneses en una mesa que se descojonaban a carcajada limpia señalándome y que en lo que me quise dar cuenta tenía a dos o tres empleados del local limpiando el cristo que había montao. Mi primera reacción fue disculparme, claro, y la segunda ponerme a recoger con ellos para salir de allí lo más rápido posible y tratar de que mi cara recuperase su color blancuzco habitual. Para nuestra sorpresa, uno de ellos no me dejó limpiar nada, nos dió un número y nos condujo hasta una de las mesas de la planta de arriba dándonos a entender que no pasaba nada, que no nos preocupásemos. Al de un rato nos subió exactamente el mismo menú que habíamos pedido, y que yo había escanciado tan cordialmente por todo el local con mi entrañable salero moreno. Saqué la cartera para pagarlo de nuevo, pero no me dejaron, era como si no les cuadrase que quisiese pagar lo que no había podido comerme.

Nos zampamos el tinglao, seguro que a todo meter, y cuando bajamos las escaleras, que ya estaban limpísimas, yo me disculpé de nuevo pero todo eran caras amables. El grupo de japoneses que se descojonaron, se seguían descojonando señalándonos pero en plan majos como diciendo: «hay que ver el circo que has liao ahí en un momento, mozalbete chatuno!!!»

Mira por donde que a pesar de haber montao la de San Quintín, nos fuimos para casa con una sonrisa de oreja a oreja. Y así fue como nos dimos cuenta, a lo Steve Urkel, que era verdad eso que contaban de que en Japón el servicio era de otro planeta.

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