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De la mano con Toscano: el incubalegañas

Mirad que guapo está mi Kota, mirad mirad:

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Jaja, lo dejo aquí que luego Fran me llama ikucansinoooooo.

Total, que ya iba siendo hora de recuperar una de las secciones míticas características del blog que ha tenido la osadía de ponerse delante de ustedes tiempo ha:

¿Que de qué trata esta copla?, pues mayormente de que si partimos de que aquí en Tokio venden prácticamente todo lo imaginable, me parecería un desperdicio máximo que el Tío Tosca que les escribe no se ofrezca voluntario a rebuscar de entre todos esos productos aquellos que destaquen por una u otra cosa. Vamos, que mayormente me compro todas las tontás que se me cruzan por el camino y ya que las tengo, aquí las presento en sociedad y así de paso me sirve como excusa para otear el mercado.

Vayamos, sin más troquetronches, a los antecedentes del asunto: resulta que en mi empresa, que de normal no sé yo si tiene mucho, echamos siesta. Si señor, el mito spanish por excelencia mira por donde que se me ha hecho realidad aquí en Tokio. Ojo, no vayamos a pensar que esto es normal porque, que yo sepa, sólo nosotros lo hacemos. Pero sea como fuerererequere que a las tres de la tarde suena una alarma, bajamos las persianas, apagamos las luces y nos sobamos todos hasta veinte minutos después (a mi a veces se me ha escapado algún cuesquer, pero no digáis ná!! :secretico: )

Por otro lado, pongamos que Kota, que duerme con nosotros en la misma cama y no para quieto, me deja dormir un ojete, así que este ratillo de cerrar los ojos y echarse cuatro silbidos después de comer es gloria bendita. Pues bien, para maximizar el factor relajabilidad del asunto, resulta que existen unos antifaces que los abres y están calenticos por un rato bien largo, pensados para colocártelos en cualquier momento del día en que necesites descansar los ojos.

Siguiendo con la tradición de la sección, es menester bautizar semejante invento.

Lo llamaré:

¡¡ El incubalegañas !!
;)

Jodé, la última foto parece un sujetador hipster. Bueno, pues el caso es que yo no lo sabía, pero da mucho :gustico: echarse una siesta con los ojos calenticos y luego cuando te lo quitas, te queda una sensación ahí de recosica importante que perdura y maximiza la actividad rascateclil por el resto de la tarde. Las variables se declaran solas, no os digo más, los fors y los whiles dan hasta pena que se acaben.

Esta movida es una evolución de los Kairo que llevan existiendo aquí desde hace un montón de años. Son unas bolsicas que tienen no se qué elemento químico dentro que nada más que lo abres reacciona con el aire y se mantiene caliente algo así como ocho o nueve horas seguidas. Los venden de todo tipo: grandes, pequeños, con pegata, sin pegata, para las piernas, para metérselo en los calcetines… sin duda la manera de usarlos por excelencia es pegártelos por el cuerpo siempre y cuando no toquen la piel porque corres riesgo de quemarte. Yo llevo uno enchufao en la tripica desde que me ducho por la mañana porque la rasca que hace al venir en bici es bastante importante:

Y luego, y esto que no salga de aquí, llevo otro pegado en el culo. No en el culo culo, sino justo en la rabadilla pero la gracia es que lo llevo pegado en el calzoncillo por la parte de atrás y el otro día lo debí echar a lavar con eso pegado. Chiaki no sabía la pobre cómo afrontar la conversación…. estooooo, Oskar que… bueno, sin rodeos: ¿me quieres explicar porque coño llevas un calientatronchos en el culo?!?!?!?

Total, cambiemos de tema rápido, jaja, además de esto no hay foto. ¡Lo siento chicas!

Lo siguiente al Kairo bolsero es un Kairo USB que, por supuesto, también me he comprado. De hecho me compré dos, pero se me ha perdido uno por el camino. Mecagüen :peneke: , por cierto. Al final es un chisme igualito que los iPods antiguos con un puerto mini-USB para cargarlo. Después tiene un botón que si lo enciendes, eso se calienta un huevo durante más o menos una hora:

El cacharro mola para enseñar, pero el tener que andar cargándolo siempre es un coñazo y además solo dura una horita que no da para nada. Mucho mejor un Kairo calzoncillero que te tiene ahí con gustico bajero todo el día!!

Ala pues, partamos por la senda correcta que no es otra que :bythesegao:

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Entendederas

Cada vez más creo que coincide con algún resfriado gordo o principio de gripe, la verdad es que nunca he sabido cual es cual. «Gripe mal curada» creo que decía mi madre… o está curada o no está curada, pensaba yo. Total, el caso es que a veces a uno le viene una semana dada la vuelta: por las mañanas te levantas con el doble de sueño aún habiendo dormido las mismas horas, te sientes cansado, somnoliento, sin fuerzas… y normalmente en dos o tres días es cuando te empieza a doler la garganta y te sube algo de fiebre. Después se pasa y a otro puchero a untar en otra sopa para olvidar que esa semana no valías ni para cocido.

La anterior fue la siguiente a una de esas semanas. Quizás por eso, por no haber podido vivir con la intensidad deseada, la semana siguiente a esa semana de mierda suele ser una semana de puta madre. La coges con muchas más ganas y ese fue el caso de la semana pasada: fui al gimnasio todos los días, a Karate los que tocaba, estudié japonés, no aparqué la bici más que el día que vino el tifón para venir a la oficina y aunque me metía a dormir cuando los búhos ya se están echando copas con las lechuzas, al día siguiente me levantaba aliñando al mundo de buena mañana para zampármelo con dos huevos después del café.

El viernes, el responsable del equipo de desarrollo de mi proyecto, o sea el responsable del rascateclas que ahora mismo les rasca, vino a mi sitio para la reunión del viernes por la tarde, la última antes del fin de semana. El tío es más majo que un puñao de pipas peladas y encima sabe un huevo de lo que hace así que tiene mi respeto ganado prácticamente desde el principio. Esto sólo me pasa con dos personas más aquí dentro, no diré más. Pues bien, este buen hombre viene por detrás por sorpresa justo cuando yo estoy borrando algo de la pizarra blanca y me empieza a dar de hostias en la espalda mientras dice traducido algo así como «mecagüen la madre que parió al jenkins este». Son hostias suaves, de bromas, en plan como que si pilla al que programó el sistema del Jenkins ese le saca a secar al sol.

En Japón, el contacto físico no está bien visto. Los ciudadanos de a pie lo evitan en todo lo posible y se limitan a pequeñas inclinaciones de cabeza para saludarse. Incluso evitan mirarse directamente a los ojos.

Ese mismo día un par de horas antes me viene con cara de mala hostia y me dice: «Oskar he revisado lo que has hecho y ….» de repente cambia la cara a descojonarse vivo » ¡¡está perfecto!! ¡¡súbelo a producción!!». El soneto con rima asonante en que se convirtió mi cara costó en volver a prosarse porque no paró de partirse el ojete hasta un rato después.

Los japoneses son fríos, distantes, viven para trabajar y rara vez hacen vida familiar más allá de los fines de semana. Su vida es la oficina donde apenas se levantan de su puesto de trabajo ante la mirada inquisidora de sus superiores.

Llega la noche, esta vez no voy a Karate porque el sábado nos vamos a la casa nueva y todavía queda mucho por preparar. Al día siguiente a primera hora vienen los de la empresa de mudanzas, la hora concertada es las ocho de la mañana. A las ocho y un segundo según el reloj de la cocina llaman a la puerta y sube un señor con gorra de beisbol, unos brazos con cuarenta músculos más que tu y que yo y dos o tres cafés o tés en el cuerpo porque no para de hablar. En cinco minutos ya sabe de donde soy, el tiempo que llevo en Japón, lo de mi trabajo dentro de una oficina al resguardo de la lluvia, el frío y los odiosos muebles de Ikea que no hay Dios que monte después y ya se sabe el nombre de mi hijo, donde va a nacer y cuando. Yo, sin pretenderlo en ningún momento, me entero que se ha casado en España, que sabe decir uno dos y tres, y que anda que no están buenos los champiñones al ajillo.

En un rato suben cuatro más: dos pares de rapaces con la mitad de edad que el señor de cuatro triceps. El más alto es más soso que un kilo arena, pero parece buena gente, por lo menos llega a bajar los vasos de la estantería de arriba. De que se ponga de puntillas orienta la antena al Hispasat y me sale Matías Prats dando el parte. En cinco minutos tienen la casa forrada con una movida como de esponja, en diez tienen la mitad de las cajas ya cargadas en los dos camiones, en quince nos enteramos que la paella también le gustó un huevo y yo le he recomendado ya el restaurante de Ebisu que me sé y en veinte estamos ya camino de la nueva casa. Cinco mostrencos trabajando a toda hostia, tremendamente puntuales, poniendo todo el cuidado del mundo con un jefe más majo que quedarse solo en casa con un bote de nocilla y una cuchara sopera.

Cuando estamos cerrando Chiaki y yo la puerta de casa, vemos que los de la mudanza le han dejado una caja con pañuelos de papel a los de los pisos vecinos por las posibles molestias que hayan podido causar. Yo me quedo con una sonrisa en la boca. Un trabajo típico de chapuzas hecho con exquisito cuidado, con pulcritud, con atención al detalle y con un tipo al mando al que le das un micrófono y una cámara y seguramente te monta un circo del copón de la baraja sin quitarse la gorra ni escupir el palillo de la boca.

Al llegar a la casa nueva ya tienen el portal forrado de nuevo con la movida esa acolchada (que llamaré acolcher a partir de ahora) y eso que es la siguiente estación y nos hemos dado prisa. Les abrimos, el tío entra y mira la casa nueva y pega un silbido: «jodé, menuda pedazo de chabola» viene a decir. Emite otro par de sonidos agudos y ya tiene al mayor bigardo a este lado del Megurogawa montando una lámpara mientras el resto forra hasta a mi padre con cartones y acolcher max 200. «Torasutos de cocina» lee en voz alta descojonándose, «¿esto qué es? ¿inglés?, que coño, será español, no?, vete a saber que pondrá pero pesa como un demonio empachao, ¿donde queda esto?». «Todo en la sala», dice Chiaki. Yo hago un amago de explicarles lo que pone pero no tengo ni las palabras pensadas en japonés cuando el señor que habita debajo de una gorra ve al bigardo que no atina con la lámpara de Ikea y le pega cuatro voces: «quita copón, que todo lo que tienes de alto lo tienes de manazas, ya lo hago yo». Pero él no llega, claro, ningún ser humano llega a pelo más que el bigarder y así nos lo hace saber: «juas, ¿y ahora cómo hago yo esta movida?, me he pasado de listo, bigardeeeer trae la escalerica». Y montado en una escalera con las patas forradas en acolcher extraplus monta una lámpara de cinco focos no antes de decir cuarenta veces que las lámparas japonesas son de poner y ya, que jodé con los suecos y la madre, con todo el cariño del mundo, que los parió a todos.

Después se van por donde han venido y nos hacen bajar a que les echemos un ojo a los camiones para firmarles un papel en el que pone, entre otras cosas, que no se han dejado nada nuestro dentro. Nosotros les damos unas latas de cerveza y no les invito a cenar porque el bigardo tiene pintas de comerse a Dios por una pata y tampoco tengo muy claro en qué caja queda la paellera. El jefe se ríe y más contento que un ruiseñor se las enseña a los otros: «mirad lo que nos han dado, luego nos las pimplamos a la salud de vuestro hijo». Después nos hacen mil reverencias y se van. El bigardo no se ha reído ni una sola vez, el jefe no ha parado, a los otros tres prácticamente no les hemos oído. Por el camino se acuerda de algo y llama por teléfono a Chiaki: «ah oye, que con el pack este de la mudanza tenéis derecho a mover una cosa grande y cuatro pequeñas, así que si la cama la queréis mejor en otro lado o la mesa en la otra habitación nos llamáis y viene uno de nosotros y os lo mueve gratis».

En dos horas la mudanza hecha, una experiencia para recordar y la sensación de que en este país las cosas funcionan como en ningún otro. Claro que nos podría haber tocado un tío serio como el que nos colocó la lavadora ayer que no se reía ni pegándole con un palo, pero no fue así. Aunque hubiese sido normal. Como es normal que en la oficina de Zamudio donde estaba yo había cuatro gilipollas bordes lameculos y veinticinco mil personas encantadoras. Como es normal que en Tokyo vayas a un bar y a lo mejor hay un tío más tonto que Abundio que te mira mal porque eres extranjero pero que al resto del bar se la suda y seguramente cuando lleve un par de líquidos de la risa de más encima te venga a hablar porque le haces gracia. Como es normal que vayas a comprar algo a un centro comercial de Bilbao y lo mismo te puede tocar la tía más tonta del mundo como el señor más encantador del barrio. Como es normal porque todos somos personas cada cual con sus soserías de mal día y sus saleros de días garbosos y da igual que uno esté en Japón que en España que seguramente en casa Cristo aunque yo no he estado, que me apuesto el otro bote de nocilla que me queda a que será igual. Que cada cual es como es: el mayor tontaco del mundo, la persona más simpática de la tierra, el tío más callado del universo o la perraca más perraca de Falcon Crest con gripe mal curada.

Lo que no es normal es lo otro: pensar que todos son iguales por ser de un lugar. Eso si que no es normal.

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Intento de cambio de tercio

Era una empresa de informática ubicada en Ginza. Vendían artículos de cierto lujo por internet, el sueldo era muy bueno y más o menos yo cumplía todos los requisitos del puesto de programador. Aquella era mi segunda entrevista después de pasar un test on-line. Esta vez tocaba programar en javascript durante una hora bajo la atenta mirada de tres miembros del equipo encargado de la cara visible de la web. Al igual que con la anterior de Ruby, no se me dio mal tampoco: fui capaz de sacar adelante lo que me propusieron sin demasiado problema.

Entonces entró un tipo calvo con ojos azules de esos que cuando te miran parece que te atraviesan. Salvando el color de ojos, tenía esa misma mirada perdida, ida y nunca venida, de loco que John Malkovich en sus películas. Su papel también estaba conseguido: iba a ejercer de entrevistador borde y con ese tono bien asumido, empezó a disparar una serie de preguntas de las que probablemente pocas personas sabrían las respuestas, o seguramente es que yo soy poco práctico tratando de memorizar tonterías:

– ¿Por qué se dice que Ruby un lenguaje de «method missing»? ¿te sabes todos los códigos de error HTTP? ¿cómo está implementado internamente un hash?…

Creo que supe contestar una o dos de veinte. En algunos casos eran conocimientos olvidados al minuto siguiente de graduarme de la universidad; la otra mayoría eran preguntas trampa cuyas respuestas prácticamente nadie que se dedique a programar se sabe, porque no se necesitan en el día a día y si se diese el caso, internet provee. Malkovich, sin embargo, consideraba muchas de estas preguntas «básicas» para el puesto, y cuando yo, con media sonrisa en la cara, contestaba que no sabia me volvía a preguntar si de verdad había estudiado informática, que le dijese el nombre de la universidad porque «no pensaba que era real».

A la cuarta o quinta pregunta ya tenía claras dos cosas:

– Que el tito John era total, absoluta e inequivocamente gilipollas.
– Que a mi, en realidad, me daba igual de verdad todo esto de la informática. Que me dan igual los códigos HTTP, las listas enlazadas y sus notaciones O. Que no sé qué coño estaba haciendo yo allí más que perder el tiempo delante de un tonto del haba que creía tener la sartén por el mango y que yo le debía la vida cuando a mi aquella farsa me era indiferente.

Al tarado calvo le sentó mal que le contestase tres veces seguidas que no sabía, porque en realidad es que yo ni hacía ya por pensar porque me estaba dando igual aquella comedia desde hacía un rato, y me dijo «bueno, pues ya está, no tengo más que hacer aquí». Así me dio a entender que yo no tenía absolutamente ni puta idea de nada y se fue sin decir adios. Yo en vez de decirle que era de las personas más ridículas que me había echado en cara últimamente, le di las gracias e incluso me levanté del asiento para despedirle demostrando que allí, en aquella sala, al menos había un tío íntegro. Aunque en aquel momento me hizo gracia, ahora pienso que que fuese un entrevistador no le da derecho a faltar al respeto a nadie, y que le habría venido bien que le hubiese dicho cuatro cosas. O encadenarle una hostia. Una hostia bien dada siempre ayuda a reflexionar al hostiado y gratifica al hostiante. Encima a mi John Malkovich siempre me ha caído como el culo.

Ayer llegó la respuesta de la secretaria de la empresa en la que me dicen que, oh sorpresa, «se han decantado por otro candidato».

Aproximadamente un mes y medio antes también estuve en otra entrevista de trabajo. La oferta era para «Profesor nativo de inglés para organizar actividades para niños» y el puesto era precisamente para esto mismo: organizar y dar clases de distintas actividades a niños, pero en inglés. El objetivo es que los chavales aprendan inglés pero no con la sensación de que lo están estudiando, sino pasándoselo bien cocinando un flan, haciendo escalada, dándole patadas a un balón o pegando patadas de karate…

Me pareció una idea increíble y pensé que yo sería capaz de hacer un trabajo así, que a ver por qué no. Y cogí y escribí una carta de presentación enviando mi solicitud para el puesto. Le dije a quien fuese que lo leyese que no mirase mi curriculum puesto que yo no era profesor y tampoco cumplía lo de nativo de inglés. Pero le rogué que leyese esa carta de presentación hasta el final. Allí le conté que yo fui profesor de Karate hace muchos años en mi pueblo, que me gustan los niños, que voy a ser padre este año y que no veo el momento. Guiado por la mayor sinceridad que fui capaz de desempolvar, le dije que hacía años que no sentía satisfacción por mi trabajo, que no me parecía algo humano, que no era algo real. Que era imposible que hacer una página web, por muchas visitas que tuviese, suscitase el mismo nivel de satisfacción que ver a un niño aprender, sonreír… saberte parte importante de su infancia, que lo que haces tiene repercusión real, que le importa y le vale a alguien. Creo que puse que no era ni la misma clase de satisfacción, que no eran comparables. Puse, en perfecto inglés, que aprendería más inglés, que daría clases yo mismo para pronunciar mejor si hacía falta. Le dije que si me cogía, si me daba la oportunidad, iba a tener ahí a un tipo que se iba a dejar la piel por ver a los chavales reírse y aprender a partes iguales, que puede que encontrase a mucha gente con mejores credenciales, con más experiencia, con mejor preparación para el puesto, pero que a ganas les ganaba yo por goleada.

Y me llamaron y me hicieron una entrevista porque al presidente le gustó lo que yo había escrito allí y decía en aquel email que quería conocerme. Así que siguiendo las indicaciones, acabé en Tsukiji, a escasos metros de la lonja de pescado más famosa del país. Por el camino y prácticamente al lado de la oficina me encontré con un restaurante con el nombre de mi mujer. Ni el nombre ni los kanjis son demasiado habituales y yo, que me dejo ilusionar a nada que sople el viento, me tomé aquello como una señal. Tanto es así que se me humedecieron los ojos como el bobalicón que soy.

Ya sentado en aquella sala, un señor más bien jóven aunque con canas, me dijo que era un tipo valiente, peculiar, que si de verdad odiaba tanto los ordenadores, que para cuando iba a ser padre y que si su madre era japonesa porque seguro que el niño sería muy guapo. Los niños mixtos siempre son guapos, repitió…

Atiende Malkovich cómo se empieza una entrevista, calvo lunático de mierda.

En un tono amable, aquel tipo que se parecía a Miyazaki el de las películas de Ghibli, me contó que el puesto sería, efectivamente, para dar clases pero que también querían que mantuviese la web de la empresa con lo que me dijesen las madres de los chavales, es decir, que me tocaría también ir evolucionando el sistema web con el que profesores y madres gestionan y hacen seguimiento de las clases. Me pidió perdón porque después de leer la carta asumió que yo no quería tener que ver con nada que tuviese una pantalla y me insistió en que sería sólo ocasionalmente, que mi misión principal sería buscar, organizar y enseñar a los chavales. Que sería sensei, que lo de rascateclas sólo de vez en cuando. Pensaron que sería buena idea que aprovechando que yo sabía, que iba a ser mucho más efectivo que yo mismo, como usuario, mejorase el sistema a la vez que era profesor. No me pareció mala idea.

Después hubo una segunda entrevista y una cena que pagó este mismo señor en la que ya me hablaba como si fuese yo uno de sus empleados. «Tienes que estudiar japonés, tienes que ser capaz de leer y escribir sin problemas, eso es algo que tenemos que arreglar» me decía mientras yo no hacía más que imaginármele dibujando a Totoro con un paraguas.

Lo que son las cosas: ayer llegó una oferta formal y hoy, después de echar muchas cuentas y hablar muchísimo con Chiaki, he tenido que rechazarla. Ya no soy yo solo, las decisiones que tomo no me afectan ya solo a mi, ahora son cosa de dos, de casi tres. Es cierto que perdería dinero, pero podría hacer algo que me entusiasma. Cambiaría estúpidas estimaciones-farsa con el único sentido de tener algo con que apretarte los tornillos después, con ponerme el karategi de Karate y enseñarles a los niños, en inglés, cómo se pegan patadas laterales en el arte marcial que crearon en su país. Aparcaría esos javascripts que nunca funcionan y jamás lo harán a la primera en Internet Explorer y me metería a llevarme a los chavales a un rocódromo en Tokyo para contarles porqué no deben cruzar las piernas. En vez de leerme documentaciones de APIs, usaría internet para encontrar nuevas actividades, nuevos locales, nuevas experiencias que compartir con niños japoneses de hasta seis años que harán que llegue a casa con la sonrisa del que disfruta cada minuto de su trabajo.

La razón principal por la que he tenido que, espero, posponer esta oportunidad es que para que un banco me dé un crédito, tengo que llevar al menos dos años con contrato fijo en la misma empresa. Me falta medio año, después, si todo sale bien, podré tener total libertad para cambiar si las condiciones económicas lo permiten.

De todo esto he aprendido un par de cosas. La principal es que es perfectamente posible: he estado más cerca que nunca de cambiar de profesión y si hay suerte quizás pueda hacerlo en un futuro cercano. La segunda es que, efectivamente, tener un hijo te cambia la vida y ya no puedo tomar decisiones tan a la ligera de estas más de mi instinto y de mi corazón que de mi cabeza. Todo se debe enfocar a que ese chaval tenga lo mejor que le podamos dar en cada momento y no queremos que esté en una habitación, en una casa que nos resistimos a amueblar y decorar en condiciones porque no es nuestra.

Pero… no sé. Sigo creyendo que aquello fue una señal y que esto no se acaba aquí…

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El chorrico portátil

El otro día cuando fui a echar la meadilla de rigor de madrugada en aquél ryokan, resulta que el WC tenía vida propia y se movía solo. Me asusté más que cuando el Chiqui subió una foto a instagram sin tagear, no os digo más… espeluznante….

Algo que no se menciona en la semejante obra del séptimo arte que me casqué aquella tarde, es que el váter que nos ocupa tenía ojetil oriented chorrer (también conocido como ¿qué clase de lamentable vida tenía yo antes de conocerte?).

Ahora que tampoco habría pasado nada si no hubiese tenido chorrete incorporado porque resulta que llevan vendiendo desde hace un tiempo…

¡El chorrillo portátil!
:ahivalaotia: & :gustico:

En efecto amigos, ni más ni menos, ni menos ni por. Andaba yo pensando en pa donde coño mirarán los girasoles de noche cuando me crucé con este artefacto diseñado para poder disfrutar en cualquier parte del placer de los Dioses que supone manguerarse la catenaria después de haber sacado la leña al porche.

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Ojete al vídeo, valga la redundancia:

httpvh://www.youtube.com/watch?v=NaCkgL8jm2g

Esto si que es una obra de ingeniería y no haberle restirao el pescuezo al iPhone ese… encima más fácil de usar que ni sé, a saber:

1

Llenar de agua el PortableChorreitor, Cocacola o Fanta naranja si se quiere dotar de cierto matiz simpático a la par que exótico a la ya de por si entrañable situación

2

Extender el elemento apuntador

3

Orientar el puntero a Mordor

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Ahí queda el panorama, ¿qué te parece el asunto?, ¿cómo te quedas?, yo entre fascinado y acojonado estoy. Ahora que una cosa te digo, ten claro que en Japón el que no pone a remojar las alubias es porque no quiere.

Tomatina japonesa, medias maratones, Fuji, Taiko…

¡Buenos días y bienvenidos al parte mañanil mañanero contado por un Toscanín Toscanero!

Vayamos, sin más dilación, con el parte del día en cuestión:

La tomatina japonesa

Una de las cosas más famosas de las hispanias aquí en los nipones aparte de mi instant idol Ceci…

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… son los San Fermines y la tomatina. Que estaría bien que fuesen los aurreskus y los pintxos del EME de Bilbao, pero no ha cuajado el asunto, qué le vamos a hacer. Bueno, pues total, que este domingo hay una tomatina a lo japonés cerca del río Tamagawa. Lo organiza «Tomatina House» con el logo más feo que he visto en mi vida, y como en Japón hay más gente que en la cola para pegarle a Rajoy, el asunto va con aforo limitado: sólo se pueden apuntar cien personas. Cada uno apoquina 2500 yenes, y en una plaza de cuatrocientos metros cuadrados preparada para el evento, a tirarse todos tomates como si no hubiese sol naciente mañana.

Entre las normas está la de «no arrancar ropa de la gente, especialmente de mujeres», jajaja, por lo visto el que lo organiza ya sabe el asunto!!.

Y ojo que hay polémica! por internet hay dos tipos de gente, los que están encantados con la idea, y los que se quejan por dos motivos: porque es un total y absoluto desperdicio de comida que bien podría enviarse a Tohoku, y los que dicen que vaya idea más original copiar algo de otro país, que vaya sinsorgos, como si en Japón no tuviesen suficientes matsuris autóctonos…

Viendo el precio de los tomates en Japón, no tengo muy claro cómo les saldrá rentable el tinglado, aunque seguro que no se haría si no sacasen chines, esto es así.

En fin, un buen plan para la tarde del domingo. Ir a tirarse tomates no, porque el aforo está completo desde hace meses, pero ir a ver no se descarta, seguro que hay ambientillo.

Por si alguien se anima: estación futagotamagawa, sobre las doce del mediodía.

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La media maratón de Yokohama

Una horrorosa tarde de enero que me tocó correr unos veinte kilómetros por el entrenamiento para la maratón de Tokyo llegué a casa jurando en hebrew maldiciendo mi propia estampa por meterme en camisas de eleven varers. Las pasé tan tan pu田s, calado hasta arriba, muerto de frío, con rozaduras a ambos lados de mis soberanos y las piernas pa Tudela… que me prometí que una y no más, Santo Tomás.

Hasta que salí el día de la maratón y sentí que estaba más vivo que en toda mi diminuta y saltarín vida. Eso había que repetirlo de todas todas, como que ya estamos apuntados para la del año que viene, no te digo más. A ver si hay suerte y me cogen y vuelvo a morirme entrenando para vivir dos veces ese día.

Por si acaso, me he apuntado también a la media maratón de Yokohama, que ahí no va por sorteo. En principio a modo de entrenamiento para la de Tokyo, pero seguro que va a ser una gran experiencia salir ahí el 2 de diciembre a patearnos el barrio chino. Encima el Chiqui también está apuntado, esta vez legal (jaja, por cierto, me descojono, pones «albaceteño» en Google y sale el segundo!!!)

La presión dentro del Fuji

No nos olvidemos que el símbolo por excelencia de Japón no deja de ser un volcán. Yo no estaba todavía ni pensao por mis padres, pero se dice que la última erupción fue allá por el 1707. Pues bien, agarrense los machos, ahora mismo el Fuji tiene algo sí como 16 megapascales de presión, que debe ser como 16 veces más que la que tenía aquella última vez.

Una de las réplicas del gran terremoto del año pasado, especialmente una de magnitud 6.4 sobre la zona hizo que se vigilase más de cerca, y se han encontrado indicios que hacen que aumente la probabilidad de que entre en erupción de aquí a tres años: gases que se emiten desde el crater, erupciones de agua caliente y lo que quizás dicen que es más decisivo: una falla de 34 km que se ha encontrado justo debajo del volcán

La media maratón del Fuji

Genial noticia la anterior que da pie a la última historia que quería contar: me he apuntado, también, a la media maratón del monte Fuji.

Como dijo mi amigo Pablo:

…total, si pasa ya os pilla corriendo…

Esta carrera es justo una semana antes de la de Yokohama, y la verdad es que me apunté por lo impresionante del lugar. La media maratón consiste en darle una vuelta al lago Kawaguchi que está pegado a mi amigo el revoltoso volcanete, yo esto lo hice en coche una vez y es un paisaje realmente espectacular… tiene que ser una gozada correr esto en plena naturaleza y además en otoño, Japón 100%!!

La clase de Taikos

Una de las webs que hacemos en mi trabajo es de cupones, podría decirse que es un clon de Groupon a lo japonés. Nosotros hacemos el sistema, pero los que meten los cupones están en otro lado, así que no sabemos qué se va a vender y que no. Estábamos ahí haciendo unos ruby debuggers cuando de repente apareció un cupón para ir a clases de Taiko… ¡nos apuntamos cinco!. Ayer fuimos a la primera clase, y la verdad es que nos lo pasamos muy muy bien. La cosa es chunga, hay que tener sentido del ritmo y mucha mucha coordinación, pero pinta muy bien y es muy divertido. No descarto yo que esto se convierta en otra toscactividad habitual más… me pilla más o menos cerca del curro y como me cuadre un día a la semana con las clases de Karate, ya me veo ahí dándole caña!

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¡¡ Buen fin de semana !!
:gambi:
¡haced bueneces!

The tamagotouchers

Existen cierto tipo de personas que cíclicamente se entrometen en nuestras vidas sin ser invitados con la desfachatez de tratar de hacer daño cubriendo, en la mayoría de los casos, complejos escondidos detrás de semejante fachada de soberbia idiotez. Complejos, taras emocionales… o simplemente estupidez suprema que les supura por los poros… seguro que ahora mismo os habéis acordado de dos o tres, y eso que sólo llevo un párrafo.

Es curioso que estén siempre ahí sin importar el país en el que se haya nacido, la edad que se tenga, la oficina o la actividad en la que se coincida. Ellos tratarán de darte por saco todo lo que puedan si les dejas, porque está en sus defectuosos genes, en sus mohínas y mohosas neuronas, en su triste alma. Pasemos a una serie de ejemplos de tamaño despropósito, conmigo como objetivo y teniendo como tema común que se metieron en mis asuntos con el único afán de tocarle los soberanos atributos al que les escribe:


En el campamento de Karate, Kojima-san, uno de los tíos más majos que hay aparte de que hace pasta de miso como nadie, me cuenta que vamos a ir a echar carreras a la playa con los chavales, pero que les dejemos ganar para que estén contentos. Un compañero que escucha la conversación y con el que habré coincidido tres veces en los cinco años que llevo yendo a clases de Karate en Tokyo, se mete en el lío:

– ¿Para que le cuentas nada si no te entiende ná? ¿no ves que no sabe japonés?– esputa con altivez

– ¿Cómo que no entiendo?, pues a ti te he entendido aunque no me ha gustado un pelo lo que has dicho.

Le doy la espalda y sigo hablando con Kojima-san:
– ¡Por supuesto!, es más a ver si conseguimos que Shotaro llegue el primero, ¡que es el más pequeño!

Después me entero que el rascayú #1 que nos ocupa estuvo viviendo en Francia cerca de tres años. Ahora se explica el asunto, claro. Por supuesto, fue ignorado completamente los tres días de campamento y así seguirá por los siglos de los siglos.


Al curro nuevo entramos dos personas prácticamente a la vez. Él parece ser que tenía bastante experiencia con Ruby on Rails, yo podría decirse que había oido hablar de ello pero poco más. Aún así, poco tardé yo en estar desarrollando nuevos tickets tardando más o menos lo mismo que él que se tiraba las horas más pendiente del estado del Facebook que del debugger. No era raro que soltase un «quería hacer la subida a producción hoy, pero ya no me da tiempo» la mitad de los días en la reunión de la tarde.

Curiosamente, mi primer trabajo fue escribir un script en Ruby que instalase todo el entorno de desarrollo, y yo hice lo que pude durante las dos o tres primeras semanas. Otro compañero me lo revisó y me dijo que no estaba siguiendo la nomenclatura standard de Ruby, por lo visto aquello se parecía más a Java que a otra cosa. El rascayú #2 que escuchó la conversación tampoco pudo reprimir sus rebuznos que, gracias a esa vozarrón que me tenía aquí el Algarrobo, los debió escuchar hasta Hachiko el perrotrinque:

¿Qué me estás contando!?!? ¿!¿ que no estás escribiendo como en Ruby !?!!?, ¿pero de donde has salido tu?, ¿no te da verguenza? ¿pues si ni siquiera sabes eso para qué te pones a hacer nada!?!?!? Mwa ha ha ha

Ahí, siguió descojonándose un rato a mi costa hasta que, supongo, se cruzó con la más significativa de las miradas que no pude evitar tirarle a los ojos. Parece que lo siguiente me lo invento, pero no: el tío era canadiense pero de la rama francesa, no te lo pierdas esto que ya se está convirtiendo en norma.


Al acabar la clase de Karate nos solemos quedar unos cuantos a practicar delante del espejo. El profesor siempre está un rato, así que es el momento idóneo para preguntarle dudas o para tratar de que se fije en algún movimiento que mejore el kata que tenemos entre puños. A mi ese día me dio por hacer técnicas de pierna encadenadas con el objetivo de dar con alguna combinación que pudiese ser utilizada en el campeonato nacional. Así, lanzaba una patada de frente que en el último momento cambiaba a lateral buscando la cara del imaginario adversario al que, para rematar, le lanzaba una última patada hacia atrás girando ciento ochenta grados el cuerpo buscando su estómago. No me acababa de salir bien ésta última, pero yo insistía tratando de no perder el equilibrio al final. Le acabé pillando el truco y ya me salían sin caerme tres de cada cinco cuando me quise dar cuenta estaban todos los demás mirándome y empezaron a aplaudir con algún que otro «sugoi» de por medio… hasta que el americano medio calvo que viene a veces empezó a ladrar:

– Ba, pataditas pataditas, eso no vale para nada, que va a ser lo siguiente, ¿volar?, lo que tienes que hacer es bajar las posiciones y buscarle con puñetazos, así, ¿no ves?

Y el tío se pone a hacer el ridículo con técnicas básicas mal hechas y posiciones bajas que no tienen ningún sentido en kumite, todo así, sin venir a cuento en absoluto, pero claro, le escocía de alguna retorcida manera la situación. Yo, sabiendo además que aquí mi primo Telesforo es un tipo bastante negado karatekilmente hablando, sigo a lo mío ignorándole por completo. El resto hace poco más o menos que lo mismo que yo. Después tengo la mala suerte de volver a coincidir con él en el vestuario donde empieza a soltar lo que se ve desde lejos que va a ser una chapa del quince, que yo le atajo de raíz:

– ¿Pero tu te has presentado a alguna competición? -le pregunto riéndome porque ya sé la respuesta que me va a dar aquí el rascayú #3.
– No, pero…
– ¿Pues entonces que tenemos que hablar aquí?



En la noche de monólogos en Tokyo con Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes yo salí el primero con más nervios que el urólogo al que le tocó revisar la próstata de Bruce Banner en la revisión médica pasada. Nervios que no se me quitaron hasta el final cuando por fin pude pasarme al lado de los espectadores. Después, al acabar, acompañé a Chiaki a la estación porque tenía que trabajar al día siguiente y me volví al bar. Por el camino me crucé con gente que no conocía de nada que me paró para felicitarme por la actuación, menudo gustico me daba el asunto de creerme famosico por un ratico.

Cuando llegué de nuevo ya no había tanta gente, así que los que estábamos metidos en el ajo nos relajamos ya un poco con alguna que otra birra en la mano. Estaba yo pidiendo la mía cuando otras dos personas vinieron a felicitarme. Uno empezó a darme palmadas en la cara, como tres o cuatro seguidas mientras me perdonaba la vida graznando algo así como «¿seguro que tu no eres de los de muchachada nui de toda la vida, chavalote? oye que me he reido contigo, que ni tan mal». Yo sonreía reprimiendo el devolverle el gesto condensado en una sola palmada, vamos, lo que viene siendo una bofetada hostilínea uniforme.

Después me enteré que eran los dos mismos rascayúes #4 y #5 a los que todo el mundo chistaba porque estuvieron armando jaleo desde el principio, que hubo que llamarles la atención unas cuantas veces para que dejaran de grabar con el iPhone y que además le habían hecho lo de las palmaditas en la cara también a Joaquín y a Ernesto.


No sabía que te habías casado -me dice el señor mayor aquél con el que tuve el incidente
Pues si, un poco si -le contesto secamente, como siempre después de la que me lío aquel día, y sigo cambiándome de ropa tratando de salir del vestuario lo más rapido posible para no tener que aguantarle
Pues oye, enhorabuena -me dice sorpresivamente
Vaya, muchas gracias -le contesto bastante sorprendido
Jodé, pero anda que no has engordado ni nada -me suelta así de sopetón, para compensar.
Pues tu me dirás donde, porque cada vez peso menos -le digo y me piro por no mandarle a yakuear asparas.


Continuará….
(irremediablemente)
:espabilacopon:

Otra vida más

La vida es el resultado de las decisiones tomadas en el pasado junto a grandes dosis del impredecible y muchas veces burlesco azar. La rutina del día empieza y acaba casi siempre de la misma manera aunque uno nunca sabe que va a pasar en el medio, que es donde suele estar la miga que pellizcar si uno aprende a no dejarse llevar por el vil pasar de las horas.

Elegí irme del trabajo anterior y fruto de esa decisión unido a mucha suerte de cuya magnitud quizá no soy consciente, hizo que empezase unos días después en una nueva oficina donde llevo una semana aprendiendo cómo se corta la baraja en la empresa más japonesa en la que he estado nunca. Fui yo quien decidió anteponer la ley de no tolerar jamás tratos intolerables y me fui. Pero fue el azar el que quiso que pasase de PHP y Objective-C a Ruby on Rails, de contratos temporales por sistema a condiciones en condiciones. Mi vida ha mejorado porque tome una decisión cambiando algo que debía ser cambiado en ese preciso momento, el azar hizo lo demás.

Me apunté prácticamente sin pensar a la maratón de Tokyo en la que es muy difícil que te cojan. Quise seguir adelante en serio cuando lo hicieron y de nuevo mi vida cambió radicalmente. La elección la hice yo, la suerte hizo el resto. Ahora corro durante toda la semana y miro al domingo 26 con mucha ilusión y entusiasmo porque sé que es un día que no olvidaré jamás. Pero también he tomado la decisión de no seguir por este camino porque no me gusta en qué se ha convertido esta parte de mi vida en los últimos cuatro meses. Han cambiado muchas cosas; me encuentro mucho mejor físicamente pero no es lo que quiero hacer con mi tiempo libre así que ya he tomado cartas en el asunto. Dejar de correr todos los días es sin duda una provocación al azar que seguro que cruza algo nuevo en mi camino. Por de pronto retomaré Karate con muchas ganas y estoy convencido de que la motivación con la que afrontaré este regreso al dojo traerá algo más consigo.

El otro día un viejo conocido de cerca de Bilbao me dijo que yo tenía mucha suerte, que tenía un buen trabajo, que estaba en buena forma, que hablaba idiomas, que conocía mundo, que parecía que había nacido con una flor en el culo. Este buen hombre dejó los estudios hace muchos años porque no le llenaban, llevaba muchos meses en el paro y me contaba que había engordado por culpa de la ansiedad que le provocaba la situación. Encontró trabajo, uno que dice odiar con toda su alma tanto como a la mayoría de sus compañeros, aunque tampoco va demasiado a menudo porque tiene dolores de espalda debidos a su sobrepeso que le obligan a cogerse bajas frecuentemente. Me decía que me tenía envidia, que todo me salía bien, que ojalá fuese yo.

Que ojalá fuese yo.

Cuando llegué a Japón 5 años atrás, mi vida estaba tan rota que se me escurría el alma por las grietas. Estaba tan solo entre tanta gente que me sentía triplemente vacío.

Pero por mis huevos que me aseguré de mirar una y otra vez las cartas que me tocaron y de empezar a jugar hasta que pude arrastrar o cantar las cuarenta aunque fuese de Pascuas a San Pedro. Porque la cosa va así: casi nunca se gana, lo normal es que pierdas o que te quedes como estabas.

«Que ojalá fuese yo» me dice. Y el tío, más cerca de los cuarenta que de los treinta, todavía no ha empezado ni a barajar las cartas.

Que ojalá fuese yo.

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Ilustración de Andrés Jarit

Pros

Cada cual es cada cual con sus circunstancias, su flequillo y sus orejas. Seguramente si esto mismo lo escribiese cualquiera de mis paisanos aquí, no coincidiríamos en muchos puntos. El caso es que me ha dado por hacer una lista con lo que me gusta de vivir como vivo, las ventajas, los pros que le veo a ser quien soy y estar como estoy: un tipo bajito de 35 años que lleva los últimos 5 viviendo sólo en una madriguera en Tokyo de poco más de 20 metros, una ducha y tres baldosas.

Vamos a ello:

– no veo la tele prácticamente nunca, quiero decir que no veo lo que echan normalmente, lo que hago es enchufarme algún capítulo de alguna serie desde la cama todas las noches antes de dormir. Me gusta no tener ni idea ni de famosillos, ni de programas del corazón, ni de política, ni de fútbol ni de nada de tintes borreguil borreguenses que nada tienen que ver con mi vida. Ese tiempo lo empleo en hacer ejercicio, estudiar, afotar, escribir, dibujar, pasear… esencialmente no parar quieto, por no tener, no tengo ni sofá donde aperrearme.

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– vivo sólo, con lo que puedo hacer muchos «experimentos» sin dar explicaciones: salir a correr a las tantas de la noche, hacerme cursos de edición de vídeo o fotografía de madrugón antes de ir a currelar, comer sólo ensalada con almendras y cenar pescado durante una semana y ver como va la cosa, pasar noches enteras por ahí y volver cuando yo quiera, pirarme de repente a afotar eclipses con la rasca… probablemente viviendo en familia / pareja no podría ser el loco de los deportes que soy ahora con todo lo de la maratón: que cuando no estoy corriendo, estoy estirando mientras ceno, subiendo paredes o en clases de Karate. Nunca he sido tan libre como lo soy ahora y sé que no va a durar, probablemente para bien, pero oye, que da gustico ser un vivalavirgen y hacer todas las chorradas que a uno le de la gana.

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– olvidé todo lo que tiene que ver con coches desde hace 5 años: seguros, revisiones, caravanas, estrés, pitidos, pirulas, sustos… mi vida mejoró increíblemente en cuestión de bienestar y nivel de cabronismo. Incluso ahora que tengo una moto para moverme por Tokyo desde hace un año, no tengo esa sensación de tener que «pasar el trago entre tarambanas al volante» para ir a currar por las mañanas, al revés: me lo paso como el enano que soy (cuando no me hostio contra pseudoyakuzas, claro).

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– la religión no ocupa un lugar en mi vida desde hace muchos años, pero nunca hasta ahora ha sido tan ajena a mi: aquí la Navidad se basa en poner luces hasta en los bonsais y tratar de vender la luna confitada y en almibar, no existe la semana santa, raro es ver una iglesia, y los templos y yo nos respetamos mutuamente (y eso que esto de los templos me pilla muchísimo más cerca de lo que os podáis imaginar, je!, me guardo esto para mi). Ojalá pudiese juntar todo el tiempo perdido entre misas y catequesis cuando era crío para hacer algo más de provecho, como sacarme mocos o pintar cucamonas. Una cosa curiosa es que… ¡hay testigos de Jehová!, aunque casi no se pasan.

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– recuerdo julios y agostos con Bilbao desierto: ni un alma por la calle y la mitad de las tiendas cerradas por vacaciones… menos ambiente que en el twitter de Perales. Recuerdo veranos de aburrimiento extremo. Aquí la actividad no para nunca, no importa que sea agosto, febrero o domingo de después de que el Fútbol Club Meguro ganase al Athletic de Shibuya por 3 a 0: no cierra ni se para nada, por ejemplo: hay clases de Karate todo el año salvo dos o tres contadas ocasiones como la Golden Week, todo el año es todo el año: sábados y domingos incluidos. Uno descansa cuando quiere, no cuando le obligan.

– es impensable levantarse un sábado o un domingo y no saber que hacer. Tokyo es inmenso y los amigos aquí todavía lo son más: siempre hay algún tiesto que regar. Es más, lo difícil es escaquearse y tratar de pasar un fin de semana sin hacer nada, eso es lo que prácticamente no pasa nunca.

– vivo inmerso en un entorno «hostil». Es decir: aquí todo el castellano (y prácticamente todo el mundo conocido) es irrelevante, debes saber como mínimo inglés que tampoco es que te vaya a servir de mucho en el día a día y desdeluego que tener nociones de japonés. Estar en esta tesitura hace que espabiles, que tengas que esforzarte por hablar y entender otros idiomas que hablan gentes de culturas distintas, de enfrentarte a situaciones rutinarias que deberían ser extremadamente fáciles pero que aquí no lo son: un día de reuniones en la oficina, enviar un paquete por correo, solicitar una tarjeta de crédito en el banco, contratar un seguro para la moto… todo es un reto y vivir en una «batalla» constante hace que uno nunca se acomode. Esa provocación intelectual me hace sentir alerta, atento… vivo a rabiar.

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– el punto de tener que hablar otros idiomas, contribuye, además, a que tenga la sensación de que interpreto un papel, que no soy yo, que estoy jugando a ser un actor en este escenario que no es mi vida de verdad, aunque lo sea ahora mismo. Es distinto a mi vida anterior, es mucho más divertido, es como jugar a ser el personaje que te has labrado aquí, aún siendo uno mismo. Es jugar a vivir… ¿no es maravilloso?. Por ejemplo, la bronca del fanegas de mi jefe en inglés fue violenta, pero al ser en inglés, la viví como si fuese una escena de una película o algo así, en cierto modo y a pesar del disgusto, tuvo su gracia ver como un orangután americano se encabronaba de esa manera. Esto mismo vivido en castellano habría sido mil veces peor, mil veces más serio… no habría acabado bien de ninguna de las maneras. (Por cierto, ¿sabéis que mi jefe es tan tan chubi que se sentó en la playa a descansar y vino Greenpeace y lo devolvió al mar?)

– viví el terremoto, tsunami y posterior problema de la central nuclear de Fukushima en primera persona. Bueno, no es cierto, viví el terremoto en primera persona y el resto lo ví por la tele exceptuando algún que otro día en que parecía que se iba a liar pardísima en Tokyo como cuando se encontró radiación en el agua del grifo. Esto no es que sea una ventaja de mi vida de ahora, ojalá nadie hubiera tenido que vivir nada de esto, pero en mi caso me sirvió para aprender a desengañarme, a relativizar, a darme cuenta de cómo funcionan según que cosas y según que gente. Los periódicos y las teles mintieron y exageraron hasta el absurdo, manipularon vídeos, fotos, titulares, datos… ya no me creo nada. Aparecieron autoexpertos en energía nuclear, todavía los hay, que sin tener más idea del tema que yo y el monstruo de las galletas juntos, no dudaron en tocar los huevos todo lo posible y más. Me di cuenta de que existen, de serie, tontos del culo y personas tan ruínes que asusta, y desdeluego que aprendí a ignorarlos. De la raya para acá yo y los míos, tu estás fuera y no me importa lo que digas/opines/hagas, en serio, me la sudas. Si algo tengo claro es que no desperdiciaré nunca más minutos de mi vida en tontacos gilipollas. Y mucho mejor que vivo ahora.

– tengo bastantes más amigos en Tokyo que en Bilbao, y los de aquí son de otra manera. No digo que mis amigos de siempre sean unos siesos, ni mucho menos, pero la relación es distinta, es otro rollo. Supongo que estar lejos de la familia rodeados del entorno «hostil» que comentaba antes hace que nos sintamos más unidos, que hagamos más fiestas de las nuestras, que hayamos sido capaces de crear nuestra propia familia Tokyota que aunque esté desperdigada bastante más allá entre Singapur, Okinawa y Nueva York, tenemos un vínculo especial. Y es una familia variopinta de variospintas! nos juntamos sevillanos, albaceteños, lorquianos, catalanes, madrileños, alicantinos, osakenses, murcianos, tokyotas, valencianos, mexicanos, gallegos, extremeños, vascos… hasta alguna franchuta se suele venir y ni la pegamos ni nada! (insultarla si, pero casi hasta con una pizca ínfima de ternura y todo).

– no tengo ninguna noción ni sensación de la tan mentada crisis, para mi es sólo la palabra esa que sale mucho en los periódicos online; mi vida en este sentido lleva siendo prácticamente igual desde que acabé la universidad hace casi 12 años, nunca he tenido mucho más o mucho menos dinero y siempre que he buscado trabajo, lo he encontrado en el plazo de un mes, tanto en el 2001 en Bilbao como en el 2010 en Shibuya. Las cosas seguramente habrán empeorado muchísimo allí, que no lo sé, pero yo he tenido la suerte de estar donde no me ha tocado vivir la famosa crisis mundial. Eso que me llevo.

– de repente, me veo rodeado de gente extraordinaria, personas que me inspiran en algún sentido, que me marcan el nivel en diferentes áreas de mi vida: tengo cerca a excepcionales profesores y compañeros de Karate, a excelentes amigos que a la vez son fotógrafos increíbles, a la ilustradora de sueños imaginados, al diseñador tan polémico como innovador… hasta un cocinero asoma por ahí… muchos son solo conocidos, algunos son muy amigos pero todos juntos son magnífica gente de la de calidad que me obliga a no conformarme con nada, a seguir encarándome con cada una de las historias en las que me meto y salir, al menos, exhausto de tratar de escribirlas con mejor ortografía. Mucho respeto, sin duda un total y auténtico gusto, señores.

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Ya véis, a veces a base de hostias y otras degustando cada bocanada del aire que se me viene, pero siempre evolucionando, aprendiendo… viviendo, viviendo y viviendo, en definitiva.

Otro día me pongo con los contras, que también hay, de momento ahí queda eso!